La perversa utilización de la violencia para enlodar el debate político

Saben que no es así, saben de cierto, que la variada gama de grupos armados ilegales que opera en el territorio colombiano no tiene ahora el interés de utilizar la presión armada en favor de algún candidato y menos en invertir importantes sumas de dinero en la campaña electoral para lograr el triunfo de Cepeda o De la Espriella. Pero la derecha está utilizando a ciencia y paciencia la acusación de que estas fuerzas están en la tarea de apoyar a Iván Cepeda, el candidato del progresismo.

La acusación más temeraria ha sido, sin duda, que el asesinato de Miguel Uribe Turbay fue inducido por el gobierno con la intención manifiesta de despejarle el camino a la izquierda en la disputa electoral del 2026. Nadie, con cuatro dedos de frente, se cree semejante infundió. Todo lo contrario, el primer perjudicado por este hecho atroz ha sido Petro y su gobierno. La política de paz total se vino al suelo a partir de ese brutal acontecimiento y quienes lo indujeron tenían ese, y solo ese, objetivo y lo cumplieron a cabalidad.

Después de las elecciones parlamentarias y de la primera vuelta ha arreciado la campaña de Abelardo De la Espriella y de la derecha para meter en el debate la idea de una alianza perpetua entre el candidato Cepeda y las fuerzas ilegales. Hijo de las FARC y ahora aliado de las disidencias, dicen. Ganador indiscutible de la primera vuelta en todos los lugares donde la guerrilla y los ilegales hacen presencia y, a renglón seguido, agregan: cada uno de estos triunfos viene del fusil.

Falso de toda falsedad. En Arauca, donde el ELN tiene una gran presencia desde los años setenta del siglo pasado, Abelardo de la Espriella obtuvo el 51.28% de la votación y Cepeda el 38.87%. En Santander, donde el ELN desató una gran ofensiva en el año 2025 ganando territorios y consolidando su dominio a lo largo de la frontera, el triunfo de Abelardo de la Espriella fue aún más contundente con un registro del 70% de la votación mientras Cepeda sólo alcanzó cerca del 20%.

Estos son sólo dos ejemplos en el que una fuerza ilegal, que se postula de izquierda, además de no favorecer a Cepeda tiene el efecto contrario: el de catapultar la votación de Abelardo.

 

Pero vamos más lejos. La Silla vacía hizo el ejercicio de cruzar los municipios y lugares en los que la Defensoría del Pueblo realizó alertas por control criminal de los grupos ilegales en la primera vuelta y encontró que: Abelardo de la Espriella obtuvo allí el 51% de la votación, mientras que Iván Cepeda obtuvo el 31%. 

Sería también un abuso acudir a estos datos para decir que el ELN, el Clan del Golfo y las llamadas disidencias de las FARC están actuando deliberadamente para que gane Abelardo de la Espriella. Esa época ya paso. Se fue el tiempo en el que los liberales o los conservadores armados, hace ya ochenta años, definían elecciones en las empobrecidas regiones de Colombia. Se fue el tiempo en el que los paramilitares, hace apenas 24 años, en las elecciones de 2002, llevaron al congreso a 89 parlamentarios que años después fueron condenados por parapolítica y decidieron también el triunfo de Álvaro Uribe Vélez en la primera vuelta presidencial. Pasó, igualmente, el tiempo, en el que las FARC y el Partido Comunista hacían alarde de la combinación de todas las formas de lucha y mediante ese expediente influían en las elecciones locales y nacionales; o en  el que el ELN llamaba a la abstención, pero subrepticiamente ponía alcaldes y gobernadores en Arauca.

Son otros tiempos y me atrevo a hacer una comparación entre lo que ocurre ahora y lo que ocurrió después del pacto del frente nacional y de la terminación de la violencia liberal-conservadora. De esa gran violencia quedaron algunos reductos, bandoleros, los llamaban en ese entonces, ahora son los herederos del paramilitarismo o las disidencias de las FARC.

 

Efraín González, alias Siete Colores, conservador; probablemente el más célebre de todos, fue convertido en una figura casi mítica por la prensa y la tradición oral; murió en Bogotá en 1965 después de un enorme operativo militar.   Jacinto Cruz Usma, alias Sangre Negra, liberal; fue uno de los bandoleros liberales más temidos; actuó principalmente en Tolima y Valle del Cauca y adquirió fama por la extrema crueldad de sus acciones; murió en 1964 durante operaciones militares. José William Aranguren, conocido como “Desquite”, se convirtió en símbolo de la resistencia liberal armada en zonas del Tolima; aunque responsable de numerosos crímenes, alcanzó cierta popularidad entre sectores campesinos liberales; fue abatido en 1964. Teófilo Rojas Varón, fue uno de los principales jefes liberales armados del Tolima; su nombre aparece frecuentemente junto a los de Sangre Negra y Desquite como parte de la generación de bandoleros que sobrevivió al cierre de la violencia partidista.

Mencionemos entonces la fuerza heredera de las Autodefensas Unidas de Colombia, al llamado Clan del Golfo y sus principales jefes en estos años: Dairo Antonio Úsuga, alias Otoniel, que se entregó o fue capturado el 23 de octubre de 2021 y extraditado luego a los Estados Unidos; y Jobanis de Jesús Ávila Villadiego, alias Chiquito Malo, en cabeza de la fuerza que es, en la actualidad, la organización más extendida en el territorio colombiano y tiene en su manos un jugoso portafolio de negocios cuyos principales productos son la minera ilegal del oro y el narcotráfico.

Y por el lado de las disidencias de las FARC, sólo mencionar a Iván Marquéz; a  Néstor Gregorio Vera, alias Mordisco; y a Alexander Mendoza, alias Calarcá. Quienes lideran a los grupos disidentes más notorios de la guerrilla que alcanzó el mayor poder militar y el mayor alcance territorial hasta 2016 cuando dejó las armas por un acuerdo de paz con el gobierno de Juan Manuel Santos.

Las afinidades no son menores. Los bandoleros aparecieron después del fin de La Violencia y del Frente Nacional. Las disidencias y grupos criminales actuales surgieron después de las desmovilizaciones de las AUC y las FARC. En ambos casos, una parte de los combatientes no se integró al nuevo orden político. Los bandoleros actuaron en Tolima, Quindío, Valle, Boyacá o los Llanos. Los grupos actuales se concentran en regiones de débil presencia estatal como el Pacífico, Catatumbo, Arauca, Guaviare, Caquetá o el Bajo Cauca. Todos estos jefes y grupos siguieron agitando banderas políticas, pero es evidente que ya no juegan a gobernar o a la influencia política directa.

Pero las diferencias son notorias. Los bandoleros de los años 50 vivían principalmente de robos, extorsiones locales o apoyo campesino. Los grupos actuales tienen acceso a recursos derivados del narcotráfico, la minería ilegal y el contrabando, lo que les da una capacidad militar mucho mayor y una relación directa con mercados y organizaciones trasnacionales. Y algo más: un bandolero como “Desquite” o “Sangre Negra” dirigía decenas de hombres; El Clan del Golfo o las principales disidencias pueden movilizar cientos o miles de integrantes y operar en varias regiones simultáneamente.

El caso del ELN es muy particular. Hizo parte del alzamiento guerrillero de los años sesenta contra la exclusión política y social que generó el pacto del Frente Nacional; una fatal discriminación que ha tenido dos cierres parciales: el acuerdo de paz con el M19 y ocho grupos más, también la realización de la Asamblea Nacional Constituyente que dio vida a la Constitución de 1991; y el acuerdo con las FARC de 2016 que le abrió el paso al primer gobierno de izquierda en cabeza de Gustavo Petro.

Petro quiso hacer un tercer cierre definitivo al conflicto armado generado en los años sesenta y enarboló la política de paz total que fracasó porque los herederos de las Autodefensas y las disidencias de las FARC optaron por seguir el camino de los bandoleros de los años sesenta y el ELN se dejó arrastrar por estas fuerzas a la disputa a sangre y fuego por el control social y territorial en las regiones y  se alejó de la confrontación política con el Estado y de la opción de negociar con un gobierno de izquierdas su ingreso a la vida civil. No sé si en el futuro el ELN recobre su talante de enfrentamiento con el estado y su estatus político y se disponga a una negociación de paz.

El candidato Iván Cepeda no sólo rechazó en el pasado la combinación de todas las formas de lucha y la defensa de la lucha armada, actitud que le costó, en su momento, la salida de la juventud comunista y significó su consagración a la defensa de las víctimas.  Actuando en consecuencia, en esta campaña, ha rechazado abiertamente cualquier apoyo o interferencia de los ilegales en la batalla electoral.

Es una verdadera infamia que acudan a la utilización de la violencia de fuerzas ilegales para hacer campaña contra Cepeda y el Pacto Histórico, pero de estas argucias se nutre esta contienda presidencial ¡Es lo que hay!

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León Valencia Director

Director de la Fundación Pares, un centro de pensamiento especializado en investigaciones sobre los conflictos sociales y políticos colombianos. Ha sido columnista de la revista Semana y los diarios El Tiempo y El Colombiano. Dirigió la investigación académica sobre la parapolítica que condujo a uno de los mayores escándalos judiciales del país. Ha escrito diversos libros sobre la realidad nacional, entre los cuales están: «La parapolítica, la ruta de la expansión paramilitar y los acuerdos políticos; «Adiós a la política, bienvenida la guerra»; «Mis años de guerra»; «Con el pucho de la vida»; El regreso del uribismo; «Los clanes políticos que mandan en Colombia» y su más reciente novela «La sombra del presidente». Recibió el Premio Simón Bolívar de periodismo en 2008 en la modalidad “Mejor columna de opinión”.