La lógica electoral de la polarización en Colombia

año antes de las elecciones presidenciales predominan los discursos sobre acuerdos nacionales, moderación y rechazo a los extremos ideológicos. Las primeras encuestas suelen reforzar esa idea: aparecen múltiples candidaturas, los porcentajes son bajos y el electorado parece distribuido alrededor de opciones de centro. Sin embargo, conforme avanza la campaña, la disputa termina reorganizándose alrededor de posiciones más confrontadas y bloques políticos cada vez más definidos.

Eso es precisamente lo que comenzó a ocurrir entre 2025 y 2026. A comienzos de 2025 el panorama electoral colombiano mostraba una amplia fragmentación de candidaturas. Sergio Fajardo, Claudia López, Alejandro Gaviria y Juan Manuel Galán concentraban buena parte del espacio de centro y moderación. Mientras tanto, las candidaturas más asociadas a posiciones ideológicas fuertes, como las de Paloma Valencia o Abelardo de la Espriella, todavía aparecían con niveles relativamente bajos de intención de voto (ver Figura 1).

Fuente: elaboración propia con base en tendencias de sondeos nacionales y cobertura mediática de comienzos de 2025.

En ese momento predominaba la narrativa según la cual Colombia estaba cansada de la confrontación política y buscaba una candidatura moderada capaz de construir consensos. Diversos sectores insistían en que el país seguía siendo mayoritariamente de centro y que las posiciones ideológicas más fuertes tendrían dificultades para ampliar su apoyo electoral.

Sin embargo, la dinámica política comenzó rápidamente a modificar el escenario. A medida que avanzó 2025, el centro perdió capacidad de articulación y las campañas se hicieron más confrontacionales. Las encuestas publicadas durante ese año mostraron un escenario fragmentado, donde ningún candidato lograba despegar claramente y varias figuras aparecían relativamente cerca.

En esta segunda etapa comenzó a fortalecerse Iván Cepeda como una de las figuras visibles del progresismo. Al mismo tiempo, Paloma Valencia consolidó una derecha uribista más institucional, mientras Abelardo de la Espriella empezó a capturar sectores de derecha radical y voto antisistema. Sergio Fajardo seguía siendo competitivo, pero ya no monopolizaba el espacio moderado como en los primeros meses del ciclo electoral (ver Figura 2).

Fuente: elaboración propia con base en tendencias agregadas de encuestas nacionales publicadas durante el segundo semestre de 2025.

La evolución posterior de las encuestas terminó profundizando esta tendencia. Las mediciones publicadas durante el primer semestre de 2026 comenzaron a mostrar una concentración electoral alrededor de tres figuras principales: Iván Cepeda en la izquierda, Paloma Valencia en una derecha más cercana al centro y Abelardo de la Espriella en una derecha más confrontacional.

Mientras tanto, las candidaturas moderadas fueron perdiendo visibilidad política y capacidad de movilización. Más que una fotografía exacta de una encuesta particular, la tendencia general sugería una ventaja de Cepeda y una disputa por el segundo lugar entre Valencia y De la Espriella. En conjunto, el escenario presidencial comenzaba a estructurarse alrededor de una competencia entre izquierda y derecha (ver Figura 3).

Fuente: elaboración propia con base en tendencias de encuestas nacionales publicadas durante el primer semestre de 2026.

El fenómeno resulta interesante porque confirma una dinámica relativamente recurrente en varias campañas presidenciales colombianas recientes: el centro político parece fuerte al comienzo de la contienda, pero pierde capacidad de movilización cuando la elección entra en su fase decisiva. Las campañas dejan de organizarse alrededor de propuestas técnicas y empiezan a estructurarse alrededor de identidades políticas, emociones y antagonismos. Los candidatos moderados terminan atrapados entre bloques cada vez más definidos.

Hace casi setenta años Anthony Downs advirtió una lógica similar. En las primeras etapas de la disputa, partidos y candidatos tienden a acercarse al votante medio y al centro político. Pero cuando los bloques ideológicos comienzan a consolidarse, las campañas privilegian la diferenciación política y la movilización emocional de identidades fuertes.

Aunque el caso colombiano tiene particularidades institucionales y regionales propias, las distribuciones clásicas propuestas por Downs ayudan a interpretar la dinámica reciente de la competencia presidencial. La primera representa un sistema donde el centro domina y los extremos son débiles. La segunda muestra un escenario fragmentado, con múltiples candidaturas relativamente competitivas. La tercera refleja una disputa polarizada entre dos grandes bloques. Colombia parece haber recorrido una secuencia parecida entre 2025 y 2026.

Fuente: adaptación propia con base en Anthony Downs, Teoría económica de la democracia (1957).

y se convierte en una estrategia racional de competencia electoral. Tanto la izquierda como la derecha entienden que la movilización de identidades políticas fuertes puede resultar más rentable que la moderación. Además, el propio diseño de la segunda vuelta presidencial refuerza esta lógica: los votantes de centro suelen terminar obligados a escoger entre dos bloques relativamente enfrentados.

Sin embargo, lo que puede resultar eficaz para ganar elecciones también implica riesgos importantes para la democracia. Downs advertía que los sistemas crecientemente polarizados tienden a dificultar los consensos, aumentar la confrontación y reducir la legitimidad del adversario político. En sociedades con altos niveles de desconfianza institucional y fuertes tensiones sociales, esta dinámica puede terminar debilitando la deliberación pública y profundizando la fragmentación política.

Tal vez por eso varias elecciones presidenciales colombianas recientes parecen repetir una secuencia relativamente estable. Comienzan hablando del centro y de los acuerdos nacionales, pasan por una fase de fragmentación competitiva y terminan reorganizándose alrededor de dos grandes orillas enfrentadas. Mientras el país continúa imaginándose moderado, las dinámicas electorales siguen empujando la disputa hacia posiciones cada vez más polarizadas.

La polarización no parece ser entonces simplemente un accidente discursivo, una consecuencia exclusiva de las redes sociales o un problema de temperamento político. También responde a incentivos propios de la competencia presidencial colombiana.

El problema es que, mientras el país insiste en imaginarse moderado, las campañas siguen descubriendo que la polarización moviliza más votos que los acuerdos. Y mientras esa lógica continúe funcionando electoralmente, Colombia seguirá entrando a cada elección presidencial hablando del centro y terminando dividida entre dos grandes orillas enfrentadas.

* Esta columna es resultado de las dinámicas académicas del Grupo de Investigación Hegemonía, Guerras y Conflicto del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia.

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Germán Valencia