Walter Broderick es conocido por ser el biógrafo de Camilo Torres. A finales de los años sesenta, cuando Camilo ya había caído en Patio Cemento, después de intentar recoger el fusil de un soldado en su primer combate con el ejército, Walter Broderick, exseminarista, escritor, viajó desde Australia a un país tan extraño para él como Colombia. La editorial norteamericana Doubleday, que ya había publicado a escritores inmortales como Rudyard Kipling o Joseph Conrad, se interesó en la publicación. Broderick duró años construyendo el perfil de Camilo. El resultado fue El cura guerrillero, una de las biografías más vendidas de todos los tiempos en el país y que se constituyó en una puerta para entrar al pensamiento del sacerdote. Solo hasta 1975 se publicó la primera edición. En febrero, con la aparición de los restos de Camilo, la biografía se convirtió inmediatamente en uno de los libros más buscados. Las librerías aprovecharon la buena salud de Broderick a sus 92 años y lo invitaron a escuchar cómo fue la investigación.
En ese conversatorio –no está de mal ir de vez en cuando a un coctel- supe de un libro del autor que no se ha reeditado con el rigor y puntualidad que se merece. Se trata de El guerrillero invisible, la biografía que hizo Broderick sobre Manuel Pérez, el cura español que se convertiría en uno de los comandantes más queridos del ELN.
El objetivo de Broderick era escribir dos tomos. Este que tengo en mis manos, editado por Intermedio, es el primero. El ELN nunca le dio vía libre para ese segundo tomo simplemente porque no les gustó el primero. Ahora que vimos cómo, en Arauca, este grupo armado sometió a un juicio revolucionario a funcionarios del CTI y miembros de la fuerza pública, es muy útil esta biografía para entender la patología que siempre ha acompañado a esta agrupación: la paranoia, el juicio fácil, la condena como gatillo, el paredón de fusilamiento.
Si bien la imagen que da Broderick del sacerdote español a veces roza con la hagiografía, mostrándolo como un santo obsesionado con ser mártir, fanatizado por una idea, implacable, radical, la de Fabio Vásquez, uno de los miembros fundadores de este grupo, es demoledora. Según decenas de fuentes, Fabio Vásquez es mostrado como un cobarde, un tipo que prácticamente abandonó a Camilo Torres en la emboscada de Patio Cemento, que, cuando empezaba a ver que algunos de sus miembros cobraban protagonismo dentro de la organización, los mandaba a fusilar, como fue el caso de Víctor Medina Morón o Jaime Arenas, quien se escapó a último momento del ELN, pero terminaría siendo asesinado años después.
Sobre el libro, hablé con Antonio Sanguino. En 1988, el hoy ministro del Trabajo estaba militando en una organización llamada Sin Permiso, que era cercana al ELN. Ese año se enteró de que su hermano, Juan Antonio, había sido fusilado en 1986. “Toño”, como lo llamaba Sanguino, hacía parte del ELN. Pero fue acusado de pertenecer al ejército colombiano. Lo fusilaron por ser un infiltrado. Cuando Sanguino pidió pruebas que corroboraran esta acusación el ELN no le entregó nada. Tampoco le entregó el cuerpo de Juan Antonio. Y esta es la hora que lo sigue esperando.
El libro, que va hasta el desastre de Anorí, la campaña del ejército que estuvo a punto de acabar con el ELN y que provocó la huida de Fabio Vásquez a Cuba, muestra el horror que significaba para los nuevos militantes irse al monte. Si usted era un estudiante de la Universidad Nacional interesado en la lucha armada y en sumarse al grupo donde había pertenecido Camilo Torres, se llevaba un estrellón. En el campo solo eran tenidos en cuenta los campesinos quienes se burlaban de manera cruel de los citadinos.
Las purgas fueron una constante. Al cura Manuel también estuvieron a punto de fusilarlo. Lo acusaron de querer desertar, todo porque él tenía la costumbre de pintar en un croquis los paisajes por los que pasaba para no perderse. Y creían que esto formaba parte de su estrategia de deserción.
Cuando Fabio Vásquez se fue a Cuba se pensó que la organización desaparecía. No, con el mando de Manuel Pérez, el ELN regresó a su desconfianza natural. La influencia de la Iglesia católica está latente en estas tropas. La cacería de brujas ha causado cientos de muertos en sus propias filas.
Contundentemente escrito, muy dateado, Broderick vivió su propia ordalía para dar este retrato sobre un grupo armado sumido en sus propias miserias. El ELN, ciego de poder, creyó que Broderick haría un texto apologético. Por eso le bajaron el pulgar y decidieron cerrarse para hacer ese segundo tomo. Lo que quedó fue una obra incompleta y magistral que necesita reeditarse pronto.



