Cae el telón del mes de abril y, con ello, también comienza la recta final de un proceso electoral que ha tenido de todo. Desde memes y vídeos de la fórmula vicepresidencial de Abelardo De La Espriella, José Manuel Restrepo, bailando de formas algo exóticas, hasta agachadas de cabeza por parte de Juan Daniel Oviedo, quien ha terminado llamándose a sí mismo “Llanta de Repuesto”, luego de que Paloma Valencia le llamara al orden de una manera algo pasivo-agresiva tras las quejas del excandidato de la centroderecha por la potencial llegada de Uribe al Ministerio de Defensa, en caso de ganar la candidata del uribismo.
Pero más allá del anecdotario, finalmente tenemos las penúltimas fotografías de las elecciones con las encuestas que se han publicado a lo largo de esta semana, y que darían cuenta de un escenario político muy claro tanto para el progresismo como para las nuevas derechas, que se han consolidado con la mayoría de la intención de voto en los últimos 3 meses. Del mismo modo, también las definiciones de apoyo y adhesiones de partidos hacia estas candidaturas están generando fuertes choques que, en últimas, siguen probando que la tesis de la fragmentación política en Colombia está más vigente que nunca.
A menos de 30 días de las elecciones, esto fue lo que dejó la semana.
—Las penúltimas encuestas llegaron con tendencias mucho más definidas.
Esta semana se publicaron las encuestas de Invamer (26 de abril), GAD3 (27 de abril), AtlasIntel (con bastantes cuestionamientos por su metodología y con una decisión de fondo sobre si estaría incumpliendo la Ley de Encuestas por parte del Consejo Nacional Electoral (CNE) en los próximos días, por lo que no se incluye en este análisis) y Guarumo-EcoAnalítica (30 de abril). A corte de este artículo, queda pendiente la encuesta de Revista Cambio y el Centro Nacional de Consultoría (CNC), que sale el próximo domingo 3 de mayo. Entre las 3 analizadas en esta bitácora, encontramos los siguientes patrones de análisis.
- El crecimiento de Cepeda es real, pero aún sigue siendo insuficiente
Las tres encuestas coinciden en que el candidato Iván Cepeda sigue creciendo en intención de voto hacia primera vuelta. El problema es que ese crecimiento no estaría a la altura de lo que la campaña necesita para cerrar con comodidad y llegar a ganar en primera vuelta. Invamer lo ubica en un cómodo 44,3% en el escenario más amplio del tarjetón, con un crecimiento del 7,2% respecto a febrero de 2026. Pero cuando se contrae el campo y se mira el segundo escenario, ese crecimiento cae al 1,6%, lo que implica que Cepeda tiene dificultades para capitalizar la fuga de los votos del centro hacia su campaña. La encuesta de GAD3, por su parte, también registró un crecimiento, pero marginal, de apenas un 1% entre marzo y abril. Guarumo confirmó la tendencia al alza, pero dentro de márgenes que oscilan entre el 1% y el 3%.
Esto es importante porque la campaña del Pacto Histórico ha hecho de la movilización en plaza pública y de la transferencia de la favorabilidad del gobierno (que en Invamer se ubica sobre el 47,3% y en Guarumo sobre el 46,1%) su principal argumento de viabilidad electoral. No obstante, esa transferencia no se está dando con la velocidad ni la magnitud esperada, lo que implica que hay un techo de votantes que ya están convencidos y decantados por el voto progresista, pero con un margen de indecisos y potenciales votos que provienen tanto del centro, pero también de personas sin filiación política que siguen sin resolverse.
- Frente a la migración del centro, Invamer exagera lo que GAD3 y Guarumo matizan
Aquí es donde una posible lectura entre las encuestas resulta más problemática frente a cómo comprender el fenómeno de los centros políticos. Invamer registró en su medición del lunes un movimiento significativo, en el que Claudia López y Sergio Fajardo perdieron en los dos escenarios entre 11,9% y 12,2% de su intención de voto, mientras que Paloma Valencia tuvo crecimientos del 9,8% y el 12%, respectivamente. Esa foto sugería para ese entonces que los votantes de los centros estaban migrando masivamente hacia la candidatura uribista.
Sin embargo, las encuestas de GAD3 y Guarumo matizan esa lectura de forma importante. En la encuesta de GAD3, Valencia tiene una contracción alta respecto a lo que midió Invamer, lo que denota que esos votos del centro que aún no han llegado a su campaña no necesariamente se están quedando con ella, sino que podrían estar moviéndose hacia la abstención, el voto en blanco o la indecisión. La encuesta de Guarumo también confirmó que esa transferencia de votos del centro hacia Valencia es mucho menor de lo que Invamer registró apenas cuatro días antes.
Lo que puede explicar esta divergencia no es necesariamente un error metodológico, sino más bien una tensión real dentro de ese electorado. Por un lado, existe una resistencia de Valencia a moderar su discurso sin traicionar los principios fundamentales de su partido, que se ha manifestado en los choques que la candidata ha tenido con Juan Daniel Oviedo en los últimos días, especialmente frente a la posibilidad que anunció Valencia de nombrar a Uribe Vélez como su futuro ministro de defensa.
Por el otro, también existe cierto desgaste tras el contrapunteo con la campaña de De La Espriella, quien ha buscado arrebatarle a la mayoría de los votantes uribistas que desconfían de sus acercamientos con la centroderecha, con quienes pretende llegar a segunda vuelta con las banderas de su sector político. Ese fuego cruzado entre los dos candidatos de derecha está funcionando entonces como un factor de contención que ha impedido que la migración del centro sea tan limpia y unidireccional como sugería Invamer en un primer momento.
- La derecha se fragmenta, pero no se rompe
Queda claro que De La Espriella y Valencia están compitiendo por un mismo electorado. En los escenarios de segunda vuelta de Invamer, ambos candidatos se ubican por debajo del 30% cuando compiten entre sí, lo que evidencia que la fragmentación de la derecha está funcionando como un freno para ambos. GAD3 muestra que Cepeda le gana a De La Espriella con el 46% y a Valencia con el 44%, lo que implica que en esa medición el candidato del progresismo conserva ventaja, aunque algo más ajustada.
Guarumo, no obstante, cambia el panorama de segunda vuelta de manera significativa. Tanto con De La Espriella como con Valencia, la ventaja de Cepeda se redujo entre el 3,2% y el 4,3%, llegando al empate técnico con el primero y siendo superado por Valencia, que creció 4,6% en esta medición.
Este es el dato más preocupante de la semana para la campaña del progresismo. Y es que, aunque Cepeda no sufre en su propio campo la fragmentación que sí enfrentan De La Espriella y Valencia (en tanto no hay una fuga de intención de voto hacia la abstención o el voto en blanco desde sus votantes duros, aunque sí existen fracturas y choques en los grupos que conforman el bloque de unidad del Pacto Histórico), sí tiene el problema inverso, en tanto posee una base electoral más estable, pero que no crece lo suficientemente rápido para abrir diferencias sólidas de cara a la segunda vuelta, que se ha vuelto en un objetivo casi imposible de cumplir.
También es notorio que, a pesar del ruido de la campaña uribista, la fuerza de convocatoria de Álvaro Uribe Vélez parece estar muy mermada, y que la popularidad del expresidente es menor y no se está transfiriendo a la campaña de Valencia. El crecimiento de De La Espriella y el hecho de que esté siendo efectivo en atraer a sectores de la derecha que no se sienten cómodos con el devenir del uribismo clásico, demuestran que la disputa por los votantes de derecha la está ganando, por ahora, el discurso más radical y menos institucional de ese bloque, lo que implica un relevo de referentes ideológicos allí que no debe subestimarse.
- La polarización ideológica como tendencia estructural
Las tres encuestas, con sus metodologías distintas, convergen en señalar un incremento del voto ideológico frente al escenario de 2022. Invamer muestra que un 34,2% se autopercibe de derecha y un 29,2% de izquierda, con solo un 18,1% en el centro. GAD3, aunque con cifras distintas (21% de derecha, 17% de izquierda, 10% de centro), confirma la tendencia, con el matiz de que en esa encuesta el 38% restante no sabe dónde ubicarse.
Estos números no son directamente comparables porque las metodologías son diferentes, pero la señal que emiten es la misma, en tanto el electorado colombiano está más politizado que en 2022, y lo que ha terminado movilizándolo son el discurso progresista y el de las nuevas derechas. Los centros, en este escenario, no lograron construir una narrativa mítica fundacional y una identidad política más allá del antipetrismo/antiuribismo que les permitiera capitalizar los dos clivajes que siguen dominando la disputa electoral: el eje de seguridad (que en Invamer concentra el 36,9% de encuestados que considera el orden público como el principal problema del país) y el eje de redistribución socioeconómica, que se ubica en el 33,1% en esa misma encuesta.
- El margen de electores que queda y el riesgo que acecha buscar sus votos
Guarumo sitúa el margen de crecimiento potencial de las campañas entre el 15% y el 22% del electorado, entre indecisos, abstencionistas y gente que no ha definido su voto. Cepeda necesitaría que casi la mitad de ese margen se movilice a su favor para poder ganar en primera vuelta, lo que configura un escenario complejo, más cuando el 60% de los encuestados ya tiene su voto definido y el 15% restante está indeciso entre dos candidatos.
El gran activo de Cepeda en este tramo final es que, según Invamer, tiene capacidad de concentrar hasta el 26,7% del voto potencial de los candidatos que no lleguen a segunda vuelta. Ese capital existe, pero no se activa solo, y la estrategia de la campaña por mostrarse más independiente del gobierno en la recta final (especialmente en temas álgidos como la constituyente) puede resultar un arma de doble filo, puesto que puede ser necesaria para captar votos del centro, pero potencialmente costosa si erosiona parte de la transferencia de favorabilidad presidencial que hasta ahora sostiene su piso electoral.
Lo que queda claro, al cerrar esta semana de encuestas, es que la carrera está más apretada de lo que sugería la lectura individual de cualquiera de las tres mediciones. El progresismo tiene el piso más sólido, pero los techos muy por debajo de lo que necesita. Las nuevas derechas tienen cierto potencial de crecimiento, pero su fragmentación interna y la disputa por un electorado conservador y radical les impide consolidarlo. Y el centro político, que en otro ciclo habría sido el árbitro de esta disputa, sigue sin encontrar el lugar donde pararse ni cómo identificarse, más allá de estar atomizándose entre dos fuerzas en disputa por el modelo de país.
—Finalmente los debates han comenzado a moverse
Existe un síntoma que ninguna encuesta captura con claridad, pero que la semana dejó expuesto con toda su crudeza: los tres candidatos que puntean en la carrera presidencial le están rehuyendo sistemáticamente al debate de ideas.
Cepeda, Valencia y De La Espriella han encontrado en el recinto del Senado su trinchera preferida, convirtiendo la Cámara Alta en el único escenario donde se dirimen sus propuestas o, más exactamente, donde se lanzan las arengas y las acusaciones que reemplazan a las propuestas. Esto no es menor, y vale la pena detenerse ahí antes de hablar de adhesiones y movidas partidistas.
El pasado 27 de abril, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, se sentaron Claudia López, Luis Gilberto Murillo, Carlos Caicedo y Mauricio Lizcano. Los cuatro confluyeron en varios puntos, como que la cultura y la educación son motores sociales importantes para la transformación del país, la descentralización como mecanismo necesario para llevar recursos a regiones periféricas, así como la necesidad de modernizar estructuras para impulsar el desarrollo. Sus diferencias afloraron en la forma de concebir la transición energética. Fue, en suma, un debate con contenido, con propuestas y con la capacidad de mostrarle a los ciudadanos cómo conciben el país quienes participaron.
El problema, claro, es que quienes participaron no son los que están definiendo la elección.
De hecho, los que menos están punteando en las encuestas son los que se han organizado para tratar, en últimas, de tener un escenario de debate en los medios públicos y privados del país. Claudia López, Sergio Fajardo, Luis Gilberto Murillo, Roy Barreras, Carlos Caicedo, Mauricio Lizcano y Sondra Macollins ya hicieron una solicitud formal al RTVC para que, en cumplimiento de la ley de garantías electorales, se realizaran al menos tres debates antes del 31 de mayo. La entidad citó para el 30 de abril a las campañas o sus delegados para ultimar detalles. Lo que esto evidencia es que la presión institucional para que los candidatos que lideran la intención de voto se sienten a debatir existe, pero que hasta ahora no ha bastado para moverlos de su posición.
Al final, se programaron 3 debates, cuya primera emisión sería el 6 de mayo en los estudios de RTVC y a la que, por ahora, se han invitado a los 3 punteros también.
Esto importa porque lo que está ocurriendo no es solo un problema de formas o de cortesía democrática, sino una decisión estratégica deliberada de los tres candidatos que más tienen que perder en un debate de ideas. Cepeda, porque un intercambio frontal con la derecha puede complicar su intento por mostrarse más independiente del gobierno en esta recta final. Por el lado de Valencia y De La Espriella, porque cualquier debate entre ambos termina profundizando la fragmentación de un electorado de derecha que ya de por sí está dividido. En ese sentido, el ausentismo de los tres en los debates estaría siendo un ejercicio de cálculo político a costa de la posibilidad de tener un escenario de deliberación y conflicto argumentativo que pueda terminar de definir el voto.
—El Partido Liberal se inclina, con fisuras
Por su parte, el movimiento más significativo de la semana en materia partidista fue la adhesión formal del Partido Liberal a la campaña de Paloma Valencia, formalizada tras una reunión de César Gaviria con su bancada congresional. El movimiento venía cocinándose desde semanas atrás, cuando María Paz Gaviria y otras figuras del gavirismo aterrizaron en la campaña de la candidata uribista. La adhesión formal llegó, pero con ella llegaron también las voces disidentes.
Que ya se escuchen dentro del liberalismo militantes que hablan de cerca con otras campañas confirma la tesis que se ha venido sosteniendo en varios análisis previos: los partidos en Colombia están fragmentados, y sus decisiones formales de adhesión no equivalen a disciplina de voto ni a movilización orgánica de sus bases. Lo que Gaviria selló en la reunión con su bancada es un acuerdo de cúpulas, no necesariamente una transferencia de votos. Esa distinción será determinante cuando llegue el tarjetón.
Pero también es importante porque volverá a ser un reto para el Partido Liberal movilizar sus maquinarias territoriales en este ciclo electoral. La tendencia histórica muestra que la transferencia de votos en este ciclo por parte de estructuras es muy baja, por lo que hay que leer estos apoyos más en la transacción de cierta legitimidad partidista hacia una candidatura a cambio de burocracia.
Esto también es relevante en el marco de lo que Invamer, GAD3 y Guarumo midieron esta semana. Si la transferencia de votos del centro hacia Valencia ha resultado mucho menor de lo que sugería la foto del lunes, parte de la explicación puede estar precisamente en esta tensión interna dentro de los partidos tradicionales, donde una cúpula se adhiere formalmente, pero sus bases no terminan de convencerse de que la candidata uribista es su destino natural, atomizándose hacia otras candidaturas.
—El Partido Verde va con Cepeda, pero se parte en tres
El otro movimiento de la semana fue la oficialización de la adhesión del Partido Verde a la campaña de Iván Cepeda. La decisión llegó en medio de un proceso de fractura interna que ya no se puede leer como una escisión en dos facciones, sino en tres, en lo que parece ser un intento por darle salida institucional a una pluralidad de posiciones que en la práctica llevan meses siendo irreconciliables. Se espera que en los próximos días el pleno nacional le dé vía libre a la salida del ala que representa Claudia López y le permita construir su propio movimiento político.
Para la campaña de Cepeda, la adhesión del Verde es un activo en términos de imagen y de legitimidad hacia los sectores de los centros políticos que aún están indefinidos. Pero, del mismo modo que ocurre con el liberalismo y Valencia, hay que ver cuánto de esa adhesión formal se traduce en votos reales y cuánto se queda en el gesto simbólico de una dirigencia que respalda mientras sus bases se dispersan.
Además, porque el choque por la adhesión a Cepeda ha confrontado a viejos aliados. Tal es el caso de la pelea entre Ariel Ávila y las congresistas claudistas, luego de que el reelecto senador declarara que abrirían procesos por doble militancia a congresistas que apoyaran a otros candidatos diferentes al que apoya el Partido. Catherine Juvinao señaló que este mecanismo de presión es censura, mientras que Claudia López insinuó que Ávila estaba presuntamente recibiendo burocracia del Estado a cambio de este apoyo.
—A modo de cierre
Lo que dejó esta semana fue un escenario donde los movimientos más visibles (las adhesiones partidistas, el ruido de los debates, que siguen pendientes) han tendido a ocultar una pregunta de fondo: si los candidatos que lideran la intención de voto siguen eludiendo el contraste directo de ideas, ¿sobre qué bases está tomando realmente sus decisiones ese 15% a 22% de electores que aún no ha resuelto su voto? La respuesta a esa pregunta puede terminar definiendo quién llega a segunda vuelta y con qué fuerza, pues desde la campaña de Cepeda aspiran a que, si no hay un triunfo en primera vuelta, el paso a segunda sea tan incontestable, que el balotaje solo sea un trámite.
Por ahora, ninguna campaña puede confiarse.



