Es difícil seguirle la estela a Mario Mendoza. Es muy prolífico y por eso es condenado. Como si un escritor no se debiera a eso, a escribir. Acaba de lanzar un nuevo libro. En cada Filbo tiene uno diferente. En este 2026, lanzó La hora de los lobos y su presencia en la feria conmociona siempre. Es el único escritor colombiano que se puede ganar la vida haciendo literatura. Algunos dicen que es apresurado, que escribe demasiado, que cualquier que se dedicara al oficio de hacer best Sellers, como si se tratara de una fábrica de salchichas, lo lograría. Eso es mentira. Hace unos años leí el único libro que he leído de él y me gustó mucho, por su capacidad de inspirar a los más jóvenes a leerse un libro. Hablo, ¿cómo no?, de Satanás.
Tengo 48 años y me perdí a Mario Mendoza hace veinte, cuando podría haber incendiado aún más la fiebre que me consumía por los libros. A comienzos de este siglo, daba pena tener un libro de Mario. Muchos leían a escondidas Satanás, un éxito de ventas absoluto que se disfrutaba como el mejor thriller. Directo y seco, como un batazo, se distanciaba del barroco, del realismo mágico, que hicieron que críticos como el de Cromos destrozaran su primera novela Scorpio city, crudísima novela urbana en una época en donde los literatos de nariz respingada consideraban de mal gusto hablar de Bogotá. Fue María Mercedes Carranza quien, en un artículo publicado en Semana, empezó a darle valía a la obra de uno de los más maltratados creadores de la literatura colombiana.
Y todos los presagios de que la fama y el talento de Mendoza se apagarían pronto se disiparon dos décadas después. A los 58 años, mira hacia atrás y escribe las memorias de lo que siempre ha sido él, un lector, un tipo que amaba tanto los libros que terminó ganándose la vida escribiendo. Mientras en los colegios del país, los profesores castran lectores poniéndoles a leer –aún- La Celestina de Fernando de Rojas, Mario crea, con Leer es resistir, el más ameno de los ensayos para incentivar la lectura entre muchachos desde que Estanislao Zuleta leyera en la Universidad del Valle Sobre la lectura.
Gamberro en su barrio en Bogotá, con la pandilla de su cuadra, Mendoza va contando, sin pretensiones de ningún tipo, cómo fue entendiendo que el trabajo literario no se hacía en los bares, como en el de Cartagena donde, después de tomarse a pecho una copa de ron, Raúl Gómez Jattin le soltó una frase que era como una perla “detrás de la cortina del miedo nos espera la felicidad”, sino en la soledad de su estudio, leyendo toda la santa lista, y, sobre todo, escribiendo, escribiendo noche y día, escribiendo hasta la locura, como uno de sus monstruos sagrados, Hergé, mientras dibujaba a Tin-Tin, escribiendo hasta que salga sangre, renunciando a todo, a una cátedra en la Javeriana, a los amigos, hasta al mismo país, con tal de escribir y morir y dejar obra.
En el imperio de la tecnocracia, la importancia que tiene Leer es resistir es capital: lo que importa no es la inteligencia sino la imaginación. Hace 40.000 años los neardentales echaron de Europa a los sapiens, en lo que fue la primera guerra de la humanidad. Se refugiaron en África durante mil años. Crearon sus dioses, sus universos, y con ellos regresaron al continente, e insuflados de fe pudieron arrasar con los neardentales y ser la especie que domina la tierra. No fueron las armas, fueron nuestros dioses los que nos pusieron donde estamos. El verdadero poder es el de crear mundos y, por eso, “todo lector es un aprendiz de mago” dice con clarividencia este taumaturgo al que, hasta los críticos más pretenciosos, tenemos que reconocerle la importancia capital de una obra que gana con los años y que, gracias a su conecte con los más jóvenes, fomenta la lectura en la era del TikTok



