Escuché decir al autor de Matarife-Aboganster, en su Capítulo 5 de la serie, que el candidato presidencial Abelardo de la Espriella es un “lobo”, y de inmediato percibí que lo había retratado por completo, usando ese solo calificativo que, a mi juicio, antes que peyorativo es auténtico, si consideramos su existencia y valor de uso en el español hablado de Colombia. Sin embargo, cuando consulté el diccionario de la Real Academia, aparte de la acepción inequívoca que describe al reconocido animal feroz, me enteré con sorpresa que en su acepción figurativa únicamente “se utiliza para describir a una persona con características de astucia, agresividad o voracidad”. Tres atributos que casan con el señor Abelardo, pues es fácil comprobar que también tiene mucho de esas particularidades propias del lobo de cuatro patas.
De la astucia, tiene Abelardo la habilidad para los negocios. Aparte de que estos sean lícitos o no; De la Espriella tiene la sagacidad o ingenio para lograr sus fines. Quiso ser millonario, y lo es; quiso ser corista de vallenatos y cantante de ópera, y lo fue; y, ahora, quiere ser presidente de la república, aunque la mayoría de las personas decimos que no lo será. Sea como fuere, lo cierto es que los astutos, por carecer de escrúpulos, tienden a ser engañosos, lo cual es palmario en sus ya demostradas incoherencias ideológicas y cognitivas.
De la agresividad, Abelardo se muestra siempre “cargado de tigre”. Lo hemos visto manoteando y vociferando por fuera de sus cabales, e irrespetando con inmoralidad a sus contradictores. De hecho, si el candidato Cepeda, para confrontarse políticamente con sus adversarios ha exigido un debate educado, cuyo tema de discusión sean estrictamente los programas de gobierno y no referencias personales a los candidatos, lo hace porque, precisamente, sus contrincantes, en especial Abelardo De La Espriella, practican con jactancia la agresividad.
Y de la voracidad de Abelardo, da cuenta la sola escogencia de un tigre como símbolo de su imagen política; pues devela el ansia, o deseo excesivo e insaciable de poseer la presidencia, no como la oportunidad para prestar un servicio a la patria, sino como quien se arroja hambriento a una presa. Y lo hace con el talante de quien se mueve con ambiciones políticas desmedidas, es decir, así lo subraya la Drae, con “la voracidad del dictador”. Siendo desmedida la ambición del voraz, por regla lógica –así como la flecha de Zenón de Elea no alcanzará su blanco- ellos tampoco obtendrán limpiamente lo ambicionado, y eso puede tornarlos en seres sumamente peligrosos.
Pero, bueno, volviendo al término “lobo” en la acepción precisa dada por Daniel Mendoza al señor De La Espriella, en su serie mentada; vale decir que los diccionarios no registran a este tipo de lobos de dos piernas, pero sí sus conductas delatoras. En efecto, la palabra “lobería”, aparece en los diccionarios -en calidad de colombianismo- como algo de mal gusto, escandaloso y ordinario.
De La Espriella es sin duda un sujeto de mal gusto, si en la tierra de quienes se ufanan de preparar, consumir y promocionar con orgullo el ajiaco, se atreve a decir que el ajiaco es un “potaje carcelario” cuando es claro que sus opiniones de gourmet solo pueden compararse a un bodrio. Y es de mal gusto, escucharlo contextualizar su programa de gobierno desde un espacio moral donde se matan gatos y se destripan opositores.
Igualmente, De La Espriella es un sujeto escandaloso. Por ejemplo, sus aseveraciones con respecto a la ética y los derechos humanos producen indignación por la carga de inmoralidad que conllevan. A la ética no la considera necesaria para los asuntos de justicia y política, y a los derechos humanos los descuenta, creyendo con ignorancia que ellos existen para desmontar sanciones, penas y castigos. No sabe el candidato de la extrema derecha, aun siendo abogado, que los derechos humanos se reconocen y vienen evolucionando desde las XII Tablas y el Corpus Iuris Civilis de Justiniano, y desde entonces no reconocerlo así es por causa de un nivel de comprensión cognitiva muy bajo o muy bárbaro.
Y ni qué decir de su traza de puro y crudo ordinario: así como “viste de seda y mono se queda”, De La Espriella piensa que ser basto, vulgar y chabacano, lo hace un hombre socialmente inteligente, y piensa que ser ramplón, descortés, y patán, lo hacen un hombre fuerte, digno de confiarle nuestra seguridad. De La Espriella, en contraste con Iván Cepeda, es un bulto de escombros. A Iván Cepeda, no lo hemos escuchado hablar mal de los platos típicos colombianos; y es fácil aseverar -sin ser un estudioso del comportamiento humano- que Iván Cepeda nunca se referiría a ningún plato, como lo hace De La Espriella, excepto que este sea un caldo preparado con los gatos que mata Abelardo. Iván Cepeda, antes que escandaloso es un pausado, y el tono de su voz está expresamente regido por la prudencia, de tal suerte que su trato a los otros es por naturaleza de mucho respeto.
En fin, cualquiera podría pedirme que no desaproveche estas páginas hablando de loberías; pero, solo quería poner en contraste a dos candidatos a la presidencia: uno que concilia y es protector de los derechos humanos y otro que rivaliza destripando al otro. Dos tendencias, sobre las cuales cada quien sabrá sopesar cuál de verdad es sana y lúcida y cuál insana y posesa.



