Pocas veces se le ha visto a Gustavo Petro más intimidado que el pasado viernes cuando cumplió uno de sus sueños: conocer a Joan Manuel Serrat. Muchas personas que cruzaron ya la barrera de los 65 años aprendieron, con sus canciones, a amar el arte, la poesía. Es difícil e injusto contrastar los gustos de generaciones que están contrapuestas. Hoy difícilmente se podrían entender las canciones de Bad Bunny como poesía, sobre todo cuando se hace la comparación con el creador de letras tan evocadoras, donde cabe toda una vida y también una civilización como sucede en Mediterráneo.
A Petro lo intimida más un poeta que hombres poderosos como Donald Trump, con quien sostuvo un encuentro en la Casa Blanca a principios de febrero. El presidente colombiano estaba en Barcelona por un evento vital para el equilibrio mundial que se encuentra en sus horas más bajas debido al intervencionismo militar de Estados Unidos en la Era Trump 2.0. La cumbre de Barcelona, que se llevó a cabo el pasado fin de semana, buscaba hacer una unidad, un contrapeso a la reunión que tuvo Donald Trump con presidentes de derecha en América como José Antonio Kast de Chile, Daniel Noboa de Ecuador, Nayib Bukele de El Salvador y Javier Milei de Argentina.
En medio de unas fuertes críticas de la alcaldesa de Madrid Isabel Ayuso, y de la cabeza de Vox, el partido de extrema derecha español, Santiago Abascal, presidentes como Lula, Claudia Sheinbaum, Pedro Sánchez y Gustavo Petro firmaron acuerdos, sentaron principios, se pararon duro contra el ansia petrolera de Trump y, además, defendieron a Cuba. En los próximos días contaremos detalles de esta cumbre.
Pero hubo momento para la distensión y para saldar deudas culturales. Petro lleva más de cincuenta años escuchando incesantemente a Serrat. Un cantante único, criado en Pueblo Seco, un barrio de obreros en Barcelona, buena parte de la cotidianidad de su ciudad está plasmada en sus canciones. A los 22 años, una edad un poco tardía, decidió dejar su trabajo como perito industrial por la composición. Y desde ahí no paró. Las personas que lo siguen desde los años sesenta, se prendieron de los versos de Miguel Hernández y Antonio Machado, entre otros.
Así que Petro fue otra vez el joven que se crio en Zipaquirá, soñando con poder cambiar la historia de un país sumido en la desigualdad, en la pobreza. Le dio la mano temblorosa a Serrat. Le entregó una fotografía de Gabriel García Márquez tomada un año antes de su muerte, en 2013, tomada por el artista Mauricio Vélez. Allí Petro les confesó a los presentes, entre los que se contaban Serrat y el alcalde de Cataluña Jaume Collboni, que todavía las canciones de Joan Manuel “Me hacen llorar”, en especial Elegía de Miguel Hernández. El cuadro se lo donó Petro a la biblioteca Gabriel García Marquez ubicada en uno de los barrios más tradicionales de Barcelona.
Se debe recordar que García Márquez, poco después de obtener la fama mundial por sus Cien años de soledad, vivió cinco años en Barcelona bajo la égida de su gran editora, Carmen Barcells y donde profundizó su amistad con Mario Vargas Llosa, José Donoso y buena parte de los miembros del boom.
Petro, tan explosivo y amañado con su palabra, se vio parco, tranquilo y especialmente intimidado. A los 82 años, Serrat está retirado de la música, aunque luzca entero. Enamoró a millones de personas que, pudieron creer en algún momento, que las canciones podían tener la fuerza de cambiar el mundo. Petro tuvo un fin de semana bastante especial, además de sentarse con toda la dignidad de los presidentes que lo acompañaban y ponerle límites a la locura de Trump, celebraría su cumpleaños en Barcelona, una de esas ciudades de historia de lucha que invitarán inevitablemente a soñar.



