Como a todo genio desconocido, las personas citan mal a Stanley Kubrick, sin contexto alguno. Es que no han visto nada de él; por eso, andan diciendo que, por su película Eyes Wide Shut, que es una adaptación de Traumnovelle, una refinada historia del autor austriaco Arthur Schniltzer, Kubrick fue asesinado por revelar “los secretos más oscuros de Hollywood”. En el filme, su protagonista, Tom Cruise, queriendo desquitarse de su esposa, busca una noche desenfrenada y la encuentra asistiendo, casi accidentalmente, a una sesión de una logia de hombres poderosos en donde el sexo se desborda en cada una de las salas de una mansión. Es muy difícil y un poco esquizofrénico intentar unir esto a la trama de Jeffrey Epstein, pero los conspiranoicos están de moda.
A Kubrick no le interesaba otra cosa que no fuera el cine. En sus comienzos tomó fotos para la revista Life, hizo algunos cortometrajes hasta realizar la retorcida El atraco perfecto, una de las mejores películas de la serie b, que era como se llamaba en el Hollywood de los cincuenta a la película de bajo presupuesto. A Kirk Douglas le gustó tanto que lo llevó al plató de Senderos de gloria, un clásico del cine de trincheras, y de allí saltaría a las superproducciones con Espartaco, que debería reestrenarse próximamente en circuito comercial durante una Semana Santa.
Y desde entonces Kubrick fue Kubrick. Todas las películas que vinieron a continuación, todas, sin excepción, fueron gigantes. Doctor Strangloved, aunque tiene un Peter Sellers maravilloso, es la menos disfrutable.
Después partiría la historia del cine en dos con 2001 Odisea del Espacio, basándose en la novela de Arthur C. Clark. Nunca habíamos visto ni el amanecer del hombre, ni el espacio, ni lo que nos esperaría en el futuro de esa manera tan brutal. Era común en los cines de 1967, en Estados Unidos, ver a jóvenes estallados de ácido sintiéndose que iban a los confines de la galaxia y el tiempo. Además, es el primer acercamiento que tenemos a los peligros de la IA, cuando Hal 9000, la computadora que guía a una tripulación en los confines del cosmos, se revela y decide aniquilarlos a todos con tal de cumplir su misión.
Hoy en día, uno encuentra a cada cual diciendo que es aburrida, que le parece muy larga; en fin, tontadas. Fue tan perfecta, que el cuento que sostiene que el hombre no fue a la luna, sino que lo filmó Kubrick, nace de allí y de un falso documental francés y de otro llamado Room 237, en el que, precisamente, se evidencia a los conspiranoicos que le atribuyen este engaño al director norteamericano.
Kubrick odiaba la fama y terminó recluido en un castillo en Inglaterra. Para hacer sus películas, le exigía a la Warner Bros rodar muy cerca a su casa. Así hizo La naranja mecánica, una crítica mordaz al sistema penal occidental; Barry Lyndon, a mi juicio la mejor película hecha jamás en la historia del cine. Lo que hace Kubrick es llevarnos a finales del siglo XVIII, como si la cámara fuera una máquina del tiempo. Lyndon iba a ser el ensayo de una de las películas que quedó en la estacada por la desproporción de sus ambiciones: Napoleón. En Inglaterra filmaría El resplandor, detestada por el creador de la novela que la inspira: Stephen King, pero que nosotros amamos; también hizo una película sobre Vietnam, Full Metal Jacket, y esperamos 15 años hasta que, por fin, lanzó su última película, Ojos bien cerrados, que, a pesar de lo maravillosa que es, viene siendo una obra menor, teniendo en cuentas las monstruosidades que hemos descrito anteriormente.
Así que, mis queridos conspiranoicos, si se van a poner a hablar de Kubrick, vean sus películas. Estoy seguro de que, si se dan una buena pausa, les reseteará el espíritu. No hay nada mejor para esto que la belleza y Kubrick es eso: un creador de belleza.



