Los medios de comunicación colombianos han estado obsesionados desde hace muchos años por afirmar, cada vez que hay un Miss Universo, que la candidata del país será la ganadora. En los últimos cincuenta años han ocurrido cinco cónclaves, la reunión a puerta cerrada que se da en el Vaticano para escoger un papa. En todos ha sido un lugar común hablar de que, posiblemente, uno de los elegidos será colombiano. La única vez que esto sucedió y que tenía un asidero de verdad fue en 2005, después de la muerte de Juan Pablo II. El nombre fue el de Alfonso López Trujillo. Desde 1990, fue presidente del Pontificio Consejo para la familia, una de las instituciones más conservadores de la Iglesia, y de las que con más fuerza se oponen a cualquier cambio que se tenga con la familia tradicional.
Nacido en 1935 en la localidad de Villahermosa, Tolima, su carrera fue meteórica. Se ordenó sacerdote a los 25 años y aunque arrancó como obispo auxiliar de Bogotá, en 1971, su camino hacia el poder se lo abrió Pablo VI, a quien honró con un gran recibimiento en su visita a Bogotá, pero fue desde la secretaria general del CELAM desde donde inició la persecución a los curas seguidores de la Teología de la Liberación.
Con las puertas abiertas en Roma, fue nombrado en 1983 arzobispo de Medellín. En ese momento, esa ciudad era la capital mundial del crimen. López Trujillo se desplazaba en automóviles de lujo. A cada lugar que llegaba, pedía ser recibido con una alfombra roja, el redoble de campanas y un coro de niños perfectamente peinados e inmaculadamente blancos. Todos besaban su anillo.
Cuando murió de una misteriosa enfermedad, en abril de 2008, a López Trujillo no pudieron enterrarlo en Colombia. Su cabeza en el país tenía precio, debido a lo que, según innumerables testimonios en Medellín, hizo durante la década del ochenta, cuando terminó incluso, según Gustavo Salazar, en su libro El confidente de la mafia, “asociado con grupos paramilitares”. Según investigaciones periodísticas, capos duros “le habrían mandado, más de una vez, maletines repletos de billetes”.
Una década después de su muerte, Álvaro León, su maestro de ceremonias; recuerda que Trujillo habría estado vinculado con la desaparición y asesinato de sacerdotes de izquierda que hacían su labor social en barrios marginales como Santo Domingo Savio. En ese lugar, a finales de los años ochenta, seis misioneros fueron asesinados.
Pocos cardenales han tenido tanta riqueza como López Trujillo. Según Frédéric Martel, en el libro Sodoma, esta le sirvió para su ascenso dentro del Vaticano. El dinero no solo lo obtuvo de sus colaboraciones con narcos y con grupos paramilitares, sino que tenía tanto poder en Medellín que se llevaba desde cuadros, joyas, hasta copones de plata de las iglesias que visitaba. En esa ciudad tenía un piso secreto en un edificio del barrio Villa Nueva a donde llevaba a novicios confundidos, indefensos, prostitutos mal pagos a los que después del acto los humillaba, como aparece en el citado libro del periodista Martel. Todo esto rodeado por un rechazo oficial hacia los homosexuales.
Su despacho en el ministerio de la familia en el Vaticano era considerado un salón de guerra. Soportado por cardenales, como el norteamericano Raymond Burke, condenó cualquier tipo de unión entre parejas del mismo sexo y consideraba el sida “un castigo de Dios”.
También era un enemigo encarnizado del uso del condón. Protegido por el propio papa Juan Pablo II en el Vaticano, encontró en él un eco. Durante su papado, que duró entre 1978 y 2005, los años en los que apareció el sida y mató a 35 millones de personas en ese lapso, López Trujillo, desde su posición no hizo absolutamente nada para contener la epidemia, al contrario, su aversión al preservativo hizo de la África católica un caldo de cultivo para que el virus se desarrollara. A mediados de los años 2000, poco antes de su muerte, le dijo en una entrevista a la BBC que el condón no servía de nada porque el látex tenía microporos por donde podía entrar la enfermedad.
El vaticanista Robert Carl Mickens dice que era un hombre colérico, violento, duro, un tipo cuyo legado no ha preservado dentro del Vaticano, menos ahora cuando Francisco ha dejado entrar los aires del progresismo. En el cónclave de 2005, cuando su nombre quedó descartado, López Trujillo movió sus influencias para coronar a Joseph Ratzinger. Su estrategia funcionó.
Los restos del cardenal regresaron a Colombia en 2017 por orden del papa. La tumba está en la gran capilla del ala oeste de la Catedral de Medellín, siempre cerrada por una verja, temiendo que en cualquier momento haga su aparición el vandalismo por parte de alguna de las víctimas del arzobispo o de un prostituto que se haya sentido ultrajado por él. Lo que sí se puede asegurar es que cada vez son menos los devotos católicos que visitan la tumba del colombiano que más cerca ha estado de un papa en el Vaticano.



