Oviedo y la trampa en el “puente de la diferencia”.

Desde la campaña presidencial de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo hay una narrativa muy llamativa, que merece ser revisada, es esa idea de que están “hablando entre distintos” tendiendo “puentes de la diferencia”. Y claro que, a primera vista, suena bien, pero no nos digamos mentiras, no con todas las diferencias se puede dialogar.

Este par de candidatos exponen públicamente sus profundas contradicciones y se presentan como la demostración de que se puede gobernar tendiendo puentes entre visiones opuestas sobre temas estructurales del país.

Y ahí es donde hay que prender las alarmas, pues yo puedo sentarme en la misma mesa con alguien a quien no le gustan los mariscos mientras que a mí sí, pero otra cosa completamente distinta es sentarme con alguien que cree que yo no debería siquiera estar en la mesa. Es absurdo creer que puedes construir políticamente con alguien que considera que tus derechos son negociables. Hay una gran diferencia entre construir acuerdos en democracia y legitimar discursos retardatarios y excluyentes.

Cuando se trata de debates sobre gustos o estilos de vida es perfectamente convivible. Pero cuando hablamos de derechos estamos frente a una disputa política profunda sobre quién merece derechos y quién no, por eso preocupa el lugar en el que se está posicionando Oviedo. No porque dialogue con sectores conservadores, cosa que no sorprende, sino porque en ese intento de ser el “puente”, termina exponiendo una trampa entre lo que es y no es negociable. Y, ahí está Oviedo, intentando hacer pedagogía de la convivencia, como si fuera posible construir un proyecto político sólido con alguien que no está de acuerdo con su existencia.

En política es necesario tener la capacidad de trazar límites. No como Oviedo, que se arrastra por ese tal “puente de la diferencia”.

Pero ojo, el problema es que ese discurso resulta llamativo. Porque apela a una idea de sensatez, de reconciliación, que en un escenario de polarización tiene mucha fuerza. Y ahí es donde las izquierdas tenemos que ponernos las pilas pues hay sectores que están apropiándose de narrativas que históricamente han sido nuestras, como el diálogo y la construcción colectiva.

En ese contexto, el discurso del entendimiento sin conflictos funciona como una trampa, porque hace creer que las diferencias son superficiales, pero no es así. Y peor aún, termina legitimando posiciones que deberían ser confrontadas y rechazadas públicamente, sin puntos medios.

Pero aquí el llamado es a los sectores alternativos, porque no podemos quedarnos mirando cómo se apropian de nuestras propias banderas. Es momento de construir un frente político y discursivo que confronte esa narrativa cómoda de la “coexistencia”. Porque si algo hemos defendido históricamente las gentes de izquierdas, es que la paz no se construye cediendo frente a quienes niegan la dignidad. Debemos reafirmar diariamente nuestro proyecto de país, que garantiza la vida, los derechos y la diversidad sin condiciones.

Y cuidado, que algunos puentes solo sirven para retroceder.

 

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Ghina Castrillón Torres