No conozco una persona que no se haya sentido devastada con la decisión que tomó Robin Williams. Para muchos él era la imagen de la felicidad. Era un osito tierno y un gran actor. Sé que muchos lo conocen por Patch Adams, pero también pudo ser un psicópata bastante oscuro en Insomnia, una de las primeras obras maestras de Christopher Nolan. Estaba en el apogeo de su carrera, pero un mal diagnóstico le arruinó la vida.
Williams, como todo genio, tenía una personalidad compleja. Saltó de la televisión -donde hacía de un entrañable extraterrestre en la serie Mork and Mindy– a uno de los peores fracasos que se recuerden en Hollywood, interpretó a Popeye en la desquiciada adaptación de Robert Altman. Pero se recuperó en sus shows de comedia en SNL y, después de que interpretara Despertares junto a de Niro y a un profesor realmente inspirador en La sociedad de los poetas muertos, nadie tuvo duda de su rango actoral. Pero ahí estaba el alma atormentada del artista que lo llevó a consumir cocaína y alcohol en grandes cantidades. Fueron varias veces las que se internó en una clínica de rehabilitación.
Con Williams se puede recordar la historia de un hombre que llegó a un bar y, después de pedir un whisky, se puso a llorar sobre la barra. El cantinero le preguntó qué le pasaba y el hombre dijo que estaba muy triste, que sentía un hueco en el pecho. El cantinero sonrió: “No se preocupe, todas sus penas están saldadas, en la ciudad está el gran payaso Pagliachi, véalo, lo hará olvidar todas sus miserias”. El hombre se tomó otro trago, lo miró con sus ojos enrojecidos y le dijo: “Yo soy Pagliachi”. Esa es la vida de casi todas las personas que nos hacen reír. A cambio de la alegría que nos regalan, algo en ellos se va deteriorando.
En 2013, a los 62 años, le fue diagnosticado párkinson. Williams empezó a tener problemas para memorizar sus diálogos, no se sentía con fuerzas, incluso llegó a tener problemas psicomotrices. Según su hijo, Zachary, los médicos le dieron una medicación que aumentó su ansiedad y su tristeza. Lo alejaba de encontrar algún tipo de paz, de tranquilidad. El 14 de agosto decidió ahorcarse con un cinturón en su casa en Paradise Cay, California. En la autopsia, los médicos descubrieron algo devastador para la familia: había sido mal diagnosticado. Williams no sufría de párkinson sino de una enfermedad poco conocida que se llama “demencia con cuerpos de Lewy”. Entre los síntomas de esta enfermedad están fallos de memoria, desorientación espacial, fluctuaciones del nivel de alerta, alucinaciones visuales, problemas de movimiento y alteraciones del sueño.
Con un diagnóstico acertado, serían distintos el tratamiento y los efectos sobre su ánimo. Pero las drogas recetadas y los viejos fantasmas hicieron que perdiéramos a los 63 años a una de las personas que nos daba felicidad en nuestras vidas. Por eso tenemos que volver ver una y otra vez sus películas. Jamás volví a ver en una pantalla de cine una ternura parecida a la suya.



