Ayer, conversando con mi papá en el jardín de su casa, le conté que había salido tu artículo. Le dije que quería escribirte. Por eso, te voy a contar la verdad.
Comenzaré contándote que me fascinan las películas en las que el protagonista trata de descubrir si lo que le pasa es real o una ilusión. Ese tema siempre me ha intrigado, no importa la forma que tome, como el niño que, para comprobar que estaba soñando, metió un dedo entre las aspas de un ventilador que le arrancó la mitad del dedo y, de paso, la duda.
Mi papá nació en una casa que tenía más vocación de ser teatro que de vivienda: era escuela, tienda, taller de costura, panadería. Valentina, la mamá de mi papá, se levantaba a las tres de la mañana a hacer pan para el ejército; mientras se asaba, convertía la casa en escuela. Se había licenciado como tutora en la Normal de Cartagena, en los tiempos en que se estaba decidiendo si los que enseñaban debían vestir faldas o sotanas, y mi abuela abría las puertas para que los niños ocuparan los pupitres: excepto dos, uno destinado a las figuras de sus amados santos —San Judas Tadeo, San Antonio, la Virgen María y Jesucristo— y el otro pupitre para mi papá. Por la tarde se dedicaba a coser camisas y pantalones, entre ellos unos para mi papá que parecían de lino, hechos con los costales en los que venía la harina para hacer el pan, y atendía una tienda que también tenía en su casa, que 80 años después aún atiende mi tía Julia Hena. Y en las noches, llegaba mi abuelo, que era muy amigo de la parranda y poco del trabajo; mi tía le preguntaba a mi abuela por qué no lo regañaba, y mi abuela pasaba por alto ese comportamiento, como si no fuera real, y más bien le decía a mi papá: ven, hijo, duerme conmigo. Murió de cansancio a los cuarenta y nueve años.
Y en esa casa mi papá se prometió que algún día tendría una casa, pero una casa con vocación de casa: con piso, con habitaciones para cada uno, con baños, con biblioteca, con comedores, con camas de sobra para los ausentes, no una donde se dibujaban con agua baldosas en el piso de tierra, no una donde viera a su madre acabar su vida a punta de trabajo.
Cuando viajó ochocientos kilómetros hasta Bogotá a cumplir su deseo de tener una casa, se encontró con una ciudad desconfiada, miedosa, que creía que quien llegaba era un enemigo, una ciudad que parecía ocultar, entre su bruma, la culpa de un pecado. Igual que yo: que tenía la certeza de que yo había cometido un pecado terrible y antiguo, pero no sabía qué había hecho; solo sabía que era terrible, y la prueba era la gigantesca culpa que me aprisionaba. Entonces, para liberarme de ella y sentirme inocente, fabriqué la ilusión de que mi papá me había maltratado, que él era el culpable y yo, el inocente.
Con lo que no contaba, para encontrar esa calma, era que mi papá, para apaciguar a esa ciudad y enamorarla, además de la capacidad de mi abuela para hacer muchos oficios, había heredado su capacidad para ver los ataques como ilusiones y para saber que detrás de cada uno solo hay una petición de ayuda. Y le dio más sustento a esta idea leyendo: mientras compraba vestidos Luigi —“el vestido del uno por ciento”—, leía; mientras escondía su acento en el diccionario, leía; mientras compraba su casa y le añadía cuartos, leía. Y así aprendió algo que mi abuela ya le había enseñado, algo que quizás pensó que le serviría únicamente para apaciguar esa ciudad, pero jamás pensó que tendría que aplicarlo con su propio hijo.
Me pagó la matrícula de derecho en Los Andes. Cuando me retiré a los tres meses, no me reclamó y, por el contrario, cuando quise estudiar cine, me matriculó en una universidad que, según yo, enseñaba poco. Mi mamá resumió la situación: “Le quedó grande Los Andes y chiquita Unitec.” No me reclamó y, por el contrario, le dio dinero a mi mamá para que me llevara a San Andrés a comprar todo lo que necesitaba para eso que yo llamaba: “quiero hacer cine”. Compré cámaras, luces y un equipo de edición; monté una empresa que filmaba matrimonios y partidos de fútbol, mientras soñaba con el cine, a la que llamé Videolife, con el tierno eslogan de amor, belleza, imagen. Cuando vendí todo ese equipo para irme de la casa, no me juzgó y, por el contrario, fue a ver mi primera obra de teatro, habló con el director que no lo conocía y le dijo: “Le encargo a mi hijo.” Cuando Labrador se escapó de la policía para llegar a mi casa, mi papá le construyó una hermosa casa de ladrillo y tejas, le daba diariamente una sopa con carne que él mismo compraba en el matadero y le hablaba como a una persona.
Cuando yo tenía unos nueve años, quiso que viera la ciudad desde el cielo. Me llevó al edificio más alto de Bogotá, el Colpatria. No nos dejaron subir porque estaba en construcción y era peligroso. Mi papá convenció al guardia y nos dejó subir. Subimos hasta el piso cincuenta; el ascensor era artesanal y traqueteaba en cada piso. Cuando llegamos, no había barandas; el piso era de tablas y el viento empujaba con tanta fuerza que daba miedo. Mi papá tomó mi mano y me dijo: agárrate de mí, algún día yo tendré que agarrarme de ti. Y, agarrado de su mano, me mostró esa Bogotá que, desde arriba, parecía haberse perdonado a sí misma, una ciudad inocente, y así quería que yo la viera.
Eso fue lo que realmente viví con mi papá. Cuando di declaraciones en El Tiempo diciendo todo lo contrario, nunca me reclamó. Cuando volví a su casa, aunque vivo a ochocientos kilómetros de allí, me dijo: «Esta sigue siendo tu casa».
A través de él aprendí a querer a una abuela que no conocí. Así como Valentina fue su mamá y su maestra, de mi papá estoy aprendiendo algo que, de algún modo, ya sé: que solo el amor es real y lo demás es ilusión, sin tener que meter otra vez el dedo en el ventilador para comprobarlo.
Entonces ayer, conversando con él en el jardín, le conté que había salido tu artículo. Le dije que quería escribirte; me miró muy tranquilo. Y seguimos tomando el sol. Cuando me despedía, me abrazó, me besó y me dijo las palabras hermosas que siempre me dice.



