En diciembre se cumplen diez años del cruel asesinato de Yuliana Samboní. La niña tenía siete años cuando Rafael Uribe Noguera, “un prestigioso arquitecto”, como fue descrito en las primeras noticias que salieron sobre el caso, empezó a rondar el barrio donde vivía ella junto con sus papás y su hermana. Se tiene registro de que la primera vez que apareció por Bosque Calderón fue el 25 de noviembre de 2016, un día antes que se firmara el acuerdo de paz entre las FARC y el gobierno de Juan Manuel Santos. La idea que tenían Juvencio Samboní y su esposa Nelly era regresar al Tambo, Cauca, ya que, con el acuerdo, la guerra terminaba. Ese 24 de noviembre, Uribe Noguera le ofreció a la niña cinco mil pesos para que se subiera a la camioneta. Ella se negó.
Pero, el 4 de diciembre del 2016, en la mañana, Uribe Noguera, quien se encontraba absolutamente sobrio, se llevó a la fuerza a Yuliana. Varias personas del barrio se dieron cuenta. Por eso, alertaron a la policía. En 15 minutos Uribe Noguera ya estaba en su casa, en el edificio Equus 66. Solo hay un registro de una cámara de seguridad en el parqueadero en donde se ve a la niña pataleando, intentando no dejarse sacar del carro. Por eso se encontró uno de sus zapatos allí. Sobre las once de la mañana la policía ya tenía el registro del carro. Le pertenecía a la cuñada del arquitecto, la esposa del “prestigioso” abogado, socio del bufete Brigard y Urrutia, Francisco Uribe Noguera que, en ese momento, fue contactado y quien afirmó en esa llamada no poder atender a la policía porque se encontraba en un evento muy importante en el Club El Nogal. Fue tanta la insistencia de las autoridades que al final tuvo que acceder a recibirlos.
Desde allí todo es confuso. Entre las dos y las seis de la tarde, Francisco y Catalina Uribe Noguera, los dos hermanos del asesino, desaparecieron. Los relatos que dieron a la policía no concuerdan. El caso es que la investigación siempre apuntó a que ambos entraron al Equus 66 y estuvieron con su hermano cerca de cuatro horas. ¿Qué estaban haciendo? ¿Ya Yuliana había sido asesinada? ¿Por qué el único testigo del crimen, el vigilante del Equus 66, se suicidó a los tres días y no pudo dar su declaración? ¿Por qué hay más de cuarenta mensajes de WhatsApp borrados del celular de ellos? ¿Por qué aparece Uribe Noguera borracho y drogado en una clínica cuando no había indicio de que hubiera consumido algún estimulante antes de matar y violar a una niña de siete años? Cuando el entonces fiscal Néstor Humberto Martínez declaró sobre el tema en caliente afirmó que había suficiente evidencia como para probar que la escena del crimen había sido alterada, y señalaba a los hermanos del asesino. ¿Qué pasó con ese impulso? ¿Por qué los absuelven en 2019 si la defensa de ellos era débil?
Diez años después, la familia Uribe Noguera ha seguido su vida tranquilamente, incluso hay gente en Colombia que siente empatía por ellos: “tienen derecho a vivir”, “ellos no mataron a la niña”. En mis investigaciones he demostrado que hubo una serie de trucos para mostrarse desfinanciados y no verse obligados a pagar lo que un Tribunal de Bogotá impuso sobre Rafael Uribe Noguera: pagó 1.600 millones de la época a los Samboní. Juvencio y Nelly regresaron al Cauca, arrinconados por la guerra. El Estado les dio unas cuantas gallinas en reparación, los Uribe Noguera no les dieron nada. Francisco, el prestigioso abogado, sigue siendo parte de Brigard y Urrutia e incluso da clases en la Universidad Javeriana. Catalina intentó salir del país en 2023, pero el gobierno de Estados Unidos le negó la visa. Lo último que se sabe es que Rafael Uribe Noguera tiene novia en La Tramacúa, una psicóloga que lo visita semanalmente y que su pena viene siendo rebajada por buena conducta.
Los Uribe Noguera están intentando recuperar la camioneta donde Rafael se llevó a Yuliana. No les importa que hace diez años esté estacionada. Están acostumbrados a hacerse matar por cada billete que vean en el suelo.
Los Samboní viven con miedo. Nelly tuvo un hijo meses después del asesinato de Yuliana y dice tener miedo. Colombia no debe olvidar este caso, acá se resumen tantos siglos de la opresión que han ejercido los que tienen todo contra los que no tienen nada. La justicia de los hombres eximió a los Uribe Noguera a pagar una indemnización, ¿La justicia moral no los obliga a pagarles a los Samboní una restauración para que sus almas estén tranquilas?
No, el problema es que los Uribe Noguera no tienen alma.



