Es uno de los inviernos más duros que se recuerden en Nueva York. La celda es un congelador, la celda es el infierno en la tierra. Hace cuatro meses Nicolás Maduro conducía por las cálidas calles de Caracas, creyéndose querido y respetado por lo que él creía era su pueblo y su corte. Era tanta la confianza, que Maduro se atrevía a desafiar a Trump: “Ven por mí”, le decía mientras imitaba su baile, y Trump lo escuchó y fue por él. En la madrugada del 3 de enero de 2026, en una operación que duró unas cuantas horas, Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flórez, fueron sacados de Venezuela. La próxima vez que veríamos al ya expresidente venezolano fue esposado, con un gorro para dormir y diciendo, casi disociado, “Happy New year”. En Venezuela, la vida siguió. Delcy Rodríguez fue investida presidenta con el beneplácito de Washington y del chavismo.
Y, desde entonces, no supimos nada de Maduro. Hasta hoy. En el Centro Metropolitano de Detención de Brooklyn, descrito por los que lo conocen como “un atemorizante cubo de hormigón brutalista”. Uno de los consultores de prisiones más conocidos del mundo, Sam Mangel, resume este lugar como “el infierno en la tierra”.
Maduro, salsero, bullicioso, debe estar aislado buena parte del día y el único ruido que escucha es el de los cerrojos abrirse o cerrarse. A veces, ese silencio se interrumpe con la voz del propio Maduro: “Todavía soy el presidente de Venezuela”. Este lugar ha sido desfinanciado sistemáticamente y se encuentra en condiciones de abandono. Por ahí han estado peligrosos delincuentes como Jeffrey Epstein, quien se ahorcó. También estuvieron el abusador serial Sean “Diddy”Cubs y la compañera del magnate Epstein, Ghislaine Maxwell.
Según el diario ABC de España, que sacó la exclusiva, esta es la descripción del lugar: “La celda es un espacio reducido, de unos tres metros de largo por dos de ancho, con una cama metálica, un retrete, un lavabo y una ventana estrecha por la que apenas entra luz natural. Los internos en la SHU pueden salir tres veces por semana durante una hora, siempre con grilletes en pies y manos y escoltados por dos guardias. En ese tiempo pueden ducharse, usar el teléfono –hasta un máximo mensual–, acceder al correo electrónico supervisado o salir a un pequeño patio enrejado al aire libre”.
Maduro lleva dos meses allá, dos meses y medio. Poco a poco se viene quebrando. Los compañeros de pabellón afirman que pasa sus noches en blanco, gritando con desesperación que fue secuestrado, que quiere volver a Venezuela. Mientras tanto en su país nadie lo extraña. La traición de Delcy Rodríguez y de Diosdado Cabello se ha consumado hace rato. Ya no hay pedidos para liberarlo. El chavismo sigue sin él y cuando se critica al imperio en Caracas se hace en voz baja. Como otros presidentes enemigos de Estados Unidos, Maduro viene siendo torturado. A nadie le importa. Nadie le pide cuenta a los Estados Unidos por el respeto a los derechos humanos. Trump es el sheriff del mundo.



