Cuando se fue a México, por allá en la década del sesenta, Fernando Vallejo ya extrañaba Medellín. La casa familiar, en el barrio Boston, empezaba a cambiar como toda la ciudad. Pero cuando volvió, en 1994, un año después de que Pablo Escobar fuera asesinado en un tejado cerca al estadio, se dio cuenta que todas las calles donde amó, los cafés donde besó, los muchachos a los que le dio su mano habían desaparecido. Esa desazón le sirvió de motor para hacer uno de sus libros más conocidos, La virgen de los sicarios. La adaptación al cine la hizo un director glorioso y universal, Barbet Schroeder, perteneciente a la nueva ola francesa y fue un escándalo absoluto. El director de la entonces influyente revista Diners, salió invitado por Julio Sánchez Cristo después de que publicara una editorial en donde pedía que la gente boicoteara esa película. En la conversación con el periodista, Vallejo estalló y hasta pidió que el entonces presidente de los colombianos-Pastrana- fuera asesinado.
En ese libro se nota la nostalgia. Fernando yendo a Envigado, buscando un bar donde alguna vez escuchó Senderito de alma de Pedro Infante, se sienta y escucha es el ruido, el andar de la gente. La máquina paridora se ha activado. Lo que hay es gente por todos lados. Medellín es una ciudad llena de gente donde los perros se mueren con las patas rotas y ahogados en los canales que rebozan de agua.
En México estaba con David Antón, el hombre con el que estuvo más de medio siglo. Hubo un momento, por allá a comienzos de este siglo, cuando estallaron las ventas de El desbarrancadero, tal vez uno de los libros más bellos escritos por un colombiano, estaba optimista. Ahí recibía a sus amigos, a Luis Ospina quien le hizo un documental fundamental, a Enrique Ortiga, a los colombianos que llegaran a México y quisieran conocerlo. Tenía la juventud de sus sesenta años. Ahora sí está con sus fantasmas.
Primero hay que recordar que Vallejo regresó a Colombia después de la muerte de David Antón y regresó a uno de los barrios donde fue más feliz, Laureles. El barrio ya no es lo que era antes. Es el centro de la gentrificación que sufre de la ciudad, de su sobrepoblación, del ruido y las luces que no se apagan jamás. Por eso, ha desarrollado una especie de fobia. Vallejo mandó a tapar todas sus ventanas, algunos de sus admiradores van y le tocan el timbre porque se ha regado la dirección de su casa. Cada vez sus vecinos lo ven menos. A falta de encuentros reales, Vallejo se convierte en un mito. Hace poco se inventaron que había atacado a una mujer en el jardín de su casa y se dejó circular el rumor de que sufría de fotofobia, que no podía tener contacto con ningún tipo de luz, ni con pantallas, que vivía como una especie de vampiro.
Un amigo muy cercano intentó entrevistarlo y con esas salió, con que sufría de fotofobia y que por eso no recibía visitas. Contrasté la información y alguien cercano a él me aseguró que aún escribe por computador, que está preparando una novela, que a sus 83 años está regio y que la única fobia que siente es por los medios de comunicación y por la ciudad en la que se está transformando Medellín.
Vallejo es un mito. Sigue teniendo intacta su capacidad de escandalizarnos. ¿Se acuerdan de que en pandemia El Espectador le encargó una columna en la pandemia y que se la cancelaron porque era antivacunas? Es un genio, es un rebelde. Lo necesitamos vivo y sano. Un día de estos pasaré por Laureles y le tocaré el timbre. Esperaré pacientemente a que salga a la puerta. Ser insultado por Vallejo será mi mayor gloria literaria.



