Las Violencias Basadas en Género en Colombia no persisten por casualidad: se sostienen en estructuras que normalizan la desigualdad. Entre un modelo económico que precariza la vida, discursos políticos que relativizan derechos y un Estado que muchas veces falla en proteger, la violencia encuentra cómo adaptarse y reproducirse. Este análisis revela los “cuellos de botella” que bloquean el cambio y plantea un desafío ineludible: transformar de raíz el sistema que la sostiene.
El primero de esos bloqueos es la violencia estructural que atraviesa lo cotidiano y define quién tiene poder, recursos y autonomía. La sobrecarga del trabajo de cuidado no remunerado, la informalidad laboral y la dependencia económica no son factores secundarios: son condiciones que limitan las posibilidades reales de romper ciclos de violencia. Cuando la desigualdad se vuelve paisaje, la subordinación se naturaliza y la urgencia se diluye.
A ello se suma el subregistro y la fragmentación de la información, que impiden dimensionar con claridad la magnitud del fenómeno. Lo que no se nombra ni se mide adecuadamente tiende a minimizarse en la agenda pública. Las cifras incompletas no solo distorsionan el diagnóstico, sino que debilitan la formulación de políticas efectivas y sostenidas en el tiempo.
Finalmente, la violencia institucional en razón de género se convierte en un obstáculo adicional cuando las rutas de atención son lentas, revictimizantes o inaccesibles. Barreras burocráticas, geográficas e interseccionales reproducen las mismas desigualdades que deberían erradicar. Superar estos bloqueos implica ir más allá de respuestas aisladas y asumir transformaciones profundas en el modelo económico, en la cultura política y en el funcionamiento del Estado.



