Me dan mucha risa -y rabia- los que idealizan a Pablo Escobar. Hasta en los vicios y en los gustos musicales lo terminan idealizando. Y en la ideología. Él metió muchos cuentos, que dizque era un tipo de izquierda, que fumaba marihuana porque era un revolucionario y se llegó a decir, incluso, que le gustaba el rock. Nada de eso es cierto. Pablo Escobar era básicamente un paraco, un tipo que, sumado a los carros bomba que explotaba, a las masacres, mató a más de cincuenta mujeres, era un feminicida feroz. Y un tipo conservador horrible. Un tipo que detestaba a la juventud, por eso es que ponía a adolescentes a matar gente. Pablo Escobar era un segador de cabezas.
Lo siguiente lo leí en un libro que todos deberían tener, se llama La causa nacional, de Jacobo Celnik, es el mejor trabajo que se ha hecho sobre el rock colombiano. Esto que sigue es aterrador.
En los ochenta el rock era una vaina que se escuchaba en lo subterráneo, en lo underground, pero era un movimiento potente. Así surgieron bandas legendarias como Reencarnación, Masacre o Blasfemia. Los muchachos tenían que esconderse de los sicarios de Pablo Escobar. El patrón, como si fuera Pinochet, ordenaba perseguir a todo el que tuviera tatuajes grises y pinta de punketo o metalero.
Uno de los pocos lugares donde se podía escuchar música en Medellín era el bar New Order en la frontera con Envigado, territorio del Patrón. En sus múltiples viajes Carlos Acosta, dueño del lugar, fue trayendo discos exóticos, inencontrables, de grupos completamente desconocidos en esa época. Gracias a él, se escuchó por primera vez a Depeche Mode, a The Cure, a Elvis Costello o a Radio Futura. Los jueves, después de las ocho de la noche, llegaban Víctor García, líder de la banda Nash, Elkin Ramírez, la voz inmortal de Kraken y Juan José Lopera, quien unos años después crearía Estados Alterados, el primer grupo colombiano en poner un video en MTV. Llegaban a llenarse de vanguardia.
La policía, que en los años ochenta no era más que otro brazo armado de Pablo, empezó a cebarse contra el lugar. Las requisas eran diarias y, si le encontraban un porro a uno de los clientes, mandaban a cerrar New Order.
Una mañana Carlos Acosta llegó a abrir su bar y desde atrás se le apareció el Tuso, uno de los más temibles sicarios de Pablo Escobar, a dejarle claro que las puertas iban a quedar cerradas para siempre. Era julio de 1989, tan solo unas semanas antes de que el paramilitar Henry Pérez disparara sobre Luis Carlos Galán en la plaza de Soacha. El país se desangraba y el rock se apagaba.
Pero resurgió, a mediados de los noventa, con fuerza. En los barrios donde más hubo dolor en Medellín esa rabia que traía el punk y el metal, que vimos en Rodrigo D, se convirtieron en otra cosa, en hip-hop, en rap, en una voz que no se calla, en un corazón que no para de latir. En Medellín les dijeron a los pelados que no habían nacido pa’ semilla pero ellos fueron más fuertes que eso. Y por eso hay gente que sigue resistiendo.



