El fútbol no ha parado de evolucionar. Basta ver a la que es considerada la mejor selección de todos los tiempos, la Brasil de 1970, en su partido más perfecto, la final en el Azteca contra Italia. Decían que no necesitaban volantes de marca porque poseían a Pelé, Rivelino, Tostao, Jairzinho. He visto esa final muchas veces y obviamente que deslumbra la técnica y se entiende lo revolucionario que fue en su momento ese equipo, pero basta ver 20 minutos de un partido de la Premiere para entender que se jugaba a otro ritmo, que no existía presión, que es más difícil ser un jugador talentoso ahora que antes. En los ochenta Maradona vivió otro tipo de marca, más malintencionada, literalmente lo molieron a golpes, ahora sufriría una marca más efectiva, más táctica y asfixiante. Después de que terminaron los diez -el jugador que más se ha parecido a un diez en los últimos tres mundiales es Luca Modric- lo que quedan son atletas. Y eso está bien. Hay más partidos, más intensidad, mayor exigencia, al menos en las grandes ligas.
El deporte ha evolucionado y, con eso, llegó el marketing, la dirigencia, los del cuello blanco. A finales de los años sesenta, la FIFA era una especie de ONG que tenía serios problemas para conseguir pasajes de avión, cupo en hoteles o un salario para sus dirigentes. Con la aparición de Joao Havelange, la FIFA se transformó por completo, usando para esto su herramienta más efectiva: el Mundial de Fútbol. Desde 1930 a 1978, no existía un torneo más difícil que las eliminatorias al Mundial. Doscientos equipos luchaban por llegar a ser uno de los 16. Colombia solo pudo pasar a uno de estos mundiales, el de Chile 1962. Le ganó a Perú en un solo partido de ida y vuelta. Las eliminatorias eran eso, un partido de ida y vuelta y chao. Havelange en los setenta crea una especie de minitorneo, con grupos de cuatro equipos, donde el primero clasificaba. Para 1982, viendo el potencial económico, deciden ampliar el cupo a 24. Esta modalidad se mantiene hasta 1998. Entonces, el poder de la FIFA lo tiene el suizo Joseph Blatter, una especie de pupilo del legendario dirigente brasilero que terminó envuelto en la más infame red de corrupción.
La FIFA se dejó comprar para hacer un mundial en medio del desierto, en otro calendario, en un país sin tradición futbolística como Catar. El FBI intervino y solo así pudieron asestar un golpe que terminó incluso con dirigentes nuestros presos, como Luis Bedoya, quien fue detenido en 2014. Blatter debió dar su paso al costado y, en su lugar, pusieron a alguien que tenía una imagen inmejorable: Gianni Infantino, un tipo que parece que no le niega el saludo a alguien.
Hasta el momento, es incomprobable que exista algún vínculo de Infantino con la corrupción, pero la zalamería con la que trató a Donald Trump, reputado fascista, xenófobo, agresor de mujeres, durante el sorteo del mundial fue vergonzoso. La limpiada de cara fue tan minuciosa que hasta le entregó un trofeo por los esfuerzos que ha hecho Trump por la paz mundial. Muchos de los que crecimos creyendo que el Mundial de fútbol era el torneo más importante de todos los deportes, decidimos apagar el televisor. Es que no hay derecho.
Además, uno de los mejores torneos que tenía el fútbol de selecciones, como son las eliminatorias sudamericanas, va camino a desaparecer. Para 2026, se abrieron 48 cupos para el Mundial. Eso quiere decir que en primera ronda tendremos que pagar para ver un partido como Curazao vs. Australia. A Colombia le tocó un grupo con Uzbekistán, probablemente el Congo y Portugal. Como pasan los ocho mejores terceros a segunda ronda, Colombia podría perder goleado por el equipo de Cristiano, luego ganarle 1-0 a los uzbekos y empatar 0-0 con Congo y así clasificaría. Fácil.
La afrenta a los mundiales no para allí. Infantino está buscando para 2030 que vayan 64 equipos. Seguramente seguiremos viendo los mundiales porque con lo único que podemos ser fieles y consecuentes es con el fútbol, pero no podemos dejar de ver el elefante rosado en la sala. Infantino, en el afán de hacer del fútbol un negocio más rentable, va a terminar banalizando lo más lindo que tenía este deporte, cualquier deporte, sus mundiales.



