El grupo más oscuro para escuchar en navidad

Andrés Caicedo tenía 25 años cuando se mató. Decía, y la ciencia muchos años después le daría la razón, que las personas empezaban a envejecer a esa edad y que, después de romper ese límite, sólo vendría la decadencia final. Bueno, ni esperó esa edad Ian Curtis para colgarse en la cocina de su casa. Tenía 23 años. Su grupo, Joy Division, empezaba a pegar con dureza en las listas en Inglaterra, incluso planeaba ya una gira por los Estados Unidos. Pero, dos años antes de tomar esta decisión, en 1978, justo cuando acababan de sacar el álbum Unknown pleasures, le sobrevino un ataque de epilepsia. Allí todo se torció para Curtis. Los movimientos en sus shows evocaban los espasmos de un ataque. Incluso una de sus canciones más famosas, She lost control habla justamente de eso, de una muchacha que no puede dominarse, cae al suelo y es atacada por demonios invisibles que le ponen los ojos en blanco, que le hacen sacar espuma por la boca.

Le gustaba J.G Ballard, el escritor distópico que hablaba de una sociedad en el futuro que sólo encontraría los placeres en las cosas extrañas. Le gustaba Burroughs, profeta de la autodestrucción. Vivía en Manchester, una de las ciudades más feas de Europa a finales de los años setenta. Bernard Summer, su compañero en Joy Division y quien después sería el líder de la indiscutible banda New Order afirmó que sólo a los ocho años vio su primer árbol. Joy Division suena a eso, a ciudad devastada, a fábricas abandonadas, a cementerios de electrodomésticos. Alguien una vez me dijo una frase con la que podemos identificarnos los que amamos esta banda: “Nos encanta pero a la vez nos repele” Es que es difícil asomarse a esos abismos del alma y salir indemne.

Además de la ciencia ficción le gustaba Dostoyevski, incluso antes de que los emparentara la epilepsia. En música no podía sacarse de la cabeza The idiot, el icónico álbum de Iggy Pop. También lo voló Low, uno de los trabajos más inclasificables de David Bowie. Una de esas canciones, Warsaw, fue tan inspiradora para estos jóvenes de Manchester que el primer grupo que tuvieron lo pusieron así. Luego le pusieron Joy Division y vinieron los problemas. Es que así se llamaba un prostíbulo para oficiales nazis en el campo de concentración de Auschwitz. Hay maneras de provocar y otra es invocar el holocausto en la Inglaterra de finales de los años setenta.

Y aún así eran tan inaceptables que atrajeron a cientos de miles de jóvenes. A diferencias de otros grupos clasificados como punk Joy Division musical y líricamente eran diferentes, complejos, sofisticados. El suicidio de Ian Curtis se dio, en parte, por el aumento de conciertos que hizo el grupo debido a la popularidad, medicamentos como el fenobarbital le quebraron el alma y la aparición de una mujer belga, hija de un diplomático, lo puso a pensar en dejar a su esposa Deborah y a su hija. Mientras veían una película de Werner Herzog, en el desamparo de un domingo en la tarde decidió colgarse de las cuerdas de la ropa.

Joy Division es la música más gris que puedes escuchar en estos días coloridos. Si te cansas de la felicidad ahí está el antídoto.

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