Sé que este título no le va a gustar demasiado a Víctor Gaviria. No creo que exista en este gremio tan competitivo alguien con la generosidad casi de santo que tiene Víctor. Esa bondad se vierte en sus poemas, en sus películas, en la paciencia con la que ha tenido que sortear uno de los males colombianos: la ingratitud. Vivir del cine en Colombia es prácticamente imposible. Ni siquiera él, acaso el más grande de nuestros cineastas, ha podido dedicarse con exclusividad a la creación. La escritura de un guion siempre conlleva un larguísimo viacrusis. Hay que tocar demasiadas puertas. Hay que ser no solo un brillante escritor, un preciso director, sino, sobre todo, un muy eficaz buscador de recursos. Sin plata, las películas no se hacen.
La obra de Víctor Gaviria se compone solo de cuatro largometrajes, los cuatro son clásicos absolutos de nuestro cine: Rodrigo D y La vendedora de rosas, tienen el orgullo de haber quedado en la selección oficial de Cannes. Si esto debe tener una analogía para que todos entiendan su importancia, esta debe ser la de clasificar a un mundial de fútbol, bueno, cuando hacerlo era algo muy difícil. Acá, solo pasan 16 películas. Las mejores del mundo. Luego vino una película del género gangsteril que se convierte a veces en una película de terror. El bazuco y sus demonios, la coca y el abrazo del gorila, que no te suelta.
Lo vi hace poco, estaba metido de lleno en otra de sus pasiones, la difusión de películas. Recuerdo que en 2002 empezó, con la Corporación Antioquia Audiovisual, a hacer uno de los lugares de encuentros con cinéfilos más bellos que recuerde nuestra historia. En esa primera ocasión, se contó con todo lo mejor del cine colombiano. Fue alucinante ir por las calles de Santa Fe de Antioquia y encontrarse, tambaleante, agitado, a Carlos Mayolo y detrás, a Luis Ospina después de ver en la plaza Jesús Nazareno Pura sangre. O tomarse una cerveza al lado del puente de Occidente con el Mono Osorio y hablar largamente sobre Confesión a Laura.
El segundo año fue aún mejor. El Festival de cine de Santa Fe de Antioquia se abrió a Latinoamérica. En copias nuevas se exhibió ante cientos de personas, joyas como Ahí está el detalle de Jaime Bustillo Oro, la que es considerada la mejor película de Cantinflas. Y llegaron joyas como una edición completa de seis horas sobre el documental La batalla de Chile y ni hablar de lo que nos causó haber visto Araya de Margot Benacerraft.
Por cosas de la vida, el grupo que conformaba el Festival de cine de Santa Fe de Antioquia se separó. Con los años me vine a enterar de que Víctor y su equipo abrieron en 2016, teniendo como temática el posconflicto. Hace una década, la esperanza de una paz duradera nos dominaba, por eso Víctor dedicó esa primera edición al posconflicto. Desde entonces, Víctor se ha dedicado a esto -mientras sigue escribiendo películas y buscando su financiación- y este año le hará un homenaje a los hombres y mujeres que se convierten en líderes sociales a pesar de los riesgos que estos conllevan. Al lado de curadores tan prestigiosos como el crítico Osvaldo Osorio o el realizador Nika Nivola, además de un nutrido grupo interdisciplinario, Víctor logró llevarle el cine a uno de los pueblos más maravillosos de Antioquia, Jardín. Este año será entre el 24 y el 27 de septiembre. Las puertas del cine siempre estarán abiertas en este municipio.



