Ser responsable del traslado de millones de personas a centros de exterminio

Adolf Eichmann fue uno de los arquitectos del holocausto nazi. No tenía un odio especial contra esta religión. No era brutalmente antisemita. De hecho, toda su vida había sido un funcionario gris, irremediablemente abocado a la intrascendencia. Con la llegada del III Reich, su cabeza, eternamente enterrada en el barro, empezó a hacerse notoria. Poderosa. Empezó en el partido nazi preocupándose por los ingresos que debería recibir su país, Alemania, por el petróleo. Pero en ese cargo demostró sus evidentes falencias. En 1935 entró a las SS, unas temibles fuerzas de choque cuyos impecables uniformes negros habían sido diseñados por Hugo Boss. Se le encargó un tema vital para la nueva Alemania: el judío.

Durante los juicios que se llevaron a cabo en Jerusalén, luego de que un grupo de judíos lo encontrara en un suburbio bonaerense, lo secuestrara y lo llevara a Israel a pagar por sus crímenes, Eichman se defendió afirmando que, a él, cuando le dieron la tarea de implementar la solución final contra ese pueblo, lo primero que se le ocurrió fue deportarlos a Madagascar. Abocado a cumplir con su deber, Eichmann simplemente se hincó de hombros y aceptó que debiera dirigir el traslado masivo de presos más aterrador de la historia de la humanidad. Desde 1939, cuando el nazismo se impusiera con puño de guerra en Europa, él debería estar al frente del traslado de cerca de cuatro millones de personas a los centros de exterminio.

De cualquier país conquistado surgían trenes llenos de personas que irían a los nombres que aún retumban en la conciencia universal. Auschwitz, Treblinka, Dachau. Lejos de tener arrepentimiento, Eichmann, quien afirmó que cuando muriera se sentiría con el deber cumplido, ya que logró la macabra hazaña de llevar a la muerte a más de cinco millones de personas, intentó después de la guerra evadir una justicia que seguramente lo condenaría a muerte. Una vez fue detenido en Polonia se hizo pasar por un soldado raso. “Su cara era de alguien que no tenía importancia”, dijo uno de los hombres que mejor lo conoció, Heydrich, el más poderoso de las SS y quien muriera después de un atentado que sufrió en Praga. Mientras estuvo encerrado en un campo de concentración diseñado para recibir presos alemanes.

De ahí logró escapar y, como tantos otros pesados de los nazis, se fue a Argentina donde recibió apoyo del gobierno. Apoyo no económico, sino que le permitieron estar sin hacerle muchas preguntas. Cambió su nombre al de Richard Klement y volvió a ver a su esposa y a sus dos hijos, quienes juraban que había muerto. Porque después de que se realizaran los juicios de Nuremberg, se creyó que el arquitecto del holocausto había muerto. En Buenos Aires, vivió en el barrio de Avellaneda una vida lejos de la ostentación y del reconocimiento. Desde esa guarida, en donde a veces no había agua ni luz, escuchaba de sus hazañas. Para algunos jóvenes en Alemania, Eichmann era una especie de ídolo. Cansado de su vida mediocre, enfermo de ego, en 1960, creyéndose fuera del alcance de la justicia, llamó a un periodista norteamericano para que le hiciera un reportaje. En Europa, el perfil del viejo nazi pasó desapercibido. Para el gobierno israelita de Ben Gurión no. Llegó un comando desde Israel y lo secuestró. Al principio creyó que no le iba a pasar nada y que el regreso a ser noticia, a ser un hombre distinguido, lo indultaría de sus crímenes. Confesó con toda la parquedad posible todo lo que hizo, los traslados de judíos desde Italia, Serbia, Rumania, todas las tierras conquistadas hasta los campos de exterminio. No se le movió una ceja. Hannah Arendt, la inmortal pensadora judía describió esta actitud como la banalidad del mal. Eichmann creía en el método, despreciaba el salvajismo de los rumanos que eran capaces de asesinar en la calle a judíos por puro odio. Si se quería ser eficaz había que saber matarlos sin ensuciar el piso.

Eichmann fue ahorcado el 31 de julio de 1962 en Ramala, Israel. Tenía 58 años y pidió no cubrir su cara.

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