“Me quedé solo -León- me quedé solo”

Con estas palabras, un montón de lágrimas y un abrazo nos despedimos Jaime Abello Banfi y yo el miércoles pasado. Se iba a Barranquilla a darle el adiós a Carlos, el amor y compañero de su vida durante 38 años.  La tarde amenazaba lluvia y tomaba un color plomizo y un sabor agrio. Se iba, con el alma en la mano, en el auto que lo llevaría de un restaurante en el norte de Bogotá al aeropuerto el Dorado y nosotros -Mi hija Catalina, su amiga Marilyn y yo- nos quedábamos sintiendo su dolor y hablando de los amores que nos dejan para siempre sin reparar en el abismo que se abre bajo el temblor de nuestros pies.

Habíamos hecho una cita para almorzar y hablar del festival Gabo, del cual es director, con una historia de 13 ediciones y tantos triunfos y alegrías; y de otro festival, Macondo, que apenas arrancó el año pasado. Fiestas de la cultura, dedicadas a rendir homenaje al maestro de periodistas y al más grande de nuestros escritores.  

Jaime había llegado un poco tarde con una inocultable cara de preocupación. Había llamado a Carlos en varias oportunidades y le había dejado mensajes sin respuesta alguna. No es normal -Nos dijo- muy pocas veces ha ocurrido y su voz tenía el esquivo metal del mal presentimiento.

Nosotros, en ese afán de espantar los malos augurios y tranquilizar el ánimo de nuestro amigo, inventamos con premura situaciones que podrían explicar el silencio de Carlos, pero Jaime sabía que su corazón no mentía, que su amor estaba quizás en un tránsito doloroso hacía la muerte.

Acudimos entonces al portero del edificio para buscar una respuesta y supimos del silencio en que estaba el lugar desde la noche anterior y luego, supimos también, que nadie respondía a los golpes en la puerta o a los llamados de viva voz. Se fueron derrumbando una a una las esperanzas hasta que una amiga pudo entrar y encontrar a Carlos en su cama con una serena palidez en su rostro y la lejanía del alma en su semblante.

Escribo esta nota para conjurar la persistente memoria de ese momento triste en estos días y estas noches. Pero también con la ilusión de acompañar un poco a Jaime en su dolor y en su soledad.

Conocí a Jaime hace ya bastantes años, creo, en un taller de periodismo en Cartagena. Admiraba su dedicación a proteger el legado periodístico de Gabriel García Márquez y recibí con sorpresa la invitación para hablar algo así como de periodismo y paz, si la desgastada memoria no me engaña.

Después nos hemos visto tantas veces, nos hemos regalado tantos libros, hemos hablado de tantas cosas, le he pedido tantos consejos sobre cosas que escribo, que no podría enumerar sus influencias en la fundación que dirijo o en las cosas que digo, no se dónde termina la relación profesional y empieza la amistad.

Alguna vez, en un bar de Bogotá, hablamos de como Gabriel García Márquez y Fernando Botero habían salvado a Colombia de que la representación del país en el mundo fuera Pablo Escobar; ellos, en ese triste final del siglo XX, le disputaron, a ese genio del mal, la identidad de nuestra patria. Ahora nos correspondía batallar para que Gabo fuera de verdad un referente nacional en esta tierra de ingratos donde la fama es tan efímera y los ídolos se vienen con facilidad al suelo en el fragor de las disputas de unas élites tan avaras como ignorantes. Eran los días en los que moría en México Gabo y acá una señora, María Fernanda Cabal, portaestandarte del uribismo, decía que nuestro nobel de literatura solo merecía ir derecho a lo más profundo de los infiernos. 

Además de luchar porque sea de verdad un referente para las nuevas generaciones, debemos dar, igualmente, la pelea para no dejar que limen las aristas de rebeldía literaria y política con las que nos alegró la vida a las generaciones de los últimos cuarenta años del siglo pasado. No podemos dejar domesticar a Gabo.

Había visto el nombre que la Fundación Gabo escogió para el 14 Festival a realizarse el entre el 24 y el 26 de julio de 2026: Aquí estamos, aquí contamos; y la manera como lo presentan: “La decimocuarta edición es una afirmación de permanencia y resistencia cultural. Aquí estamos, es una declaración frente quienes buscan desplazar o desacreditar el periodismo. Aquí contamos, es una respuesta a las narrativas que intentan imponerse sin contraste, sin contexto y sin responsabilidad pública”.

Semanas después, el 3 y 4 de septiembre, se realizará en Aracataca, el segundo Festival Macondo, con un sentido homenaje a muy queridos amigos de Gabo: Leo Matiz y Rafael Escalona.

Dos eventos que serán la antesala de la gran celebración de los cien años del natalicio de Gabo en el 2027.

De estas cosas queríamos hablar en la tarde triste en la que acompañamos a Jaime Abello Banfi a recibir la noticia de la muerte de su gran amor.  Estas letras solo sirven para reafirmar nuestro compromiso con Gabo y su legado y para decirle a Jaime que no está sólo en este momento tan difícil de su vida.

 

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León Valencia Director

Director de la Fundación Pares, un centro de pensamiento especializado en investigaciones sobre los conflictos sociales y políticos colombianos. Ha sido columnista de la revista Semana y los diarios El Tiempo y El Colombiano. Dirigió la investigación académica sobre la parapolítica que condujo a uno de los mayores escándalos judiciales del país. Ha escrito diversos libros sobre la realidad nacional, entre los cuales están: «La parapolítica, la ruta de la expansión paramilitar y los acuerdos políticos; «Adiós a la política, bienvenida la guerra»; «Mis años de guerra»; «Con el pucho de la vida»; El regreso del uribismo; «Los clanes políticos que mandan en Colombia» y su más reciente novela «La sombra del presidente». Recibió el Premio Simón Bolívar de periodismo en 2008 en la modalidad “Mejor columna de opinión”.