Los funerales del cantante que odiaba Milei

Desde el pasado viernes Argentina es otra. Se murió el cantante más grande desde Gardel. Aunque este cantante se parecía más a Magaldi. Era la voz del pueblo. Pero Argentina es un pueblo que no se parece a nada. Allá existe un género, el rock nacional. Ellos no escuchan rock en español, ellos escuchan rock nacional y es una forma de arraigo muy fuerte, de identificación. En los ochenta Colombia, país caribeño, se declaraba en rebeldía porque en Bogotá se escuchaba a Hombres G. Bueno, en Medellín estaba otra casta y ahí si se cabeceaba con sonidos propios como Kraken, Mutantex, Masacre. Pero en Argentina ya existían las misas ricoteras. Y eran tan masivas como podrían serlo los conciertos de Diomedes en toda la costa Atlántica a comienzos de los ochenta, los de los hermanos Zuleta. Pero la diferencia es que en esta cultura de masas había sofisticación. Las letras del cantante que están llorando los argentinos, el Indio Solari, eran poemas en prosa que se escribían en clave, que mostraban una realidad a través de la luz de la metáfora, algunas poderosas, contundentes.

“No mires por favor,

y no prendas la luz,

la imagen te desfiguró”.

Este es un fragmento de la canción Ji,Ji,Ji, uno de los himnos ricoteros por excelencia, una canción que, en el año 2008, durante una presentación en La Plata, provocó el que se considera el pogo más grande del mundo. Perdón, lo siento por el contexto, o mejor, por la falta de él, ricotero hace alusión al grupo que creó el Indio Solari por allá en 1976, cuando la junta militar empezaba a segar vidas en Argentina. Su verdadero nombre es el de Carlos Alberto Solari y su música no alcanzó a llegar a Colombia en parte porque a él no le importó nunca la industria discográfica y siempre nadó muy bien entre el underground y sin venderse jamás se convirtió en el ícono más grande del rock argentino.

Hace unos años, el párkinson ya venía persiguiéndolo. Se lo confesó en una de las pocas entrevistas que dio en vida a alguien que intentó ser cercano a este ermitaño, Mario Pergolini, creador de programas inolvidables y transgresores como CQC, se confesó mientras se tomaba unos wiskis y respondía a una pregunta que atormentaba a los ricoteros desde hace muchos años, “¿Qué pasaría si mañana es tu última función?” El indio se queda pensativo, toma un trago sin hacer un gesto y afirma, con una sonrisa brillante: “Festejamos!”. Y esa fue la fiesta hasta el fin. Pero, en el entierro del Indio, no hubo ninguna celebración. La gente estaba triste. Murió en un momento muy duro para la Argentina, un momento en donde Milei es el rey ridículo, el rey que intenta borrar los crímenes de la dictadura, de invalidar todas las luchas que apoyó, sin caer jamás en el panfleto, el Indio Solari.

La noticia sacudió toda la sociedad argentina, con menor repercusión, acaso, entre los estratos más altos y con ninguno entre los libertarios. Con su desdén, Milei, quien siempre despreció al Indio y a los Ricoteros, ni siquiera se pronunció sobre la muerte y no hubo ninguna posibilidad de que el líder de la banda más grande de Argentina fuera velado en la Casa Rosada. Cuando digo la banda más grande es porque fueron grandes ahí, donde los necesitaron, en su patria, en el barrio, en la espera de cada colectivo, en el conurbano. Siempre lejos de las lentejuelas de Soda Stereo, del brillo de Miami. El Indio vivía un retiro escrupuloso, siempre pendiente de tener tiempo para sus lecturas, para la escritura. Era un novelista envuelto en el río de la fama del rock.

Tenía 76 años y sufría de párkinson y, aun así, el país quedó asombrado con la noticia. La misa ricotera se convirtió en una nueva protesta contra el cínico de Milei. Los medios que respaldan el proyecto libertario denigraron toda esta semana contra los seguidores de Los redondos. Los acusaron de violentos, de agresivos, de pobres, de grasitas. No les gustaba eso de “El pogo más grande del mundo”. Ya lo saben, los vencedores jamás serán vencidos. Las filas para despedirlo se contaban en kilómetros. El lugar escogido fue en Avellaneda, en un polideportivo llamado José María Gatica. Son las dos de la mañana y estoy viendo la televisión argentina. En la fila está un ciego. El tipo debe tener unos setenta años. Le preguntan cuál es la canción favorita del Indio. El hombre responde “Ninguna, no fui seguidor de la banda”. El periodista, extrañado, le pregunta como si fuera un loco “Entonces ¿Qué hace aquí?” El ciego, responde acaso viendo un brillo en la oscuridad.

-Por agradecimiento. Cuando estoy en la calle y me desoriento apenas escucho la música de Los redondos sé que allí hay alguien que me va a ayudar.

Ricoteros, gente hermosa.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.