A comienzos de febrero de 2026, las vías del Cauca volvieron a situar al departamento en el centro de la problemática nacional de seguridad, convirtiéndose en un escenario visible y altamente representativo de la crisis que atraviesa el suroccidente colombiano. En un lapso inferior a veinticuatro horas, la retención de la senadora Aida Quilcué en el tramo Inzá–Totoró, la interceptación de la candidata liberal Lucy Amparo Guzmán en zona rural de Santander de Quilichao y el secuestro del alcalde de Morales, Óscar Yamit Guachetá Arrubla, en el corredor que conecta Popayán con Cali, reconfiguraron la conversación pública no solo sobre la seguridad departamental, sino también sobre las garantías para el libre ejercicio de la democracia. No se trató de hechos aislados, sino de una dispersión territorial de acciones violentas que, en conjunto, evidencian la fragilidad de la movilidad institucional y política en el Cauca, justo en la antesala de las elecciones legislativas previstas para marzo.
En el primer caso, el equipo de comunicaciones de Quilcué alertó sobre su presunto secuestro luego de que hombres armados interceptaran el vehículo en el que se movilizaba junto a su esquema de seguridad en la Transversal del Libertador. El hallazgo de la camioneta vacía activó de inmediato las alarmas nacionales. El presidente Gustavo Petro calificó el hecho como una “línea roja” y ordenó reacción inmediata, mientras el ministro de Defensa, Pedro Arnulfo Sánchez, informó sobre la activación de un operativo especial de búsqueda (Bohorquez, 2026; Agencia de Periodismo Investigativo, 2026). Horas más tarde, la senadora fue hallada en el páramo de Guanacas, en una acción coordinada entre Fuerza Pública y Guardia Indígena, y trasladada posteriormente a Popayán bajo protección comunitaria. Desde el Consejo Regional Indígena del Cauca se reiteró que se trata de un territorio atravesado por disputas armadas recurrentes y con antecedentes de hechos similares.
La retención de Lucy Amparo Guzmán confirmó que la violencia también se manifestó en el norte del departamento. De acuerdo con el reporte oficial, hombres armados interceptaron la camioneta en la que se movilizaba por zona rural de Santander de Quilichao, hurtaron el vehículo y dos armas del esquema de seguridad, y retuvieron durante varias horas a la candidata y a su equipo (Calderón, 2026). La campaña calificó el hecho como un “ataque directo a la democracia”, al advertir que ocurrió en un sector donde operan disidencias de las FARC agrupadas en el Estado Mayor Central —con estructuras como Carlos Patiño, Jaime Martínez y Dagoberto Ramos—, además del Ejército de Liberación Nacional y otras estructuras armadas locales vinculadas a economías ilegales. La disputa por corredores estratégicos y el control territorial ha profundizado la violencia y debilitado la gobernabilidad y las garantías para el ejercicio democrático en el departamento. A ello se sumó el secuestro del alcalde Guachetá Arrubla, interceptado por hombres en motocicleta que dispararon contra su vehículo en la vía que conecta Popayán con Cali, una de las rutas más transitadas del Cauca (El Espectador, 2026). La extensión geográfica de los hechos —oriente, norte y centro del departamento— sugiere una capacidad de movilidad y acción que atraviesa distintas subregiones.
El elemento común no es un punto específico del mapa, sino el uso de las vías del Cauca como espacios estratégicos para desplegar repertorios de violencia de alto impacto simbólico. Las carreteras departamentales y nacionales que atraviesan el territorio no solo conectan municipios; articulan economías legales e ilegales, enlazan enclaves rurales con centros urbanos y permiten la circulación de funcionarios, candidatos, líderes sociales y población civil. Convertir estos corredores en escenarios de secuestros, retenciones y ataques armados implica trasladar la confrontación hacia espacios de visibilidad y tránsito masivo, amplificando su efecto político.
En el Cauca confluyen múltiples estructuras armadas con intereses diferenciados pero a veces superpuestos. La presencia histórica del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en varias subregiones del departamento se entrecruza con la expansión de las disidencias agrupadas en el Estado Mayor Central (EMC) y con estructuras asociadas a la Segunda Marquetalia (SM), que buscan reconfigurar antiguos enclaves de influencia. A este entramado se suman Grupos de Delincuencia Organizada (GDO) que operan en economías ilícitas y en el control de rentas locales. La coexistencia de estos actores genera un escenario fragmentado en el que las vías funcionan como corredores logísticos y vitrinas de poder.
El mapa presenta la distribución territorial y los puntos de disputa de los principales grupos armados organizados en el Cauca durante 2024–2025. A través de la georreferenciación de estructuras del EMC, el ELN, el Frente 57 y otras facciones, se evidencia una concentración de presencia armada en el norte, centro y sur del departamento, así como corredores estratégicos donde convergen confrontaciones y superposición de actores.
En este contexto, interceptar a una senadora indígena reconocida, a una candidata liberal y a un alcalde en funciones no solo expone vulnerabilidades en los esquemas de protección, sino que proyecta una imagen de fragilidad institucional en plena coyuntura electoral. Las vías son los canales materiales que permiten el ejercicio de la política territorial: sin movilidad segura, las campañas se restringen, las reuniones públicas se reducen y el contacto con el electorado se dificulta. Los golpes perpetrados en estos corredores, por tanto, no afectan únicamente a las víctimas directas, sino que tensionan la dinámica de la democracia representativa en el departamento.
La proximidad de las elecciones legislativas de marzo otorga a estos hechos una dimensión adicional. En contextos donde la competencia electoral coexiste con la presencia y el control territorial ejercido por estructuras armadas ilegales, la violencia en las vías puede operar como mecanismo de intimidación indirecta, alterando la percepción de riesgo tanto para candidatos como para votantes. Aunque no se ha confirmado qué grupo específico estaría detrás de cada episodio (El Espectador, 2026), la coincidencia temporal y territorial sugiere que estas estructuras buscan demostrar capacidad de control y de perturbación en momentos políticamente sensibles.
Al mismo tiempo, la rápida reacción institucional, con operativos de búsqueda y coordinación entre Ejército, Policía y autoridades indígenas, evidencia que el Estado conserva capacidades de respuesta en uno de los departamentos con mayor nivel de militarización y presencia de fuerza pública en el país. La liberación de las víctimas en lapsos relativamente cortos confirma que no existe un vacío absoluto de autoridad. Sin embargo, la persistencia de estos hechos plantea una paradoja: pese a una presencia estatal robusta, la complejidad del terreno, la fragmentación de actores armados y la disputa por economías ilegales permiten acciones focalizadas y de rápida ejecución que desbordan el control preventivo sostenido. La disputa por las vías del Cauca, más que ausencia de Estado, refleja los límites de una estrategia predominantemente reactiva frente a dinámicas territoriales profundamente arraigadas.
La gravedad radica también en el flujo permanente de población civil que depende de estas rutas. Transportadores, comerciantes, estudiantes, trabajadores y pacientes que requieren atención médica especializada utilizan diariamente estos corredores para conectar con Popayán, Cali y otros centros urbanos. Cada episodio violento interrumpe dinámicas económicas, encarece el transporte y profundiza la percepción de inseguridad colectiva. Cuando la violencia se despliega sobre vías estratégicas, el impacto no es marginal ni localizado: se expande a lo largo de toda la red social y económica que depende de ellas.
Las vías del Cauca se convierten así en escenarios condensados de los repertorios de violencia que caracterizan el territorio: secuestro, retención temporal, hurto de vehículos oficiales, despojo de armas de esquemas de seguridad, disparos intimidatorios. Estas prácticas, aunque no siempre impliquen combates abiertos, cumplen funciones de demostración de poder y de capacidad de interferencia. Al ejecutarse en corredores de alto tránsito, adquieren un carácter performativo que busca instalar la idea de que ningún actor político está completamente a salvo.
Reducir estos episodios a una señal inequívoca de colapso o, por el contrario, minimizarlos como hechos aislados, empobrece el análisis. La coexistencia del ELN, el EMC, la SM y diversos GDO evidencia que el Cauca atraviesa una fase de recomposición armada en la que los corredores viales son piezas centrales. La estabilidad de las vías no dependerá exclusivamente de mayor fuerza pública, sino de intervenciones coordinadas que incluyan inteligencia territorial, inversión social, fortalecimiento institucional local y articulación con autoridades indígenas y comunitarias.
En definitiva, los acontecimientos de febrero de 2026 muestran que las vías del Cauca son más que infraestructura física: son termómetros de la gobernabilidad democrática en el suroccidente. Su instrumentalización como escenarios de violencia en vísperas electorales tensiona la democracia representativa y pone a prueba la capacidad del Estado para garantizar derechos políticos y seguridad ciudadana. La magnitud estratégica de estos corredores exige respuestas que superen la lógica reactiva y reconozcan que, en el Cauca, la disputa por las vías es también una disputa por la vigencia efectiva de la institucionalidad democrática.
Una hipótesis plausible es que este tipo de retenciones, lejos de ser hechos aislados o novedosos, respondan a un repertorio histórico de acción utilizado por actores armados para enviar mensajes políticos y territoriales. Más que buscar únicamente el control físico del espacio, podrían estar orientadas a reafirmar autoridad frente a comunidades y adversarios, medir la capacidad de reacción del Estado y posicionarse estratégicamente en escenarios de disputa o eventual negociación. La posterior liberación de las víctimas reforzaría esta lógica: permitiría demostrar poder sin provocar una escalada militar sostenida ni asumir los costos políticos de un secuestro prolongado, manteniendo la acción en el terreno de la presión simbólica y la intimidación calculada.
Referencias
Agencia de Periodismo Investigativo. (2026). Así fue el rescate de la senadora Aida Quilcué en zona rural del Cauca. API. https://www.agenciapi.co/noticia/regiones/asi-fue-el-rescate-de-la-senadora-aida-quilcue-en-zona-rural-del-cauca
Bohórquez, C. (2026). Atención: senadora Aida Quilcué habría sido secuestrada junto a su equipo de seguridad en el Cauca; su camioneta habría sido encontrada vacía. El Tiempo. Atención: senadora Aida Quilcué habría sido secuestrada junto a su equipo de seguridad en el Cauca; su camioneta habría sido encontrada vacía
Calderón, F. (2026). Confirman la retención y posterior liberación de la candidata a la Cámara de Representantes, Lucy Amparo Guzmán. El País. https://www.elpais.com.co/judicial/confirman-la-retencion-y-posterior-liberacion-de-la-candidata-a-la-camara-de-representantes-lucy-amparo-guzman-1402.html
El Espectador. (2026). Alcalde de Morales y su escolta fueron liberados tras ser secuestrados en una vía del Cauca. El Espectador. https://www.elespectador.com/judicial/alcalde-de-morales-y-su-escolta-fueron-liberados-tras-ser-secuestrados-en-una-via-del-cauca/



