La atomización del Centro Democrático

Desde finales de 2024 el partido del expresidente Álvaro Uribe ha comenzado un periplo interno producto de las disputas entre sus principales lideres, la carencia de un reemplazo absoluto del expresidente y la aparición de “nuevas derechas” que intentan disputarle el escenario de poder al partido.

Las diferencias han sido notorias desde siempre, pero han llegado a su punto más alto desde el magnicidio de Miguel Uribe, única figura del partido que parecía haber ganado el beneplácito total del expresidente, cuando las grandes cabezas del movimiento rechazaron de tajo las decisiones de Uribe Vélez referente a la lista cerrada a Senado y la escogencia del candidato presidencial.

Una implosión interna que ha dejado al partido en una situación compleja de disciplinamiento y orden, la cual se ha exacerbado con la aparición de una “nueva derecha” representada en el Movimiento Defensores de la Patria del presidente Abelardo de la Espriella y la aparición política del Movimiento de Salvación Nacional como representación de la extrema derecha colombiana.

El Centro Democrático como gran elector

Pese al cisma interno, el Centro Democrático sigue siendo el gran elector de la derecha colombiana, título que consolidó y revalidó con las elecciones a Congreso, donde se terminó consolidando como la segunda fuerza política del país con un total de 47 congresistas.

El poder electoral de Uribe y de su logo, tal y como quedó demostrado en marzo, no han visto merma alguna en varias de las regiones que fueron eje para la consolidación de su poder de antaño. Uribe, cuestionado, investigado y juzgado, sigue teniendo el adepto popular en las regiones donde la doctrina política de la “mano dura” tuvo mayor injerencia. Por esto, los resultados en zonas como Antioquia, Meta, Casanare y Santander siguen siendo favorables para el partido del expresidente.

Pese a que todos al interior saben que la “gran fuerza” electoral es de Uribe y que son pocos los que tienen caudal propio, el “absolutismo” del expresidente es el que comenzó a romper la colectividad por dentro.

Una de esas primeras rupturas se produce con la lista cerrada que se presentó al Senado de la República. Una lista que debía enfrentar un primer reto que era la reforma de los estatutos del partido que prohibían a un congresista estar más de tres periodos en el Capitolio y un segundo reto, que era sustituir a las famosas “generalas” de Uribe, Paloma Valencia, María Fernanda Cabal y Paola Holguín, quienes dejaban su curul para entrar en la contienda presidencial.

Como era de esperarse, las decisiones se tomaron en cabeza y mano del expresidente Uribe, y fue ahí cuando las diferentes facciones políticas del partido vieron cómo el nombre de Uribe o, mejor, los nombres de Uribe terminaban imponiéndose por encima de personajes con amplia trayectoria en el partido.

De esta manera, el expresidente garantizó que en los primeros lugares de su lista estuvieran Julia Correa (quien venía de ser su secretaria privada), Claudia Margarita Zuleta o María Clara Posada por encima de figuras fuertes del partido como Carlos Meisel, Oscar Villamizar o el mismo Alirio Barrera, quien, en 2022, había demostrado un caudal electoral de más de 100 mil votos.

Uribe priorizó la lealtad y el orden de partido que tanto lo ha caracterizado, pese al descontento de diferentes casas políticas que terminaron abandonando el partido en medio del proceso de conformación de las listas.

La pelea por la presidencia

La siguiente ruptura se dio con la escogencia del candidato presidencial. En uno de los procesos más convulsos que ha vivido la colectividad, se escogió a Paloma Valencia como candidata presidencial por encima de María Fernanda Cabal y de Paola Holguín.

Nuevamente, Uribe apeló a la “lealtad” y la disciplina para decidir que Paloma Valencia (quien ha sido la discípula más fiel del expresidente) debía llevar las banderas del partido a la contienda presidencial.

La decisión terminó por romper con sectores radicales y de extrema derecha del partido y generó un descontento fuerte tanto en las bases como en varios de los congresistas electos, que se inclinaban más por María Fernanda Cabal que por Paloma Valencia.

Con el rumor de que todo el proceso había sido a dedo, María Fernanda Cabal y su esposo, José Félix Lafourie (uno de los alfiles más cercanos de Uribe) abandonaron el partido y la campaña de Paloma, para comenzar a estructurar un nuevo partido que surgirá de la escisión solicitada por la exsenadora. Por su parte, Paola Holguín se retiró “temporalmente” de la arena electoral mientras comenzaba a peregrinar hacia la candidatura de Abelardo de la Espriella.

Así, en medio de la ruptura, la candidatura de Paloma llegó a una consulta de “centro – derecha”, donde se terminó de romper el partido y donde muchos de los congresistas electos decidieron saltar la orden de disciplina y comenzaron a apoyar por debajo de la mesa la candidatura de Abelardo de la Espriella.

 

La alianza con Abelardo y el nuevo cisma

El resultado de primera vuelta demostró que la candidatura de Paloma había sido un error de Uribe y generó nuevos cismas al interior del movimiento, los cuales tienen al Centro Democrático en una encrucijada ante un nuevo gobierno de derecha, que no obedece directamente las órdenes del expresidente.

Pese a eso y en medio de tensiones y fuertes desacuerdos, para la segunda vuelta, el Centro Democrático, el Movimiento Defensores de la Patria y Salvación nacional, lograron consolidar una alianza que resultó determinante para el triunfo de Abelardo de la Espriella en las elecciones presidenciales.

Sin embargo, con el paso de los meses, dicha alianza se ha ido debilitando, dando lugar no solo a confrontaciones entre los partidos, sino también “cismas” que han puesto en duda la gobernabilidad de Abelardo de la Espriella.

Porque, aunque el Centro Democrático fue el primer partido que se declaró de gobierno, sus decisiones en muchas ocasiones han ido en contra de las decisiones que toma el gobierno de Abelardo, lo que ha generado un sórdido ruido al interior del capitolio sobre el alcance que tendrá el respaldo político del Centro Democrático hacia las iniciativas propuestas por el gobierno y sus aliados.

Por ahora, la colectividad mantiene formalmente su condición de partido de gobierno, en medio de una disputa pública de Uribe con Carlos Suárez, quien fuera el estratega de la campaña de De la Espriella y de la disputa que sostienen varios congresistas en contra de Enrique Gómez, cabeza de Salvación Nacional.

Uribe intenta mantener la disciplina pese a las diferentes posturas internas que hay en el partido y que muestran el descontento que hay ante el poder concentrado por el expresidente, tal y como es el caso del representante a la Cámara por Bogotá, Daniel Briceño, quien en varias ocasiones ha ido en contravía de las posturas y acuerdos del partido.

Esta situación adquiere especial relevancia de cara a los comicios de 2027, ya que plantea un escenario en que el Centro Democrático deberá gestionar sus diferencias internas, mientras define su estrategia electoral y sus alianzas territoriales para las elecciones regionales y locales.

En ese contexto, la capacidad de la colectividad para articular una posición común y mantener cohesionados a sus distintos sectores será uno de los elementos centrales, en medio de una competencia por la capitalización y control del discurso de las nuevas derechas en Colombia.

Noticias al Minuto

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Diego Pedraza - Juan Manuel Velandia

Investigadores de la Línea de Democracia y Gobernabilidad