En tanto seres humanos, Abelardo, lo primero que somos es inconscientes de la realidad. No por otra razón al nacer dependemos del auxilio de nuestros padres. En la medida en que nos desarrollamos físicamente y nos vamos llenando de conocimientos, consolidamos la virtud supra animal que denominamos conciencia. Al obtenerla, en seguida comprendemos su propósito superior: garantizarnos la sobrevivencia.
Un grillo, por ejemplo, para sobrevivir y prosperar, no requiere pensar; porque cuenta con mecanismos biológicos y evolutivos, tan sofisticados como el instinto y todos los comportamientos innatos que lo han programado genéticamente para sobrevivir y reproducirse, sin necesidad de ser consciente de cómo lo hace.
No obstante, los científicos del siglo XXI ya están poniéndose de acuerdo en que hay animales -como los simios, los perros, los gatos, los delfines y otra cantidad de ellos-, poseedores de al menos una mínima conciencia. Lo cierto es que los humanos, para adaptarnos al entorno y sobrevivir, debemos buscar comida como lo hacen los animales, pero para encontrarla, a nosotros nos toca pensar en cómo hacerlo.
Los animales, Abelardo, vienen provistos de mecanismos de defensa físicos (las púas, los colmillos y las garras), químicos (ácidos, venenos y olores), y de todo lo adecuado y necesario para protegerse de sus depredadores naturales. Por el contrario, al carecer de mecanismos físicos de defensa, no teniendo cómo enfrentarnos cuerpo a cuerpo contra un león, a los humanos nos corresponde pensar. Y al hacerlo construimos armas, escudos y estrategias de ataque y defensa. Todo eso lo hacemos reflexionando, sin ver en dicha actividad mental la manifestación de la conciencia, cuya función primordial es garantizarnos la vida y propiciarnos el progreso. La conciencia nos advierte que, de no hacer ciertas cosas, pereceríamos.
De tal suerte, el ser consciente lo primero que aprende son, precisamente, las actuaciones que permiten esa sobrevivencia -y las denominamos buenas acciones- y a las que la impiden -que denominamos malas acciones-. No de otra ocurrencia proviene la reflexión sobre el bien y el mal, es decir la ética. En el desarrollo de las sociedades, cualquiera sea su nivel de civilización alcanzado, en todas se privilegian las cosas buenas, y se les promueve como replicables.
A ese comportamiento, de trasmitir para que se hereden y repliquen solo las conductas que no hacen daño, le llamamos costumbre, o buenas costumbres. Antes de las religiones y el Derecho, era la costumbre la encargada de hacerle saber a la sociedad qué actuaciones individuales podrían validarse como buenas y cuáles invalidarse por considerarlas malas. Por ello, porque la manera en que nos desenvolvemos no es una cuestión exclusivamente de la naturaleza física, sino lo es también de la instrucción mental, de la conciencia, entonces debemos instruirnos en el comportamiento ético; es decir, en la capacidad de reflexionar acerca de qué tipo de actuaciones son buenas -en cuanto nos ayudan a sobrevivir y progresar- y cuáles son malas -en cuanto nos impiden hacerlo-. En este sentido, la ética da forma y fundamentación a la moral, determinando lo qué es bueno para sobrevivir y progresar.
Y la moral, Abelardo, rige la conducta de los seres humanos, no solo en relación con el individuo, sino principalmente en relación con la sociedad. No se equivocaba Schopenhauer cuando aseveraba que “el principio fundamental de la moral es la piedad de todos los seres, la cual elimina del ánimo de las personas la maldad y la codicia que separa a unos individuos de otros haciéndolos enemigos”. Y así como la ética es una reflexión para construir nuestra moral, la moral nos determina el sentido de la justicia, que precisamente tiene como objetivo la búsqueda de la convivencia pacífica; y esta se consigue, despojadas la maldad y la codicia, privilegiando el bien común mediante la equidad, los derechos y los deberes.
La justicia actúa como un principio moral, tal una suerte de virtud para mediar conflictos y asegurar la imparcialidad. ¿Y cómo lo consigue? Precisamente, con la aplicación del Derecho en cuanto herramienta sistemática para controlar la conducta de los seres humanos, en función de que seamos buenos; es decir, éticos. Aun siendo maquinal y lógico, el Derecho es una estructura creada para que funcione en favor de lo justo, que es un valor de la conciencia humana, y no de los arquetipos. El Derecho trata sobre lo justo, porque el alma de las normas, o mejor, el llamado espíritu de la ley del que hablaba cicerón hace dos mil años, es la justicia inmersa en el derecho para poder ser aplicada.
De tal modo, pensar que la ética no existe en el Derecho, es desconocer que detrás de las normas y de las leyes -aparentemente frías y sin carácter moral- reside el alma de la justicia. Y la justicia es un producto de la moral; es decir, de nuestro concepto del bien y del mal, o de lo que es bueno o malo para la humanidad. Conceptos, inevitablemente validados por la costumbre, no en discusiones personales con el espejo, sino en discusiones de orden social. A esas discusiones, Abelardo, se les llama ética.
Que haya individuos incapaces de precisar sin explicaciones que es bueno o malo para la humanidad, es la razón por la cual existe el Derecho. La falta de ética nos pone en conflicto permanente y para ello la conciencia de la humanidad encontró como fórmula la construcción del Derecho, que aplica la ética, cuando su alma es en verdad la justicia y no la maldad y la codicia.



