Debo confesar que siempre creí que Boyacá era una tierra fría, de paisajes paradisiacos que solo sacaba papa, ciclismo y cuyos pueblos, tipo Villa de Leyva o Paipa, eran famosos solo porque la gomelería bogotana pasaba allí sus momentos estelares. Pero eso solo es el oriente de un departamento tan complejo y contrastado como cualquier país de Latinoamérica. El occidente arranca en Chiquinquirá. ¿Qué colombiano no ha escuchado hablar del lugar donde se apareció la patrona de todo un país? Hasta allá llegamos siguiéndole la pisada a la esmeralda.
Desde hace más de 4.000 años estas tierras no se han cansado de hacer brotar estas piedras. Hay un dato que resume la obsesión que el país ha tenido por ellas y, también, las guerras que —según expertos como Petrit Baquero, quien nos acompañó en esta aventura— han dejado más de 5.000 muertos. Colombia produce cerca del 90 % de las esmeraldas del mundo, en medio de un mercado cada vez más crítico, pues llegará un momento en que las esmeraldas dejarán de brotar.
En el siglo XVI, el pirata Francis Drake fue uno de esos primeros avezados que se lanzaron a recorrer el mundo. Pasó por Colombia y se internó en ella. Allí fue hasta las minas de Muzo que recién habían sido descubierta por los codiciosos españoles. De allí extrajo cuatro piedras recién talladas y con ellas le hizo un collar a Isabel I, la reina de Inglaterra. Con eso la honró como si fuera la mismísima Cleopatra. Uno de los objetivos nuestros era entrar a Muzo y ver una mina que ha hecho ricos no solo a esmeralderos como Víctor Carranza, sino a buena parte de la sociedad colombiana.
Petrit Baquero me acompañó en este viaje. Su libro sobre las guerras verdes es un clásico del periodismo colombiano. Nos encontramos en Chiquinquirá. Uno de los temas fue, por supuesto, Víctor Carranza. Me recuerda una crónica de la periodista Diana Pachón escrita para Soho y que se titula Perreando con Víctor Carranza. Hay mucho desconocimiento sobre el viejo esmeraldero. Entonces recordamos.
En 2013, Víctor Carranza se murió de viejo. Tenía 78 años. En la fundación Santa Fe le atendieron hasta el último momento un cáncer de próstata y de pulmón. Fue una muerte relativamente tranquila, sobre todo teniendo en cuenta que las últimas tres décadas que vivió, lo hizo llevando a cabo procesos judiciales extensos y complicados.
En los años noventa fue acusado varias veces de conformar grupos paramilitares. Uno de ellos se llamaba Los Carranceros, como su apellido. Narcos que terminaron metidos en la vorágine del paramilitarismo, como Miguel Arroyave, amo y señor de los Llanos, le tenían miedo.
Hay varias versiones de que fue Carranza uno de los financiadores del desembarco en Mapiripán, un hecho que significó una de las masacres más atroces y el arribo de los paras a una tierra que había sido siempre de las FARC. Pero la justicia solo pudo ponerlo preso una vez, en 1998.
El fiscal era un tipo firme, derecho, Alfonso Gómez Méndez. Logró tenerlo preso durante tres años con una acusación por delitos muy graves, secuestro, asesinato y conformación de grupos paramilitares. En la cárcel estuvo bien y comía mejor que los mafiosos presos de la película de Martin Scorcese, Goodfellas. En 2001 salió y siguió siendo el Patrón. En un país patriarcal recibir este apodo es como ganarse una medalla, como izar bandera. Patrón fue Fidel Castaño, creador de los paras, Patrón fue Pablo Escobar. Ambos fueron amigos, después enemigos y tuvieron otra cosa en común: fueron asesinados por una serie de traiciones. A Carranza nadie le tocó un pelo.
No hablamos muy duro de Víctor Carranza. En Chiquinquirá puede ser una palabra que puede abrir malos augurios. Muy temprano nos levantamos para irnos hasta San Pedro de Borbur. Los pueblos esmeralderos del occidente empiezan en Pauna. En noviembre del 2013 Pauna se hizo conocido en todo el país cuando intentaron matar al esmeraldero Pedro Orejas con una granada. El ataque dejó cuatro personas muertas entre ellas un bebé de ocho meses de nacido. La carretera es sinuosa. Las curvas son cortas y pronunciadas, atravesando un paisaje exuberante. Está pavimentada en un 85 % y, por momentos, ofrece escenas sublimes, como cuando desde los miradores se alcanzan a ver las montañas de Fura y Tena. Así se llamaban también las dos esmeraldas favoritas del patrón.
Hasta en la cárcel tenía aliados. Aliados tan bravos como los perros que trajeron a América los españoles. Uno de ellos era Ángel Gaitán Mahecha, dueño y señor de las cárceles bogotanas, quien, desde La Modelo, ordenó una de las masacres más cruentas que recuerde penal alguno en Latinoamérica. Carranza intentó mantener siempre su bajo perfil, ser un campesino nacido en Guateque, Boyacá, del que no se conoce exactamente su fecha de nacimiento. Aunque los medios afirman que tenía 78 años cuando murió, sus amigos más entrañables le quitan la edad y afirma que apenas tenía 70 años en el momento de su deceso.
En Muzo se hizo rey. Muzo es una palabra chibcha que empezó a taladrarles como un gusano a los ambiciosos conquistadores españoles. Una de las primeras referencias sobre Muzo se la debemos a un pirata. Entre 1578 y 1580, el corsario Francis Drake decidió darle la vuelta al mundo. Llegar al Pacífico bajando hasta cabo de Hornos, asaltar las playas chilenas y peruanas, y subir hasta Canadá para luego salir por el Atlántico. Cuando llegó a Londres, la reina le tenía un regalo: sería nombrado caballero. En retribución, él le llevó un collar con esmeraldas de Muzo. La reina no había visto jamás un verde más intenso. Cuentan que, el resto de vida que le quedó se lo pasó contemplando la joya, como el Golum con su anillo. Carranza tenía la cualidad más preciada para un buscador de tesoros, la suerte. Desde que tenía ocho años se iba a los ríos de Boyacá a buscar piedras preciosas y las encontraba. Así montó su imperio.
Eso al menos dice la leyenda dulce. La oscura, en boca de Ernesto Báez, es aterradora. En un testimonio que el ideólogo supremo de las AUC dio para el portal Verdad Abierta: “Me sorprende que a Don Víctor le digan que él es el zar de las esmeraldas cuando también es el zar de los paramilitares” Una versión que fue corroborada por otros jefes duros del paramilitarismo, como Salvatore Mancuso.
En Barbur hay una campaña para convertir el pueblo en un sitio turístico, una especie de nueva Melgar. Los flotadores que venden en la entrada y los trajes de baño así lo confirman. Eso sí, la construcción de piscinas está reservada solo a los esmeralderos muy duros. Nos quedamos en un hotel cuyo máximo lujo era un ventilador y eso que era de los mejores de la zona. Una cosa nos llamó la atención, la cantidad de letreros alusivos a la campaña de Abelardo de la Espriella. En cantidad contrastaban y mucho con los de Paloma Valencia. Los de Iván Cepeda, desde Chiquinquirá para abajo, eran inexistentes. Otanche queda a cuarenta minutos de Barbur. Allí ya se consiguen mercados de esmeraldas. Las hay entre 100.000 y 12 millones de pesos. Como nos dice un vendedor: “eso depende del color, si es verde aguadito es liviana, a medida que vaya poniéndose intenso el verde sube también el precio”. Y también sube la violencia.
Entre Barbur y Otanche hay una carretera surrealista: cascadas que caen al lado de la vía sin mojarla y un valle de palmeras que no tiene nada que envidiarle al que se ve en Cocora. No hay mansiones considerables. Pasamos por un lugar en donde hay una sucesión de cruces. Le pregunto a Petrit si fue un accidente o una masacre. Me dijo que no sabía pero que acá la muerte estuvo parqueada un buen tiempo y casi no se va.
En los años ochenta hubo una guerra que no tuvo mucha difusión en televisión, pero cuyo nombre pesaba: se llamaba Guerra Verde. El experimentado periodista Petrit Baquero la documentó en uno de los pocos libros que tiene la pequeña bibliografía que hay sobre la guerra esmeraldera en el país.
Durante esa década hubo una bonanza de esmeraldas. Llegaba plata a montones, y en vez de buscar un medio para poder repartirla con equidad, estos tipos decidieron liarse a tiros. Hubo tres mil muertos. En 1990 lograron la paz.
Nunca hubo cómo comprobarle nada. Hubo gente que literalmente puso las manos en el fuego por él. Uno de ellos fue Carlos Raúl Jarro, quien a principios de los noventa era el obispo de Chiquinquirá, además, fue el que le dio la extremaunción. Murió como un buen católico. Los narcos intentaron matarlo varias veces, la más sonada fue en 2010 cuando le dispararon un roquetazo y se salvó de milagro.
En Colombia, sobre todo en la zona de Muzo, por algún tipo de coincidencia geológica es uno de los dos lugares del mundo donde se dan las esmeraldas. Lo impresionante es que la Guerra Verde continúa. Ahora el Clan del Golfo busca meterse y controlarlas. Sus lugartenientes, como Pedro Orejas, han sido detenidos o asesinados. Y aun así, uno encuentra páginas en internet en donde lo tratan como a un ídolo, como a un precursor, un ejemplo a seguir, y se encuentran páginas como estas: “En la actualidad, las esmeraldas de Muzo son muy valoradas por su color intenso y su transparencia. Las esmeraldas de Carranza siguen siendo muy buscadas por los coleccionistas y joyeros de todo el mundo. Su trabajo en la industria de las esmeraldas ha dejado un impacto duradero en la economía de la región de Muzo y ha contribuido significativamente al patrimonio cultural de Colombia. La historia de Carranza y sus esmeraldas sigue siendo un testimonio de la riqueza natural y la belleza de esta parte del mundo”.
Llegamos un sábado a Otanche, ya no quedaban casi comerciantes de esmeraldas. Las esmeraldas, como me recuerda Petrit, valen “lo que el marrano quiere pagar, por eso es tan fácil lavar plata con ellas”. Le preguntamos a un minero que jugaba ajedrez en el parque por quien iba a votar. La respuesta era más que obvia, por el Tigre. Se regó contando sus razones. La síntesis de esto fue una sola: “Voto por Abelardo porque no quiero que gane la guerrilla”. A este grado ha llegado la desinformación.
El domingo, temprano, nos fuimos a la mina de Coscuez. Allí hay un pujante mercado de esmeraldas. La Fury Gems, la empresa de la India que dominaba esta zona, se fue hace seis meses. Lo que queda en la mina son guaqueros artesanales que pueden usar incluso dinamita con tal de romper la tierra y quedarse con una buena cantidad de piedras verdes. Una vendedora, de ojos tan intensos como las esmeraldas, nos contó que se había venido de Muzo porque la producción en Coscuez aumenta con el paso de las semanas y también la venta. Para llegar a Coscuez hay que usar camionetas 4 x 4 y llenarse de paciencia. Estuvimos en el primer corte. José Estupiñán, un minero de 78 años, nos intentó vender una bolsa repleta de piedras sin pulir. Empezó a vendérnoslas en 200.000, al final la quería soltar en 50.000 pesos. “Eran chispas” nos dijo una persona que nos acompañaba. Ripio, basura de esmeralda. No todo lo verde es esmeralda. El paisaje es desolador y prehistórico, una aridez negra, llena de carbón, lo cubre todo. Ahí se ven las vetas, abiertas y abandonadas y esporádicamente se ve una moto. Casi adentro de la mina se encuentran mansiones y también ranchos improvisados. Todo es de un contraste que raya en el absurdo. Es el país de la desigualdad concentrado en un puñado de pueblos.
Hasta acá llega la primera jornada.



