El viaje a Quibdó que le reveló a Gonzalo Arango el camino a Cristo

Una verdadera tormenta se ha levantado con las declaraciones del director del Instituto Caro y Cuervo, Sergio Esteban Vélez, quien hizo una semblanza del escritor a propósito de los cincuenta años de su muerte, resaltando solo la tardía preocupación espiritual del poeta nadaísta. Gonzalo Arango fue el líder de un movimiento literario y artístico que revolucionó al país que, en los años sesenta, estaba sumido en el marasmo del Frente Nacional. Bogotá era una ciudad en donde los hombres iban vestidos de negro, siempre llovía y no se veían mujeres en sus calles.

Gonzalo Arango era de Jardín, Antioquia, y, haciendo manifiestos en papel higiénico logró escandalizar a la sociedad colombiana. Por eso es conocido. Por eso llama tanto la atención que el nuevo director del Caro y Cuervo justo recuerde sus últimos años en donde hizo una introspección católica. La importancia de Gonzalo está en el poder de su iconoclastia expresada en la juventud.

Hace unos meses, la revista Gaceta publicó justamente un artículo sobre el viaje al Chocó que cambiaría para siempre al poeta. Iba en un avión destartalado bajo una lluvia torrencial. Era inminente el desastre. Gonzalo tenía 34 años, había nacido en 1931 y ese viaje fue en 1965 cuando decidió encomendarse a Dios. Así lo relató en la crónica El Chocó, y que publicó en la revista Cromos. Es que el avión bajó en picada y no pudo aterrizar en el aeropuerto de Quibdó. Lo hizo en una población aledaña y desde entonces Gonzalo nunca fue el mismo.

Unos años atrás, angustiado porque su máxima figura política, el general Rojas Pinilla había sido depuesto del poder, Gonzalo Arango decidió crear, en Cali, un movimiento que pondría patas arriba todos los valores, eso era el nadaísmo. Los jóvenes poetas, artistas, cineastas que los componían, algunos de ellos aún vivos como el gran Jota Mario Arbeláez. Eran tan provocadores y tan bellos que hacían sus eventos en manicomios, cárceles, hospitales. En esa época, fumar marihuana y llevar el pelo largo era todo un reto para la sociedad.

Esto lo pagaron caro sus integrantes. Eduardo Escobar terminó encerrado en un reformatorio, Darío Lemos preso, Gonzalo Arango y Amílkar Osorio iniciaron una serie de conferencias en todo el país en donde a veces tenían que recibir huevos podridos. Esto tuvo algo positivo para Gonzalo: se convirtió en el escritor más amado del país, una especie de rock star. Pero, después del viaje al Chocó, todo cambiaría para él.

Esa noche en la que se salvó del accidente quiso entrar a una iglesia, pero la encontró vacía, ajena. Fue viendo el Atrato que sintió el llamado de algo más grande que él. Pero ojo, y acá es bueno aclarar algo, Gonzalo Arango jamás fue un señor camandulero. El Dios de él era más vitalista, a la manera de un Walt Whitman. En los años setenta se retiró del nadaísmo y quiso irse a San Andrés para fundar una comunidad, más que religiosa, espiritual. Seguramente jamás entraría en contacto con un laureanista para afiliarse a un partido político. Lo de él era estar en el universo de la poesía, con sus reglas y también con sus dioses.

Y estaba en esa búsqueda cuando, el 25 de septiembre de 1976, a los 45 años, mientras iba de viaje a Villa de Leyva, en un absurdo accidente de tránsito, perdió la vida. Estaba al lado de su pareja, Angelita Hickie. Fue una muerte que aún muchos de sus conocidos no entienden. Lo que quedó fue la leyenda.

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