Andrés Caicedo, vivir rápido y dejar un cadáver hermoso

Un momento cumbre para la vida de Andrés Caicedo fue la llegada a Cali, en 1977, de Héctor Lavoe. En ese momento, el boricua tenía 31 años y estaba en plena facultad de condiciones. A ese concierto, Caicedo fue con su novia, Patricia Restrepo. Ya estaban en un momento de la relación crítica. El escritor había sido encontrado por ella en un momento inexplicable con el poeta Harold Alvarado Tenorio en el apartamento donde vivía la pareja. El concierto de Lavoe fue uno de los últimos momentos de felicidad que vivió la pareja.

Aunque después de muerto Andrés se convirtió en una figura sexy, adorada por varias generaciones de mujeres que encontraban todos los encantos en su pinta de hípster prematuro, la verdad que es Andrés era poco popular en el colegio. El acné empezó a salirle desde los trece años, era tatareto y, aunque le gustaba la salsa, no lograba coordinar dos pasos. Además, era bastante probable que sus intereses no fueran precisamente para allá. Era un platónico, un soñador. Tenía claro que le quedaba poco tiempo de vida. Decía que vivir después de los veinticinco años era una pérdida de tiempo porque a esa edad el cuerpo empezaba a envejecer. Se ponía de referencia a los más grandes de la historia. Como quería hacer cine, se comparaba con Orson Welles, quien a los veinticinco años ya había hecho el Citizen Kane. Su hermana Rosario Caicedo, quien vivía a mediados de los setenta en Houston y que se convirtió en su albacea, cuenta que a esa ciudad le llegó con los guiones de tres películas que pensaba venderles a dos de sus ídolos, Roger Corman, creador de lo que se conoce como la serie B y Sergio Leone, el italiano que creó el spaguetti western. Con ninguno de los dos tuvo suerte.

En Cali tenía un cineclub en el barrio San Fernando en donde programaba ciclos larguísimos, exhaustivos, sobre vampiros. Testimonio de eso es el cuento que aparece en Destinitos fatales sobre un vampiro que no se perdía el ciclo y solo al final el público se dio cuenta de que era un descendiente del conde. De las películas quedó un libro monumental llamado Ojo al cine, que fue rescatado del olvido gracias a dos buenos amigos que le quedaron vivos, Luis Ospina y Sandro Romero Rey. Ese libro debió haberse llamado, también, Historia de una cinesífilis, porque obsesivo sí era.

Le encantaba la música, por supuesto, por encima de todo le encantaban los Rolling Stones. Su hermana Rosario le traía de los Estados Unidos los álbumes y los ponía hasta rayarlos. También creía que Ricardo Ray tenía la fuerza de un liberador de masas. Sus lecturas iban más a lo siniestro, Poe estaba en un pedestal, pero también a lo revolucionario a nivel estético, por eso le interesó tanto en la última parte de su vida la obra del cubano Guillermo Cabrera Infante, quien fue defenestrado a mediados de esa década por buena parte de la intelectualidad latinoamericana por las críticas que le hacía al régimen de Fidel.

Pepe Metralla le decían sus amigos porque era compulsivo. Llevaba esa máquina de escribir a todos lados y tecleaba como un endemoniado, como si el mundo se le fuera a acabar y es que él sabía que el mundo se le acabaría a los veinticinco. Murió sobre su máquina de escribir en el apartamento del edificio Korkidi donde vivió con Patricia, quien fue la primera persona en verlo muerto. “Se me estalla la cabeza”, dijo Andrés después de tomarse sesenta seconales. Las últimas palabras escritas fueron para ella, un interminable te amo, te amo, te amo.

Andrés apenas tendría 75 años. Nos perdimos muchas de sus novelas, de pronto algunas de sus películas, hubiera sido feliz con las plataformas, aunque intentaría en vano tener un cineclub en época donde esta actividad ya murió. Cali, capital de resistencia, lo tiene como uno de sus santos patrones a pesar de que mamerto no fue, estaba demasiado metido en el arte como para preocuparse por otra cosa que no fuera crear. No paramos de llorar a Andrés Caicedo. Si metieran su novela, Qué viva la música en el pénsum de los bachilleratos, este país tendría más gente leyendo. De eso estoy seguro.

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