Catatumbo, guerra sin fin

Su nombre, que retumba en la boca, se llama así porque viene del vocablo Barí que significa Casa del Trueno. En sus selvas se da un fenómeno único: cuando el río que lleva su nombre entra en la desembocadura del golfo de Maracaibo, empiezan a caer del cielo una lluvia de truenos. El fenómeno se ve desde Cúcuta y se llama el Faro. Es probable que los minerales que se acumulen allí produzcan el fenómeno. En el fondo, no sería una buena noticia para esta región a la que la riqueza simplemente ha devastado. Acá siempre vivieron los barí. Cuando los primeros aviones sobrevolaron esta selva, se les veía muy bravos, muy dispuestos a rechazar al hombre blanco. Eso hicieron desde que llegaron. Por eso apuntaban sus arcos al cielo y disparaban sus flechas envenenadas. Algunas alcanzaban a pegar en la parte baja del avión, como si una lluvia que viniera del suelo los aborrascara.

Por más fieros que fueran, cuando llegaron las petroleras gringas, incentivadas por la concesión Barco, fueron doblegadas, puestas de rodillas. El balancín es el símbolo en Tibú, en el camino a La Gabarra. Los nombres de las poblaciones cambiaron. A los que estaban allí desde siempre, les pusieron nombres como Petrolea, Campo Dos, Filo Gringo. Al maltrato se vino una respuesta desmesurada. Las guerrillas, en los años ochenta, encontraron un campo de cultivo entre tanto resentimiento y actuaron. Se establecieron allí, secuestraron, dinamitaron oleoductos, los gringos ya iban de salida, se llevaron hasta la última gota de petróleo. Además, ya no era necesaria la presencia territorial. Lo que quedaron fueron carreteras destapadas y casas imperiales que, poco a poco, se comió la selva. Las guerrillas intentaron dejar una base social a falta de Estado. Cuando los paramilitares, en el prostíbulo Rumichaca, firmaron un pacto para quedarse con el Catatumbo y Mancuso prometió poner una hamaca en Filo Gringo, las guerrillas se fueron, incumplieron su palabra y, con su maquinaria de guerra, las AUC llegaron. La sangre motilona volvió a fundirse con el río.

Los paras se desmovilizaron y el Catatumbo siguió siendo rico. Los elenos volvieron, las FARC también y se disputaron las tierras, los cultivos, los laboratorios. Durante unos años se creyó que el Catatumbo sería olvidado. Es paradójico esto, a veces lo único que pide una región en un país tan maltratado como Colombia es que la olviden, que no la disputen, que desaparezca del foco público. Para eso están el río y los animales del aire. Algo les dará Dios para sobrevivir. Pero no, en enero de 2025, cuando apareció asesinado el dueño de la funeraria de Tibú que, en una actitud bastante cristiana, empezó a recoger muertos que dejaba el ELN, simplemente dejaron bajar el pulgar y empezó una masacre que no para casi dos años después, una masacre que no pudo detener ni Gustavo Petro con su Paz Total ni Abelardo de la Espriella con su estética de la guerra.

Ayer hablé con Edward Álvarez, histórico líder social que vive en Ocaña, pero que por cuestiones humanitarias está en la Serranía del Perijá. Hace un año estuvo denunciando la presencia cada vez más amenazante de los Conquistadores de la Sierra en su región. Ahora está en ese lugar donde confluyen Colombia y Venezuela, un corredor peligroso en donde las tribus indígenas son solo actores de reparto. Recuerda que esta labor, la de recuperar el Catatumbo, es un deber de la Cancillería colombiana, que fueron olvidados en un gobierno que supuestamente le apostaba a un cambio social, a la reivindicación del débil y que nada de esto pasó. Ahora tienen menos fe. El zumbido de los drones en la noche se los recuerda, los atormenta. Es el relato de las viejas hadas que atormentaban al Barí, pero ahora sus alas son de hierro. Edward suplica, pide, lleva en esto más de cinco años, pero nadie lo escucha. Ahora teme por su vida. La desesperanza lo acompaña. Este hombre bueno sabe que la guerra en el Catatumbo no tiene fin.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.