Lula frenó en seco la toma de América Latina por Donald Trump y la expansión de la nueva derecha por todo el continente. Lo hizo en una increíble gesta democrática. Rompió la tradición de que quien ganaba en primera vuelta lo hacía en segunda. Y entre primera y segunda vuelta consiguió diez millones cuatrocientos mil votos más: movilizando a su electorado para que acudiera a su familia y amigos; compitiendo de tú a tú en redes sociales con un Flavio Bolsonaro, apuntalado en las grandes plataformas; buscando que el voto feminino reaccionara ante la arremetida machista de los partidarios de Bolsonaro; y apelando a su origen obrero y a las conquistas sociales de sus gobiernos.
Quedaron en pie los gobiernos progresistas de Brasil y México, acompañados de lejos por Uruguay y Guatemala. Colombia fue la última conquista de la nueva derecha y la primera vuelta en Brasil hacía pensar que también el gigante de Suramérica caería en sus manos. Salvó la situación, la enorme capacidad de Lula para aprender y cambiar. Se dirigió al corazón de sus partidarios, pero fue capaz de hablarle también a fuerzas y a votantes adversos.
El significado de esta victoria es enorme. En cálculos, a partir de las cifras del Banco Mundial, la dupla que forman Brasil y México ostenta un peso indiscutible en América Latina: Brasil tiene el 30,8% del PIB de la región y el 31,9% de la población; México el 24,8% del PIB y el 19,8 de la población.
Brasil aporta aproximadamente tres de cada diez dólares producidos en la región y casi un tercio de sus habitantes. México aporta cerca de una cuarta parte del PIB regional y una quinta parte de la población, pero su integración económica con Estados Unidos le da un peso estratégico adicional. Juntos, concentran alrededor del 56 % de la producción y el 52 % de la población regional. Los demás países latinoamericanos y caribeños se reparten el resto. En síntesis: Brasil y México reúnen aproximadamente la mitad de América Latina en población y más de la mitad de su economía.
Brasil es un punto clave en la batalla que libra Estados Unidos por contener la influencia económica de China en la región. Lula y su gobierno le han dado alas a la integración con China y al compromiso con los BRICS -nombre que proviene de las iniciales de Brasil, Rusia, India, China, sus fundadores- la gran alianza que intenta modificar la distribución del poder económico y político mundial. Donald Trump no escatimó esfuerzos para impedir el triunfo del progresismo y acudió al alza de aranceles y a un respaldo abierto a la candidatura de Jaír Bolsonaro.
Trump, a lo largo del año, se había alzado con victorias que hacían presagiar lo peor para Brasil. En un golpe de mano se apoderó de Venezuela; luego, por un estrecho margen, Keiko Fujimore derrotó a la izquierda en Perú y lo propio hizo Abelardo De la Espriella en Colombia. Lula se atravesó en esta racha de triunfos de la nueva derecha y mantuvo en alto las banderas del progresismo.
Pero hay que decirlo, no es sólo mérito de Lula y de la izquierda. Sectores del centro político se dieron cuenta a tiempo de que estaban en juego conquistas de la humanidad: derechos inalienables de las mujeres, la diversidad étnica, racial y cultural de los pueblos, políticas de seguridad protectoras de los derechos humanos, el respeto a la soberanía nacional, preocupación por la equidad y las políticas sociales. En Colombia estos sectores se dejaron neutralizar por la nuevo derecha o, en un acto de irresponsabilidad, le votaron a Abelardo De La Espriella.
Y ahora están encima las elecciones de mitad de periodo en Estados Unidos. El próximo martes los estadounidenses irán a las urnas a indicar que tanto apoyo tienen las políticas de Donald Trump. El panorama no pinta bien para la ultraderecha. Las encuestas señalan una gran caída de la popularidad de Trump y un ascenso de las fuerzas progresistas.
Es casi seguro que el Partido Demócrata se alza con las mayorías en la Cámara de Representantes y también tiene alguna probabilidad de obtener un triunfo en el senado y algunos triunfos notables en la elecciones de gobernadores.
Sería un cierre de año venturoso para los progresistas en América Latina, en un 2026 que empezó mal y tenía todas las señas de terminar peor de lo que había comenzado.



