Me sorprende mucho la literalidad de los colombianos. Es que antes de entrevistar a Primo Rojas, sobre quien solo he visto pedacitos de sus shows en redes, me decían que era un aporafóbico. Y me decían así, el término científico. No hay peor arribista intelectual que el usador de jergas. Esto quería decir que Primo -se iba a llamar Primitivo, además- era un odiador de pobres. Cuando me encontré con él, le pregunté sobre eso. “Es una manera de provocar, yo creé un personaje arribista para mis shows que desprecia a la plebe”. Primo -se llama Primo y se apellida Rojas, no es un nombre artístico- nació en Kennedy y aún se acuerda de la dirección. Yo ni me acuerdo de la mía.
Primo Rojas supo que iba a ser actor cuando, a los 11 años, tenía que salvar a sus hermanos de la tristeza infinita, a veces egoísta, que atormentaba a su mamá. “En esa época, a finales de los sesenta en Kennedy, nadie sabía qué era la depresión. Lo que decían era que mi mamá tenía mal genio, pero nada explicaba el llanto, la desolación”. Solo eran los cuentos de Primo, los que le daban luz a esa casa grande. Al escuchar las risas, siempre después de la cena, su papá, un funcionario gris, dostoyevskiano, quiso saber “de qué se trataba la guachafita”. Así que se quedó una noche viendo la sesión. “Duró dos meses asistiendo a esas primeras funciones en el cuarto de mis hermanos. No podía evitar reírse”. ¿Sobre qué eran los monólogos de Primo? Sobre la gente que veía. El humor, como la escritura y el cine, es pura observación, empatía. A sus 68 años, logró lo que pocos pudieron: ganarse la vida con la palabra.
Fue determinante para él haber visto, en 1985, en el teatro Colón, a Darío Fo, quien ganaría el Premio Nobel de Literatura 12 años después, haciendo un monólogo sobre Cristo haciendo resucitar a Lázaro. “La gente se reía y a la vez se escandalizaba. Es que mostraba a Lázaro como un pedazo de carne podrida, llena de gusanos, ¿Te imaginas el estado de putrefacción en el que estaba Lázaro si ya se había muerto como tres días antes? En Palestina no es que haga mucho frío”. Su papá quería que fuera abogado, él terminó estudiando teatro e igual se cansó de la rigidez del pénsum, de la poca libertad que dejaba la academia. Entonces voló. Se inventó un personaje, un payaso diabólico que fue la premonición de It, el payaso de Stephen King y le puso el nombre de Arsénico. Entonces, su primer público fue el de las universidades y luego los bares. “Amo los bares, pero siempre hay peligro de que la gente se distraiga. En un teatro hay más espacio para la concentración y lo que hago yo es una actuación teatral”.
Sobre 2010, con más de cuarenta años, Primo Rojas logró algo inesperado, rompió el nicho teatral y se metió de lleno en la televisión con los “Comediantes de la noche”. Desde entonces, es un referente de la cuentería, del humor “y del teatro, no porque la gente que hace teatro si es que arribista y creída. Nunca les pareció bien el humor. Para ellos soy como un cuentachiste”.
Está a punto de lanzar un nuevo monólogo, con material que él escribe y que le ha sido permanentemente plagiado sin que él se queje demasiado. “Cuatro maneras de matar a la mamá”, allí hace una reflexión “sobre ese amor que los pobres le tienen a sus madres”. Contrario a lo que dice su personaje en las tablas, él cree que Bad Bunny fue la gran cachetada de la plebe al rígido establecimiento cultural. “¿Quién iba a pensar que el próximo Beethoven no saldría de un conservatorio, sino de un supermercado?”, y que se siente completamente identificado con ellos, los que vinieron de barrios populares y se impusieron a los que tenían el dedo parado. No me reí en la conversación con Plinio, aunque me sentí muy bien. Sentí que había hablado con un maestro que no dejó de ser niño, que, en una manera bastante nistzheana, se sigue sorprendiendo con todo. Y que es feliz, además.



