Cúcuta, tierra de nadie 

Durante décadas Cúcuta fue considerada la frontera más activa de América. Su actividad comercial movía miles de millones de dólares a través de sus dos puentes y sus conexiones con dos municipios vecinos, San Cristóbal y Ureña. Desde diferentes partes de Colombia llegaban comerciantes buscando fortuna en el intercambio de muebles, alimentos, autos. Las crisis eran pendulares y dependían de algo tan inestable como el Bolívar, sometido a los cambios constantes del petróleo. La nacionalización del mismo ocurrió durante el primer mandato de Carlos Andrés Pérez, político del partido Acción Democrática, populista y derrochón, quien disparó el Bolívar. Pero gastar a manos llenas y los caprichos internacionales del petróleo produjeron la gran crisis de 1983, cuando la moneda venezolana se desplomó.  

Cúcuta vivía otra bonanza, la que producía el Catatumbo con los pozos petroleros encontrados gracias a lo que se llama La concesión Barco desde la década de los cincuenta. Grandes compañías norteamericanas transformaron Tibú y zonas aledañas, como Campo Dos, en un inmenso campamento. Estas zonas eran tierras de los Barí, lo que produjo uno de sus primeros desplazamientos. Las compañías dejaron poco para el Catatumbo y la riqueza se fue a otra parte, dejando un conflicto armado que se tradujo a finales del siglo XX en una disputa entre las guerrillas comunistas y los paramilitares. La población civil, como suele ocurrir, fue la que llevó la peor parte. 

Con la victoria del chavismo en las elecciones de 1998, Cúcuta vivió de manera más intensa los vaivenes de una economía inestable. Hasta 2010 volvió a experimentar una bonanza gracias a la subida internacional del Petróleo que le dio a Hugo Chávez un gran margen en su chequera e impulsó programas como los Cadivi, que le daban plata líquida a los venezolanos con tan solo pasar la frontera. Esto terminó en unos cuantos años y lo que quedó fue una crisis que se tradujo en una emergencia humanitaria de proporciones bíblicas. A los desplazamientos producidos por la guerra en el Catatumbo se sumó la decisión de millones de venezolanos de abandonar un proyecto fallido, como la tal revolución bolivariana.  

Entonces Cúcuta se fue transformando no en una ciudad, sino un corredor. Las fronteras se cerraron en 2015 y las relaciones nunca volvieron a ser las mismas, a pesar de los intentos que hizo Petro en septiembre de 2022. Los grupos armados eran los que mandaban en los pasos fronterizos. Para mandar en Cúcuta y en todo Norte de Santander era indispensable tender puentes con ellos. Con las guerrillas, con las pandillas, con los grupos armados, con la delincuencia. Alias el Pulpo, asesinado en su propio restaurante en 2012, fue reemplazado por alias el Faraón que, al parecer, decide hasta los políticos que serán candidatos a la alcaldía, al congreso, a las asambleas. Hay que investigar las conexiones con la cúpula del chavismo que manda en el Táchira e incluso hay que saber si es tan cercano a Vladimir Padrino como afirman. 

La sangre ha corrido con más fuerza en los últimos 24 meses. Veedores ciudadanos y periodistas que habían centrado sus investigaciones contra congresistas que están siendo investigados y algunos condenados fueron asesinados en plena luz del día, incluso delante de su familia. Jaime Vásquez comía un pastel de garbanzo cuando el sicario llegó al restaurante y le disparó hasta rematarlo. Lo mismo sucedió en junio de 2026 con Cristian Herrera, reconocido en toda la ciudad por su trabajo en La Opinión. Unos días antes había publicado un trino denunciando a un grupo político en particular. Mientras se bajaba de su auto, al lado de su esposa y de sus hijos, fue abaleado por un sicario. 

El pasado 26 de octubre en el sector del Pórtico asesinaron a Miguel Castellanos, exsecretario de gobierno, excapitán de la policía, quien aspiraba a ser alcalde de Cúcuta. Iba con su hijo cuando vio que en la carretera había un accidente. Bajó velocidad a su camioneta y allí lo sorprendió un sicario que le disparó en la cabeza, también delante de su hijo. Castellanos era hermano de una de las glorias del arco de Cúcuta y Santa Fe.  

La violencia, la falta de oportunidades, los atracos, la política corrupta, la falta de valores, el desorden, han convertido a Cúcuta en una tierra de nadie. Es solo salir a la calle y ver las cabezas bajas, el miedo, la desesperanza. Es la crisis absoluta, es la historia de un saqueo.  

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