Historia de un flaco que se perdió en la selva

Cuando el legado de Pizarro está en juego en plena batalla cultural, es importante recordar a uno de sus máximos inspiradores. Jaime Bateman era todo lo contrario a lo que se conoce como un mamerto. Era la alegría misma, un tipo capaz de hablar de “un sancocho nacional” para evitar la gélida sentencia que dicta el sectarismo. En el sancocho nacional cabían no solo todas las formas de lucha, sino políticas. Liberales y conservadores progresistas los hubo, por supuesto. Así cueste trabajo asimilarlo ojalá muchos líderes de izquierda hubieran tenido la apertura mental, cultural, de alguien como Belisario Betancur. Por eso, el Flaco Bateman estaba dispuesto a dialogar siempre y a usar como interlocutores a figuras del establecimiento mediático en los años ochenta tan respetados por lo que ellos llaman “oligarquía”, como el presentador Fernando González Pacheco o el mismo Juan Guillermo Ríos.

Bateman era hijo de una madre soltera. Su papá lo reconoció a regañadientes. A los diez años sufrió el accidente que le marcó la vida y también lo condenó, un bus lo atropelló mientras pasaba una calle. Se salvó de milagro, pero el costo fue tener una cojera permanente y un dolor en la pierna que ni siquiera los sabios doctores de Moscú pudieron atenuar.

Pero así bailó. Era común verlo gozando en Quiebracanto, pasar veladas interminables con Gabriel García Márquez, con quien ayudó a fundar la más beligerante de las revistas: Alternativa. En Praga, uno de los últimos refugios del Che Guevara, fue recibido por sus amigos y compañeros en la Juco, el poeta y periodista Manuel Cepeda y su esposa, la destacada líder Yira Castro. Una noche se tomaron toda una garrafa de vino mientras sentían la nostalgia de Colombia, el país que estos quijotes querían salvar.

Bateman fue seguidor de Rojas Pinilla en la Anapo hasta que este traicionó el movimiento popular y, producto de su descontento, fundó el M-19 junto con otros soñadores, como el médico Toledo Plata, curtido en las luchas montoneras en Argentina, y el aguerrido Iván Marino Ospina. Con el M, el flaco se convirtió en un mito. La clandestinidad la combatió a punta de disfraces y nunca dejó de honrar a una de sus grandes diosas, la noche. Llegaba a donde Esmeralda, su gran amor, a horas inesperadas, justo cuando el cerco turbayista lo oprimía. A veces se dejaba el afro, otras veces se lo quitaba. La nariz era inconfundible, pero como andaba por ahí con su bacanería, sin miedo a nada, solo atraía buenas energías. Todo esto terminó en las selvas del Darien. La avioneta en la que volaba y con la que llegaría a Panamá para verse con su viejo aliado, el general Torrijos, fue sacudida por el viento y la niebla de la selva y cayó sin remedio. Fue el 28 de abril de 1983. Duraron nueve meses en la búsqueda. Nueve meses en los que Clementina, su madre, sufrió lo indecible. Una tribu panameña, los Kunas, encontró los restos de los ocupantes.

Jaime, sonrisa espléndida, tenía 43 años y muchos sueños en la cabeza. Era la época en la que se pensaba que se podría cambiar el mundo. Si hubiera vivido un poco más, el flaco salsero y alegre se hubiera dado cuenta de algo que vemos los que llegamos a los 48 años: a este mundo no lo cambia nada.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.