Desconcierto, angustioso desconcierto, es la condición en que están el Pacto Histórico y las fuerzas del centro del espectro político frente al gobierno de Abelardo de la Espriella. Es más, creo que el uribismo también sufre esta situación. Hay, desde luego, acontecimientos inesperados que han favorecido la acción del nuevo gobierno, pero hay también estrategias que les están dando resultado. Y al otro lado, la izquierda y el centro, no logran sacudirse de la derrota en la primera y la segunda vuelta presidencial.
El terremoto del 10 de agosto con sus graves consecuencias para la población de algunas ciudades y regiones, en especial para la gente pobre y marginada, le permitió al gobierno convocar la solidaridad del país que acudió generosamente al llamado, los ciudadanos de a pie que mostraron su talante humanitario y realizaron actos heroicos para ayudar a sus congéneres, pero también los gobiernos locales y los empresarios y la cooperación internacional.
En medio de la catástrofe el gobierno aprovechó para tomar una serie de decisiones rápidas, algunas de ellas de gran impacto en las relaciones internacionales y en los temas de seguridad, negociación y paz: La vinculación de Colombia al Escudo de las Américas, una alianza militar de los estados afines con las ideas de Donald Trump; el reconocimiento de la soberanía israelí sobre el Golán y el traslado de la embajada a Jerusalén; la reanudación de la aspersión aérea; los bombardeos a campamentos sin asegurarse de la no presencia de menores; la ofensiva mediática contra el gobierno saliente empezando con el “libro de la verdad” un desaguisado compendio de acusaciones de corrupción; la directiva que centraliza las comunicaciones oficiales y que limita la vocería de ministros y altos funcionarios, acompañada de una calculada división entre medios de comunicación amigos y medios adversos; el nombramiento y la destitución fulminante de funcionarios que se salen aunque sea un milímetro del libreto presidencial; el cierre de las negociaciones de paz y la orden, con pistola al cinto, de militarización de algunas regiones; las dos declaratorias de Estado de Emergencia Económica y la orden al ministro de hacienda para que negocie con el Fondo Monetario Internacional una respuesta a la crisis fiscal, con el telón de fondo de que el gobierno de Petro saqueo el Estado y que la prosperidad que se nota en las calles es gracias a las economías ilícitas.
Es la lógica de inundar la zona, una fórmula que se atribuye a Steve Bannon, saturar la agenda para que la sociedad y los críticos pierdan de vista las líneas estratégicas; y cubrir, además, esta agenda, con ataques desmedidos a las fuerzas rivales o incluso a las fuerzas cercanas. Naomi Klein describe un efecto parecido en La doctrina del shock, donde el cambio abrupto deja a la sociedad y a sus fuerzas de oposición desorientadas y la reacción llega tarde.
Cada anuncio desplaza al anterior antes de que la oposición logre convertirlo en un debate sostenido. No necesariamente los anuncios se concretan en decisiones de política pública o en directivas presidenciales ciertas y aplicables, muchos de ellos no llegan siquiera a documentos escritos, estas declaraciones buscan en primera instancia inhibir las estrategias de ir a las calles a protestar o de recurrir al Congreso para debatir o las cortes para demandar.
El nuevo gobierno ha acompañado esta estrategia con movimientos rápidos en las alianzas, con presiones y amenazas a fuerzas que le son cercanas, pero que pueden ser incomodas en el futuro y con una neutralización eficaz a las fuerzas del centro político. En un mes, en el Congreso, armó una coalición de once partidos, con el liberalismo como vagón de cola, suman en esta alianza 63 senadores y 127 representantes a la cámara. En cambio el Pacto Histórico, Marcha y MAIS, en la oposición, suman apenas 29 senadores y 44 representantes. Las fuerzas del Centro se refugiaron en la independencia: Alianza Verde, Nuevo Liberalismo, MIRA, AICO, La Fuerza y el Partido Ecologista. La independencia funciona como compás de espera y como esperanza de alianzas de cara a las elecciones regionales de 2027 y las presidenciales de 2030.
Las baterías contra el Centro Democrático y contra sectores gremiales, caso muy especial, los ataques Bruce Mac Master, siguen la línea de Donald Trump de apuntar rápidamente contra el establecimiento tradicional del Partido Republicano con el propósito de adueñarse del liderazgo de la derecha. Aquí los blancos son Uribe, al que tachan ahora de socialdemócrata y las fuerzas que concurrieron a la consulta de la centro derecha en las elecciones de marzo.
El Pacto Histórico ha picado el anzuelo y ha respondido con una estrategia defensiva en la que Petro hace de vocero principal confrontando cada provocación, cada acusación, en alocuciones improvisadas en las que a veces se la juega a sacarle las castañas del fuego a funcionarios indefendibles de su gobierno.
Sería injusto decir que la oposición no ha confrontado la cadena de decisiones tomadas. Cada vez que el gobierno actúa, Iván Cepeda responde con un comunicado y una alocución a través de sus redes sociales, pero esto no es lo que ve la opinión pública, lo que ve es a Petro defendiéndose y a una bancada parlamentaria que aún no coge ritmo en el debate y la controversia pública.
No hay todavía una agenda articulada de cara al futuro; no han podido saltar por encima de la derrota; no se aprovechó la conformación del gabinete alterno para renovar el liderazgo; no hay aún acciones audaces de desobediencia civil pacífica para confrontar y desnudar esa vuelta al pasado en temas de seguridad que en vez de tranquilizar al país y poner freno al nuevo ciclo de violencias, le echan más gasolina al incendio.
En todo caso, la movida apenas empieza, ni siquiera hemos cruzado los cien días de gobierno, todo está por hacer, pero es necesario advertir que la democracia colombiana está pidiendo a gritos una reacción de la oposición y de las fuerzas del centro político ante la andanada del nuevo gobierno.



