Si yo fuera Gustavo Petro, una vez entregada la Presidencia de Colombia, me desaparecería unos días. Pero solo unos días, porque la vida pública es mi vida. Sería un tiempo para, sin restricciones y sin culpas, entregarme a esos pequeños placeres hedonistas que el poder casi siempre limita, y que me criticaron bastante por estos últimos años.
Disfrutaría del amor. Del amor de mi familia, de mis amistades y también del amor de mis novias. Es que me imagino ese primer sorbo de cerveza entrando a mi cuerpo apenas un minuto después de dejar de ser presidente.
Bailaría. Bailaría tanto, tanto, sobre todo esa obra de arte del Grupo Niche que dice “que cosas bonitas, que con los ojos no vemos, y que por dentro llevamos, pero no lo sabemos”. Oiga, porque gobernar un país como Colombia debe dejar un cansancio que solo los abrazos, los besos y la música pueden aliviar.
Si yo fuera Petro, me costaría muchísimo perdonar a tantos colombianos que, llenos de resentimiento, se dejaron arrastrar por el odio y terminaron votando por un proyecto político que representa la muerte. Me costaría, pero terminaría haciéndolo. Porque entiendo que el miedo, la desinformación y décadas de violencia producen víctimas que, desafortunadamente, muchas veces terminan defendiendo aquello mismo que les oprime.
Si yo fuera Petro no desaparecería de la vida pública. Al contrario, recorrería el país hasta la última vereda, acompañando las apuestas del cambio, impulsando nuevos liderazgos, escuchando más de lo que hablaría y recordándole a Colombia que somos imparables.
Si yo fuera Petro volvería a leer y releer Crimen y Castigo, de Dostoievski. Lo leería buscando reflexionar sobre la culpa, sobre el peso de las decisiones y los errores inevitables que deja cualquier ejercicio del poder.
Si yo fuera Petro continuaría queriendo este país con la misma intensidad con la que lo hice siempre. Me tomaría unos días en alguna playa del Pacífico colombiano, me sentaría frente al mar con un libro en una mano y una cerveza en la otra, y respiraría profundo recordando que Colombia es el país de la belleza. Allí sentada recargaría fuerzas para seguir luchando por el cambio durante todos los años que me queden de vida.
También escribiría mucho más. Escribiría sobre el poder, la soledad, la traición, la esperanza y sobre millones de colombianos que, aun en medio de tantas dificultades, siguen creyendo en un país distinto.
Si yo fuera Petro amaría demasiado y abrazaría a todas las personas que pudiera para recordarles que no podemos perder la esperanza.
También tendría la fuerza para darles la espalda a quienes llegaron a nuestro proyecto político y terminaron cediendo a la corrupción y a las prácticas que tanto criticamos. Porque nos hizo mucho daño que utilizaran las banderas del cambio para beneficio propio.
Volviendo a mí, menos mal no soy Petro. Porque no sé si podría habitar un lugar donde la humanidad pareciera estar prohibida y donde el presidente termina dejando de ser padre, abuelo, amigo, compañero o simplemente un hombre para convertirse en una especie de ser que no siente.
Quizá por eso vale la pena recordar que detrás del presidente siempre existió un ser humano. Uno que acertó y se equivocó, que amó, que perdió y que seguramente lloró en silencio.
Pero bueno, siempre es válido cerrar cada etapa de la vida diciendo:
“Ahí tienen su hijueputa casa pintada”



