Como profesor universitario de ciencia política, cada semestre encuentro la misma dificultad: para muchos de mis estudiantes, leer completo un artículo, un capítulo o una obra clásica se ha convertido en una tarea difícil. Consultan información permanentemente, pero les cuesta permanecer dentro de un texto, seguir su argumento y llegar con él hasta el final.
Esta columna nace de esa preocupación: quiero invitar a mis estudiantes y a quienes leen estas líneas a recuperar la lectura larga. Quiero que volvamos a leer artículos completos, capítulos que desarrollan una idea y libros que construyen un problema de principio a fin. Comprender exige atención y la disposición de recorrer el camino entero.
La invitación no supone abandonar las pantallas ni regresar exclusivamente al libro impreso. Casi todos los materiales de mis cursos están disponibles en internet, revistas académicas o archivos digitales. Pueden leerse en un computador, una tableta o un teléfono. El soporte es secundario; lo fundamental es leer el texto completo, seguir su desarrollo y comprenderlo.
Vivimos rodeados de mensajes breves, videos, titulares y notificaciones que compiten por nuestra atención. Estos formatos pueden informar, entretener y despertar curiosidad. El problema comienza cuando nos acostumbramos a pasar de un contenido a otro y perdemos la disposición para una lectura extensa. Lo que observo en mis estudiantes forma parte de una transformación social más amplia.
Cuando asigno un texto extenso busco que mis estudiantes acompañen un pensamiento durante el tiempo necesario para comprenderlo. El autor plantea un problema, define conceptos, dialoga con otros autores, presenta evidencias, desarrolla un argumento y llega a unas conclusiones. Leer largo permite reconstruir ese recorrido y entender cómo se produce el conocimiento.
Leer fragmentos se parece a recorrer una gran ciudad dormido durante buena parte del trayecto. Cada vez que el viajero despierta, alcanza a ver un castillo, una plaza o una catedral. Al final recuerda lugares llamativos, pero desconoce la historia que los conecta. Incluso puede creer que dos edificios están cerca, aunque los separen kilómetros y siglos de historia.
Por eso, en mis cursos combino artículos, capítulos y libros completos. Un artículo muestra cómo se formula una pregunta, qué método se utiliza y con cuáles evidencias se sostiene una conclusión. Un capítulo desarrolla una parte de una explicación mayor. Un libro ofrece una arquitectura intelectual completa: conecta problemas, conceptos y argumentos que los fragmentos difícilmente permiten comprender.
En ciencia política no quiero que mis estudiantes se limiten a saber que Hobbes defendió el poder soberano, Rousseau formuló la voluntad general o Arendt examinó el totalitarismo. Los invito a seguir sus razonamientos y descubrir las tensiones de sus conceptos. Los clásicos siguen siendo maestros porque enseñan a pensar problemas, no porque suministren frases célebres.
La preocupación tiene respaldo empírico. La OCDE encontró una asociación positiva entre la lectura frecuente de textos largos y el desempeño lector. Los estudiantes que debían leer para sus cursos textos de 101 páginas o más obtuvieron, en promedio, 31 puntos adicionales frente a quienes trabajaban textos de diez páginas o menos. La asociación no demuestra causalidad, pero confirma la importancia educativa de la lectura extensa.
En Colombia, el desafío es evidente. En PISA 2022, los estudiantes de 15 años obtuvieron 409 puntos en lectura, frente a 476 en la OCDE. Apenas el 49 % alcanzó el nivel mínimo para identificar la idea principal y reflexionar sobre un texto moderado; en la OCDE lo logró el 74 %. El país ha mejorado desde 2006, pero el avance se ha estancado y apenas el 1 % alcanza los niveles superiores.
La universidad debe resistir la tentación de reemplazar los textos por diapositivas, resúmenes o explicaciones breves. Esos recursos pueden orientar la lectura, pero no sustituirla. Algo semejante ocurre con la inteligencia artificial: puede formular preguntas, aclarar conceptos y comparar autores; si la empleamos para evitar el texto, recibiremos conclusiones sin examinar cómo fueron construidas.
Recuperar la lectura larga no exige llenar los cursos de bibliografías imposibles. Puede ser preferible asignar menos textos, pero leerlos completos y trabajarlos con cuidado. Identificar la tesis, reconstruir el argumento y discutir los conceptos convierte la lectura en una práctica activa. Como profesores, debemos mantener la exigencia y acompañar a los estudiantes.
Aunque esta reflexión nace de mi experiencia como profesor, la invitación no termina en la universidad. Necesitamos leer largo quienes trabajamos, ejercemos una profesión, participamos en organizaciones o tomamos decisiones públicas. Comprender una reforma, una sentencia, una investigación o un programa de gobierno exige tiempo. Una ciudadanía capaz de examinar argumentos completos puede resistir mejor las consignas y la simplificación del debate democrático.
Propongo al lector un experimento con Lector, vuelve a casa, de Maryanne Wolf. Si lee únicamente la página 14, encontrará una idea poderosa: los seres humanos no nacemos preparados para leer y debemos construir esa capacidad. Será como quedarse con una de las diez frases mediante las cuales resumimos un libro: tendrá una conclusión importante, pero desconocerá el razonamiento que la sostiene.
Si lee la tercera carta, “Lectura profunda”, entre las páginas 53 y 90, comprenderá cómo la lectura activa la inferencia, la empatía, el análisis crítico y la reflexión. Si recorre las 256 páginas, relacionará esos procesos con la plasticidad del cerebro, la educación y nuestros hábitos. Una página ofrece una idea; un capítulo permite comprender un tema; el libro completo revela el problema y los caminos para enfrentarlo. Ese es el reto: volver a leer largo.
* Esta columna es resultado de las dinámicas académicas del Grupo de Investigación Hegemonía, Guerras y Conflicto del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia.
** Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.



