Lo que me quitó el feminismo

Cuando era adolescente, mi mamá insistía en que mi hermana y yo aprendiéramos a cocinar, lavar, planchar y hacer aseo. Recuerdo que muchos años después, conversando con mis amigas pude identificar que, a diferencia de a ellas, mi mamá no nos decía la frase que escuchaban mis amigas a esa edad “Aprendan a cocinar para cuando tengan marido“.

Mi mamá nos decía otra cosa. Nos repetía que debíamos aprender porque algún día viviríamos solas. Porque, como mujeres de Buenaventura, probablemente tendríamos que irnos a otra ciudad para estudiar la universidad como lo hicieron algunas de mis tías y tíos, y ella no tendría cómo pagarle a alguien para que realizara esos oficios por nosotras. Su insistencia era para que aprendiéramos a ser independientes. Después me fui a Cali a estudiar, y con el tiempo entendí que, sin proponérselo y seguramente sin saber lo que significaba, mi mamá sembró en nosotras la semillita feminista.

Pero ahí, todavía faltaban varios años para que yo supiera lo que era el feminismo. Recuerdo incluso una conversación en la universidad cuando les decía a unos amigos que me daba pereza leer sobre feminismo. Estaba en esa etapa, por la que pasamos muchas gentes, en la que criticamos el “academicismo” y creía que, en ese caso, el aprendizaje era más vivencial. Qué ironía pensar que terminaría impulsando un club de lectura feminista que ya lleva varios años funcionando. Pero esa es otra historia.

El punto es que, mirando hacia atrás, descubro que el feminismo llegó a mí a ponerle nombre a cosas que vivía y, sobre todo, a quitarme explicaciones equivocadas sobre mí misma. Por eso, pienso mucho en lo que me quitó el feminismo. Pues mi mamá me preparó para la autonomía y el feminismo me permitió comprender que esa autonomía también implicaba ocupar el espacio público, participar, escribir, investigar y hacer política.

El feminismo también me quitó el mundo de princesas Disney, enseñándome a preguntarme por qué durante tanto tiempo nos metieron en la cabeza que el amor, el sacrificio y la aprobación masculina eran el destino natural de nuestras vidas. El feminismo me quitó esas esas narrativas y las reemplazó por herramientas para entender cómo funcionan las estructuras que las reproducen.

Pero, desafortunadamente, el feminismo no puede blindarme.

Sigo siendo una mujer víctima de las violencias machistas. Sigo viviendo situaciones que me duelen, que me hacen llorar y que me recuerdan que el hecho de comprender el patriarcado no hace desaparecer sus efectos. Es claro que el feminismo nunca nos ha prometido inmunidad, pero sí nos da un lenguaje para entender que muchas de esas violencias no son culpa de nuestras decisiones individuales, al contrario, son la expresión de estructuras que siguen restringiendo la vida de las mujeres y castigando a quienes decidimos salir del molde. Comprenderlo no elimina el dolor, pero sí transforma la manera de enfrentarlo.

El feminismo también me quitó esa vieja idea de que las mujeres somos enemigas naturales, de que estamos destinadas a competir entre nosotras por la atención de los hombres. En su lugar encontré algo más humano y es la posibilidad de construir comunidad entre mujeres, aun reconociendo nuestras diferencias y contradicciones.

En un momento en el que los discursos ultraconservadores vuelven con fuerza a cuestionar nuestros derechos conquistados, pienso con frecuencia en todo lo que el feminismo me quitó, pero también en todo lo que me dio. Porque me dio una forma de entender el mundo, me dio herramientas para comprender que las violencias que vivimos las mujeres responden a un sistema de poder que nos quiere débiles. Además, me dio la certeza de que, incluso cuando el cansancio pesa, siempre habrá otras mujeres caminando a mi lado. Me dio la fuerza que se necesita para seguir trabajando por transformar lo que nos lastima.

Esto me hace recordar algunas de mis letras de columnas pasadas, en donde si bien reconozco que a las feministas nos preocupa el crecimiento de los movimientos conservadores, resalto que, paralelo a esta preocupación, estamos luchando en un mundo en el que las mujeres seguimos siendo víctimas de feminicidios, violencia doméstica, violencia sexual y trata de personas; además de la desigualdad salarial y la falta de políticas de conciliación laboral y familiar, agravada por la inequitativa carga del cuidado; el restringido acceso a los derechos sexuales y reproductivos; la subrepresentación en escenarios políticos y otras problemáticas que nos cuesta la vida a diario.

Como feminista, con la misma fuerza que defenderé la libertad de las mujeres que deciden dedicar su vida al cuidado de su hogar, defenderé también nuestro derecho a elegir lo que se nos dé la gana. No aceptaré que se nos pretenda encerrar nuevamente en un único destino y esa defensa la sostendré incluso cuando quienes promuevan esas ideas sean otras mujeres.

No dejaremos de estar alertas ante esas narrativas “tradwife” que amenazan nuestras victorias. NO PASARÁN.

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Ghina Castrillón Torres