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Estaba en París. Tenía muchos sueños, pero también mucha hambre. En los años cincuenta, cientos de jóvenes latinoamericanos llegaron a París buscando la gloria literaria. El joven García Márquez llegó a París a cubrir, como enviado especial, los aconteceres europeos desde la capital de Francia. El medio que lo llevó fue El Espectador. Pero, recién llegado a la Ciudad Luz, los planes cambiaron para Gabo. La idea que tenía era enviar reportes al periódico en el día y ponerse a escribir literatura en la noche. Pero, en ese momento, el dictador Rojas Pinilla mandaba con golpe de hierro Colombia. Así que ordenó cerrar el periódico. Gabo quedó como un náufrago.
Lo ayudó una mujer que le pudo alquilar, a precio de hambre, una buhardilla en el barrio Latino, y también su amigo Plinio Apuleyo Mendoza. Es curioso, fue justamente uno de los intelectuales que con más ahínco condenó el régimen de Fidel Castro en Cuba. En los años sesenta todo el boom latinoamericano se volcaba con fervor hacia la revolución cubana. No había ningún tipo de medida, la entrega era total. Pero apareció algo, una nube en el cielo, y fue la del juicio al poeta Heberto Padilla. No era posible que una revolución que se autodenominaba como soñadora y progresista, acaso poética, si considerara muy peligrosos los versos de un poeta.
Entonces, fue Plinio quien le daba algunos francos para que pudiera comer. El padre de Plinio, quien llevaba su mismo nombre, era en Colombia un reconocido abogado que salía de gancho con Jorge Eliécer Gaitán cuando una fuerza misteriosa asesinó con tres tiros al caudillo liberal. Gracias a él, Gabo pudo terminar su primera gran novela y la que él mismo decía que era la más importante en su carrera como escritor: El coronel no tiene quien le escriba.
Unos años después, Plinio vuelve a darle la mano a Gabo en una situación económica que no era la mejor. Estaba en Colombia cuando convenció al futuro premio nobel de irse con él a trabajar a Caracas. Allí, incluso, vieron cómo en un avión salía al exilio el dictador Pérez Jiménez. Gabo afirmó que, desde allí, desde ese momento se le ocurrió hacer la novela sobre un dictador, esta sería El otoño del patriarca. Después de esto vendría la aventura en La Habana castrista a dirigir Prensa Latina.
Con los años vendría el desencanto por parte de Plinio por la revolución cubana y la fama desmesurada por parte de Gabo. Cuando a finales de los ochenta Plinio se encontraba en un gran problema económico su amigo le tiró un flotador: lo dejó hacer su famosa entrevista El olor de la guayaba. Cuenta la leyenda que, a Mercedes Barcha, esposa del escritor de Aracataca, le molestaba profundamente que Plinio viviera recordándole a Gabo los años en los que lo ayudó. Le parecía un despropósito, una falta absoluta de decoro y delicadeza. A Mercedes nunca le volvió a hablar, a Gabo hasta el final. Hoy a muerto Plinio a los 94 años. El último amigo que queda del nobel de los años de París es el fotógrafo Guillermo Angulo.


