El poeta antioqueño, Gustavo Adolfo Garcés (Medellín, 1957-2026), junto a los poetas Julio Daniel Chaparro, Joaquín Matos, Jorge Mario Echeverry, Eugenia Sánchez, Guillermo Martínez, Mauricio Contreras, Robinson Quintero y, entre otros, mi hermano Fernando, hizo parte de la “Generación Emboscada”, consolidada en las décadas de los años 80 y 90, y nombrada así por el narrador Evelio Rosero Diago.
En ejercicio de su unipersonalidad, todos asumieron caminos estéticos distintos, pero paralelos y, en su caso, Gustavo Adolfo se distinguió por privilegiar la brevedad como formato de sus poemas, por la capacidad de revestirlos de un humor, a veces disimulado y otras explícito y mordaz; y por la gracia inventiva de su obra, que saltaba a la vista de pronto, como el conejo de un sombrero de mago.
LOS ESQUELETOS
Al parecer
los esqueletos
se arman con huesos
de gente muy pobre
personas que nunca tuvieron
donde caerse muertas”.
Sin embargo, los poemas de Gustavo, aparte de esa ceñida plasticidad y del tono de humor irónico que le distinguían, también dan testimonio del tiempo y espacio de su existencia, como suelen hacerlo los poetas conscientes de la función social de su oficio. En efecto, la poesía de Garcés, aun siendo de silenciosas reflexiones filosóficas, tiene como punto de partida vínculos emotivos provenientes de su infancia (“Infancia: La infancia/ regresa en silencio/ siento que me aprietan/ las manos de mi padre”); de sus recuerdos (“Pupema: Qué habrá sido de Pupema/ el alcohólico/ el vagabundo/ que delirante nos contaba/ de una noche de guerra/ en la que tres soldados/ con las cabezas vendadas/ jugaban al dominó/ mientras el capellán/ y los músicos del regimiento/ cantaban y se emborrachaban/ y un soldado enemigo/ amarrado a un árbol/ miraba el lodazal/ qué habrá sido de Pupema”.); de su entorno cotidiano (“Habitación: De no ser por el televisor/ todo sería sigilo/ y silencio/ las imágenes del noticiero/ se repiten en la jarra de agua”); y como si le hubieran importado un poco menos los referentes intelectuales, si bien no los descontaba, sí les nublaba el protagonismo (“Li Po: Ebrio/ caminé por el bosque/ hasta llegar al riachuelo/ llené el cuenco de agua/ se salieron todas las estrellas”).
De hecho, en los textos de Gustavo Adolfo, hay el talante de un hombre advertido de la fugacidad de la existencia, al igual como lo plantearon los representantes japoneses del haikú y, tal vez por ello, se haya servido de la brevedad que es un modo sin discursos, presto para exaltar o criticar la vida. Lo digo así, pues el trasunto de esa condensación -aprendida por él, así me lo contó alguna vez, del poeta José Manuel Arango-, tiene la intencionalidad de encapsular los eventos del mundo en un instante, y trasmitirnos desde un solo suceso, muchas otras noticias, o “chismes”, como le gustaba llamarlas.
LA ANTENA QUE TRAE
las noticias de la guerra
está llena de pájaros.
Este poema, por ejemplo, siendo en apariencia una explícita, bella y momentánea postal de jardín urbano, nos trae noticias completas de cuando Gustavo Adolfo, en su primera juventud y adultez, fue testigo de un periodo de agobiante convulsión social, y no podría haber sido de otra manera, pues al poeta le tocaron en suerte seis décadas de gobiernos non sanctos, y bajo una guerra civil que -ya hoy lo sabemos todos- era estimulada desde el propio Estado, en alianza con bandidos, empresarios y políticos corruptos.
Los poemas de Gustavo dicen la guerra con explícito desparpajo, porque él, siendo como sabemos que lo era, un hombre natural y premeditadamente noble, usaba siempre con diplomacia conciliadora las mejores palabras, las más sanas imágenes y el detalle -en apariencia el menos importante- para decir -escondido tras el manto del humor y la ironía-, que en el país reinaban, más que las cosas buenas, aquellas que producían precisamente noticias de la guerra.
Gustavo Adolfo Garcés, en sus siete libros publicados persistió en esa brevedad e intención crítica, hasta la que sería su última publicación “Lo que Atisba la Araña”. De ahora en adelante, ya habiendo dejado este mundo, sus poemas -pues el arte funciona de esa manera- serán siempre nuevos; y aunque la rueda generacional termine concentrándolos en un punto fijo de la línea de tiempo, en ellos queda, irremediablemente, la vitalidad perpetua de sus experiencias emotivas.
LA ORACIÓN DE NOÉ
Dios mío
permite
que las lenguas
de mis hijos
encuentren
las palabras
del amor
nunca quise
alcanzar otro cielo.



