Después del aciago debut de Argentina contra Camerún en el mundial de Italia, Diego Armando Maradona tenía el talón hinchado como un balón. Bilardo, vivo como un raponero, le recomendó salir a la rueda de prensa en pantuflas. “Deja que los periodistas te vean”. El Diez se puso una toalla y salió a dar la cara en el predio deportivo Trigoria, el lugar escogido por la albiceleste para concentrarse en ese mundial. Maradona prometió lo imposible, los periodistas le creyeron y la noticia ya no era la derrota de los vigentes campeones del mundo contra un desconocido país africano sino el tobillo de Diego. Entonces se puso una inyecciones en el tobillo y jugó otros seis partidos sin sentir el pie izquierdo, el que era mágico. Y logró lo que la FIFA no quería: eliminar a Italia en semifinales. “Le dañé el negocio a Havelange” escribe, socarrón, el Diego en su autobiografía. Para entender la pasión y el compromiso que genera en futbolistas-hinchas ese orgasmo que se llama el Mundial de Fútbol, hay que leer el Diego de la Gente.
Yo soy el Diego… de la gente fue lanzado en octubre del 2000, justo después que el Dios del fútbol soportara la más grave de sus sobredosis. El libro, por supuesto, no lo escribió él sino dos periodistas de su entera confianza, Daniel Arcucci y Ernesto Cherquis Bialo, quien murió hace unos meses. A Maradona le pagaron un millón de dólares por los derechos para poder contar su vida. Afilado, como un puñal, el periodista Leonardo Tarifeño, afirmó que Diego “Era el autor argentino mejor pagado por no escribir un libro”. Para muchos de sus seguidores su autobiografía es la biblia. Diego no se mide y le dedica el libro a 17 personas, entre los que se cuentan dos líderes que están en las antípodas pero que él adoró: Fidel Castro y Carlos Saúl Menem. Ahí están sus exhibiciones kitch, como exigirle a las directivas del Napoles un Ferrari negro o pedir una casa de seis mil metros cuadrados para que Dalma y Giannina, sus hijas, pudieran correr. Aparece moralizante frente a la cocaína y, aunque reconoce que la consumió hasta la autodestrucción, no duda en afirmar que sus sanciones en el fútbol italiano y con la selección se trataron de complots perpetrados por la FIFA. Es un libro escrito con una oralidad deslumbrante y a veces sientes que estás frente a Diego Maradona escuchando algunas de sus anécdotas.
Y es un libro con banda sonora. Allí recuerda los himnos que le han dedicado grupos como Los Piojos con su Maradó, Calamaro interpretando esa pasión argentina al decir, con sencillez e histeria a la vez:
Maradona no es una persona cualquiera
Es un hombre pegado a una pelota de cuero
Tiene el don celestial de tratar muy bien al balón
Es un guerrero
O recordando a uno de sus amigos más cercanos y queridos, Rodrigo, quien le compuso La mano de Dios, una canción que él mismo ayudó a ser inmortal cuando la interpretó para Emir Kusturica en el documental que lleva su nombre. Sin embargo la gran película sobre Maradona la hizo un napolitano, Fue la mano de Dios de Paolo Sorrentino, una belleza que evoca los años gloriosos que vivió Napoli en los ochenta cuando Maradona reivindicó al despreciado sur italiano.
Sin embargo somos muy chicos para acordarnos que hubo alguien más famoso que Diego. Si, porque Maradó puede ser Dios, pero el Rey fue Pelé. Antes de él era muy difícil en el fútbol hacer un gol de afuera del área, elevarse a las alturas quedarse suspendido, como si fuera un ángel, y luego rematar de cabeza como si fuera un dragón. Pelé, además de virtuoso, era bravo, pegaba codazos, “había que matar al negro” recordó uno de sus más enconados rivales, el Coco Basile, quien lo enfrentó muchas veces en partidos de selección.
Pero Pelé fue, con justa razón, un ídolo pop y una máquina de hacer plata. Fue el único futbolista en ser retratado por Andy Warhol y, su ida al Cosmos de Nueva York, fue el primer intento por convertir a los esquivos gringos en hinchas del fútbol. Casi lo logran. Cuando ya había logrado todo con el Santos, su equipo del alma, y con Brasil, rompiendo records como ser el jugador más joven en marcar en una final, en ganar el trofeo -entonces llamado Jules Rimet- y marcar 1.000 goles decidió irse a jugar a los Estados Unidos y aparecer como invitado especial en el programa de Johnny Carson seis veces en un año y protagonizar una de las mejores películas jamás hecha sobre fútbol -y también sobre la II Guerra Mundial- dirigida por el multifacético -iba a escribir Todocampista- John Huston, hablo de John Huston. Son trágicamente recordados los partidos que jugaron los nazis con equipos de territorios ocupados, como sucedió con los mártires de Kiev en 1942, durante la ocupación ucraniana, historia real de la que está inspirada este clásico de 1981. Huston se toma una licencia que le agradecemos en el alma y es que, en vez de contar la verdad, los jugadores del Dinamo de Kiev fueron fusilados después de ganarles a las SS 4-2, acá se escapan. La película está protagonizada por Michael Caine, Silvestre Stallone y un verdadero combo de estrellas del fútbol, Bobby Moore, Osvaldo Ardiles, el polaco Deyna y, por supuesto, O Rei.
Sobre Pelé hay una película que, aunque no fue un éxito de crítica si lo fue de taquilla y, no podemos olvidarnos, de una película que fue un completo fracaso en todos los sentidos y que hoy sólo los fanáticos más avesados la recuerdan: Hot Shot, de 1986, en ella Pelé interpreta a un viejo futbolista retirado llamado Santos que se esfuerza por entrenar y darle brillo a una joven promesa del fútbol.
Brasil está tan cerca y a la vez lejos. En el fondo lo que más sabemos de Brasil es gracias al fútbol. Por eso, al menos en el mercado de la cultura latinoamericana, los brasileros mandan la parada. Uno de los mejores cuentos de toda la historia se llama El19 de diciembre de 1971, considerado, por su ritmo trepidante, el mejor cuento jamás escrito sobre lo que en Argentina es una religión. Pocas rivalidades son más fervorosas que la que tienen Rosario Central y su rival de ciudad, Newells Old Boys. Sabemos que el River vs Boca es el partido con mejor marketing del mundo pero empalidece si se compara con el fervor que despiertan canallas y leprosos. Esa locura la cuenta Roberto Fontanarrosa en el cuento citado cuando un grupo de hinchas decide secuestrar al viejo Casale, un seguidor de Rosario que ya, por cuestiones de salud, su médico ha decidido prohibirle ir al estadio, sólo por cábala: cuando el viejo va al estadio Rosario Central es imbatible. El último párrafo Fontanarrosa es capaz de lograr lo imposible y es contarnos, casi que con exactitud, ese estado de éxtasis que se consigue en una tribuna popular cuando el equipo al que amas vas ganando. Abrazos que se convierten en avalanchas humanas, sacrificios al cielo, la desplomada incontrastable del viejo Casale quien sucumbe a su pasión. Uno de los hinchas que lo secuestran y que es quien habla en primera persona desde el cuento, dice lo siguiente: “¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa”
En uno de los trillers judiciales más importantes del siglo XXI, La pregunta de sus ojos, Eduardo Sacheri, hincha furibundo de Independiente, afirma lo siguiente a través de uno de sus personajes, “El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín: no puede cambiar de pasión.” Es tan consecuente esa pasión que se consigue encontrar al asesino y violador de una mujer yendo todas las fechas que juega Racing en su estadio. El asesino no se perdía un solo partido.
Así como existe este fervor también existe una reacción. En los años setenta era muy extraño que un intelectual, que un artista se reconociera como un “hincha” del fútbol. Recuerden los aforismos que se repetían hasta la saciedad “El fútbol es el opio del pueblo” “Pan y Circo” y no siempre eran frases desfasadas, histéricas. Hay que recordar nada más que en el mundial de 1938, que se jugó en Italia, Mussolini hizo hasta lo imposible porque la azzurra levantara la copa, su pueblo necesitaba una victoria moral. Alejandro Pino Calad me contó la confesión que le hizo Alfonso Senior, mítico dirigente colombiano quien fue el responsable de conseguir en 1974 que fuéramos la sede del mundial 1986, sobre el origen del campeonato colombiano: “Después de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán y las repercusiones que tuvo el Bogotazo, los únicos dos espectáculos permitidos era ir al cine e ir al fútbol. Para calmar las aguas el gobierno del entonces presidente Mariano Ospina Pérez organizó un campeonato que arrancó en junio de 1948, dos meses después del asesinato del líder liberal”. En el libro El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano pregunta lo siguiente: “¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”.
Galeano nos recuerda que antes era casi que un deber moral para un intelectual detestar al fútbol. Rudyard Kipling trataba de “idiotas embarrados” a los futbolistas y Shakespeare pone al Duque de Kent, uno de los personajes principales del Rey Lear, a decir la siguiente frase: “Oh vil jugador de fútbol”. De más está decir que en el siglo XVI aún no existía el fútbol y sus reglas modernas pero si existía un deporte muy parecido en donde una turba se disponía a patear hasta el cansancio una pelota en la calle y de paso reventarse unas cuantas narices y huesos.
Pero ningún otro intelectual hizo tan célebre su desprecio por este deporte que Jorge Luis Borges. El 2 de junio de 1978 a las 7 de la noche, la selección Argentina debutaba en el mundial donde era organizador. El rival era Hungría. El país estaba paralizado. ¿Se imaginan el fervor con el que se debe vivir en un país como este un mundial? No era un mundial normal, la junta militar mandaba con puño de hierro y el evento no era más que un apartado más en su aparato de propaganda. Por eso puede verse, 48 años después, la decisión de Jorge Luis Borges de programar a la misma hora y el mismo día del debut del onceno de Menotti no sólo como un acto de resistencia contra el fútbol sino también como un cachetazo a la dictadura. Y eso que más de un intelectual de izquierda ha tildado con suma ligereza de “Facho” a un personaje tan complejo como el autor de Tlon, Uqbar y Orbis Tertius.
Decía Juan Villoro en Dios es redondo que la literatura y el fútbol es difícil de combinar. La imaginación está muy por debajo de lo que puede suceder en el terreno de juego -al menos que el Cholo Simeone esté en el banco- cuando dos equipos repletos de genios se encuentran. Ninguna novela sobre un partido de fútbol podrá ser tan trepidante como el partido de ida que tuvieron el París Saint Germain y el Bayern Munich en las semifinales de la Champions 2026. O, ¿Cómo podría ser creíble inventarse una remontada en los tres minutos finales parecida a la que le propinó el Manchester United al Bayern en la Champions del 99? Las novelas se quedan cortas pero los cuentos no. La más conocida de las selecciones de cuentos que existen la hizo un entrenador y manager futbolístico quien, como futbolista, levantó copa del mundo y hasta se dio el lujo de hacer un gol en la final de México 86, Jorge Valdano. Escucharlo es apasionante, según Jorge Herralde, el puntillozo creador del sello Anagrama “Valdano habla como si ya estuviera editado”. Dirigió poco pero dos de sus creaciones fueron sueños que aún permanecen en la retina de los hinchas, el Tenerife entre 1992 y 1994, que el argentino consolidó como una máquina aceitada, temiblemente ofensiva, y el Real Madrid de las temporadas 94-96 que no sólo le puso un tatequieto al todo poderoso dream team de Johan Cruyff en la liga local sino que creó un estilo propio de juego y descubrió talentos tan letales en la cantera como Raúl quien no estaba dotado técnicamente como un brasilero de los años noventa pero, a falta de esto, le sobraba confianza. Valdano le contó al escritor mexicano Juan Villoro que “El tipo se creía Ronaldo de Souza Farías, y yo lo dejé que se lo creyera. A falta de talento lo mejor es una mentalidad fuerte”. Cuando las cosas no iban bien en el Madrid la hinchada lo ofendía gritándole “Filósofo!” como si fuera un insulto. A veces tienen razón los que creen que esto es un deporte de trogloditas.
La selección de cuentos de Valdano, publicado por Alfaguara en 1995, merece una renovación urgente. Aunque hay cuentos imperecederos como el ya citado de Fontanarrosa, o El penal más largo del mundo de Oswaldo Soriano, hay algunos a los que el tiempo no ha tratado demasiado bien, como los de Roa Bastos o Miguel Delibes. Como toda antología su epílogo es una discusión.
En el momento en el que estoy escribiendo este artículo el Arsenal, después de 22 años, regresó a una final de Champions, la jugará contra el PSG. Los viejos hinchas de este deporte, queremos que gane el Arsenal. No podemos permitir que un jeque árabe nos quite la pasión. La última vez que el Arsenal había sido finalista fue en el 2004, con el mágico equipo que lideraba Thierry Henry en el campo de juego y en el banco Arsene Wegner. En ese momento ya era un clásico Fiebre en las tribunas, de Nick Hornby. Me lo había recomendado Iván Mejía Álvarez hace un tiempo y lo leí y no me pareció gran cosa la primera vez. Leer por primera vez no es leer, es apenas hojear. Y por eso lo olvidé. ¿Qué me iba a importar un relato en donde se comentaba un Arsenal 0 vs Stoke City 0 jugado en 1968. La vida es un rio y uno avanza y las lecturas cambian. Por eso volví a leer este libro para hacer este artículo. No lo había entendido. Fiebre en las gradas es la vida de un hombre vista a través de una pasión. Hornby no recuerda su vida a través de los cumpleaños sino por las veces que fue al estadio, al viejo Highsbury. Sus nostalgias tienen que ver con la alegría que le daba ver un campo embarrado después de la lluvia, transformados en torturados campos de guerra como Waterloo o Verdún. “Ver a un ídolo embarrado era algo hermoso”. Recordemos que en 1997 se adaptó, sin mucho éxito, esta película al cine y estuvo protagonizada por Colin Firth.
Tengo amigos que dicen que el mejor libro que se ha escrito sobre el deporte amado es Fútbol, una religión en busca de Dios, la disección que le hace Manuel Vásquez Montalbán a esta pasión que nos convierte en orates. Lamentablemente no se exhibe en las vidrieras de las librerías colombianas hace años. Tampoco es fácilmente encontrable Boquita, la historia que cuenta Martín Caparros sobre Boca Juniors, lanzado por primera vez en el 2005 y que tiene una reedición en el 2022.
Pensar que antes, cuando no existía la televisión, el fútbol era sólo un relato para el que no pudiera ir al estadio. Los partidos se escuchaban y se leían. La televisión hizo más dificultoso el oficio de ser cronista de fútbol. Lo que se ve no resiste interpretación, lo que se ve existe. Por eso para que un libro sobre fútbol tenga un atractivo poderoso, al menos en mi caso, debe haber un tinte de verdad así se escriba en clave de ficción. Este es el caso del extraordinario La estrella y la memoria, un libro inclasificable que intenta hacer inmortal de Eliseo Alegre, un hombre que vivía en un pueblo olvidado de la Patagonia argentina y que fue recordado por los que lo vieron como el mejor jugador de todos los tiempos. Fue una investigación ambiciosa que está soportada, a la manera de Kapuscinsky, por relatos de los que lo conocieron y aún lo recuerdan. Un libro que pudimos ver en la pasada FILBO y que viene en las siempre maravillosas ediciones de Impedimenta.
Los europeos han sido parcos a la hora de mezclar fútbol y literatura. Uno de los logros más notables lo hizo el alemán Peter Handke en su novela El miedo del portero ante el penalti, en donde se narran los traumas de un arquero que jamás pudo recuperarse de dejarse hacer un gol de pena por debajo de las piernas.
Pero todos los que no somos buenos jugando nos han puesto a tapar y conocemos la desolación que trae esa responsabilidad. Eduardo Galeano le hace un pequeño perfil en su indispensable El fútbol a sol y sombra a Moacir Barbosa, considerado el mejor arquero de la historia del Vasco da Gama y que formó parte del equipo ideal del mundial de 1950 pero, el haber recibido dos goles ese día por parte de Uruguay lo puso en la primera plana de esa tragedia brasilera llamada El Maracanazo. Durante la preparación del equipo de Carlos Alberto Parreira al mundial de 1994 en Sao Paulo, el arquero quiso saludar a Romario, Bebeto y compañía pero el asistente técnico, Mario “Lobo” Zagallo, lo impidió. No quería que la mala suerte que arrastraba los contaminara. Poco antes de morir en el año 2000, a los 78 años, abatido por el olvido, la pobreza y la tristeza afirmó “En Brasil la pena más larga que puede tener un criminal por matar a alguien es de 40 años. A mi, por dos goles que me hizo Uruguay, me dieron cadena perpetua.
Sería irresponsable de mi parte decir que Barbosa padecía depresión, a lo sumo una saudade que los brasileros suelen curarse a punta de caipiriña y samba, además en esa época no se reconocía esa palabra ni se le daba la dimensión que hoy conocemos. No sabían que era una enfermedad. Para este artículo me senté a hablar con uno de los hombres que tienen la biblioteca futbolera más completa del país, Nicolás Samper y él me recomendó un perfil que el periodista Ronald Reng hizo sobre Robert Enke, el portero que iba a ser titular de Alemania en el mundial de Sudáfrica en el 2010 y que un año antes decidió acabar con su vida arrojándose a un tren. El libro se llama Una vida demasiado corta y muestra como nunca antes los miedos que puede tener un portero y los riesgos que trae contar compañeros tan mala leche como el holandés Frank de Boer.
En el 2003 Enke tenía 25 años y todo parecía brillar para él. Después de una temporada soñada en el Benfica fue contratado por el Barcelona. Tenía que disputar el puesto con otros dos grandes arqueros, el argentino Roberto Bonano -conocido, como Fernando Redondo, por ser un gran lector de escritores como Cortázar y Borges- y la joven promesa del arco catalán, Víctor Valdés. Lamentablemente para él su técnico era Louis Van Gaal, alguien no muy reconocido por sus cualidades humanas. La decisión del holandés fue darle la titularidad a Bonano y empezar a probar en partidos de Copa del Rey al joven talento alemán. Fue contra el Novelda, un equipo de la cuarta división española, que empezó la debacle. En un partido que ese Barcelona debió ganar de manera aplastante perdió 3-1. Viendo a distancia los goles sólo en uno tuvo responsabilidad Enke. Violando cualquier código de vestuario su compañero, Frank de Boer, salió a culparlo de los goles. En la rueda de prensa dijo, de manera despectiva, “El portero pudo haber hecho algo más”. Enke no volvió a ser tenido por Van Gaal y su destino fue el Fenerbache de Turquía en donde, después de firmar su contrato, sólo estuvo en Estambul tres semanas. Estaba en un pozo depresivo del que salió gracias a su llegada al Tenerife español y al regreso a la Bundesliga. El entrenador Jurgen Klinsman lo llamó a conformar el equipo que saldría subcampeón de la Euro 2008 y empezó a ser tenido en cuenta en las eliminatorias a Sudáfrica ya cuando Joaquin Loew era el seleccionador. Pero la depresión reapareció en el 2009 y esta vez no pudo apagar la sensación de ponerle fin al dolor.
Casualidades no hay, ya sabemos, pero Nicolás Samper no me dio muchas posibilidades de conseguir el libro. La última edición había sido lanzada en el 2012. Sin embargo conté con suerte y lo encontré en la pasada Feria del Libro de Bogotá.
La crónica deportiva tuvo un gran cultor en el mundo anglosajón que ha sido Gay Talese. En sus memorias tiene un relato apasionante de cómo fueron los penales entre las chinas y las norteamericanas en el mundial femenino de 1999. En Europa siempre han existido grandes cultores de la crónica. Pero creo que en el mundo, son los argentinos los que han mandado la parada y todo gracias a El Gráfico. La gente mayor de cuarenta años sabe a lo que me refiero. No existía nada más excitante que encontrarla en algún kiosco de revistas. Las mandábamos a traer directamente de Buenos Aires y allí leíamos a los fundamentales, Dante Panzeri, Borocotó, Julio César Pascuato, “Juvenal”. La desaparición hace unos años de su edición impresa nos recordó lo duro que está siendo mantener a flote un proyecto periodístico.
En Colombia se intentó hacer un semanario escrito con Nuevo Estadio, la publicación dirigida por Javier Giraldo Neira que sirvió como semillero a grandes del periodismo futbolero como Carlos Antonio Vélez, Javier Hernández Bonnet y César Augusto Londoño. Llama la atención que Manizales sea la meca del periodismo futbolero. Durante veinte años fue la fuente de información para el que no pudiera ver los goles en espacios como Teledeportes. Hay que recordar que en los años ochenta era muy raro poder ver fútbol profesional en directo en Colombia. As fue otra publicación de renombre pero eran, como Nuevo Estadio, meramente informativa, no existían grandes crónicas. Si hubo dos revistas de peso en el país, que tuvieron intención de hacer gran periodismo escrito, uno de ellos fue la Revista del América, dirigida por el notable escritor Umberto Valverde. Perteneciente a la generación de oro en la cultura de Cali, Valverde supo convertir una revista de un club de fútbol en la más esperada semanalmente en los kioskos. Bajo su mando salieron 155 ediciones entre 1982 y 1994, justo la era en la que el América coincidió con su periodo más glorioso, cuando fue ocho veces campeón de Colombia, tres veces subcampeón de América y tenía como máximos dirigentes a los hermanos Rodríguez Orejuela. El que tenga la colección de revista del América tiene un tesoro. La otra gran iniciativa futbolera era Deporte Gráfico, dirigido por otro escritor y salsero teso, el pastuso José Arteaga.
En los últimos años se han escrito libros en Colombia que han sido éxitos de ventas, como los de Mauricio Silva, el primero sobre el Cinco-Cero y el segundo sobre esa pasión que despierta Millonarios. También Nicolás Samper la reventó con su biografía sobre Falcao. En la novela Ricardo Silva Romero hizo un clásico sobre el asesinato de Andrés Escobar llamado Autogol y desde el cine hay dos películas que ustedes y yo recordamos tal vez con la misma alegría, La pena máxima y Golpe de Estadio.
Hemos envejecido y perdimos la capacidad del asombro. Por eso es que, debe ser, ya no nos pegan tanto las canciones de los mundiales como sucedió en Italia 90 con Una estate italiana, o en el 2010 con el Waka Waka de Shakira. Debo confesar que desde 1986, con Pique, no sé cómo se llaman las mascotas de los mundiales aunque aún colecciono souvenires con el inolvidable rey de las mascotas, Naranjito. Lo que nunca pasará de moda será el álbum de Panini. Es un deber de todo futbolero tener empastados todos los álbumes llenos, desde el 70 hasta la fecha, y tenerlo encima de la mesa como tantos católicos tienen en sus atriles abierta la Biblia versión Reina Varela.
Señoras, señores, llegó el mundial. Que no nos llamen ni nos pongan citas. No contestaremos ni cumpliremos nada. Estamos, como alguna vez escribió Eduardo Galeano “Cerrado por fútbol”.



