¿Por qué Soda Stereo es una banda de gomelos insulsos al lado de Patricio Rey y Los Redondos?

Alguna vez tuve un blog y vivía en La Plata, la ciudad donde Los redondos fueron Dios y también el diablo. La virulencia de este texto se explica por algo: Tenía 28 años y fue escrito en 2008. Hay muchas cosas que ya no soy capaz de sostener, lamentablemente.

Acá, en La Plata, no pueden volver a tocar. La última vez, la turba arrasó con todo. El Indio, arriba del escenario, deja de ser un cantante para convertirse en Lenin. Si interrumpiera de golpe su canción y les dijera que fueran todos en masa a tomarse el palacio donde viven los poderosos, la multitud, como si fuera una sola persona, los aniquilaría. Lo ha pensado, pero se arrepiente. Los vientos ya no agitan como antes, además es demasiada responsabilidad. Patricio Rey es la utopía de la revolución y los tiempos de cambio ya no existen en esta Argentina post-apocalíptica. Hubo un tiempo en que todo era posible, hubo un tiempo en que las canciones no cambiaban el mundo, pero cambiaron la manera de pensar de muchos argentinos. Es más fácil resistir los infaustos recuerdos sumergido en el riff demoledor de Vencedores Vencidos.

Los redonditos de ricota nacieron pocos días después de que Isabelita Perón tuvo que tomar ese helicóptero y, desde las alturas, escuchaba cómo las señoras emperifolladas de La Recoleta le gritaban “Fuera yegua asquerosa”. No podían tener otra opción que atrincherarse dentro de su música, dentro de sus letras confusas, llenas de metáforas y de odio hacia una sociedad que se fragmentaba en mil pedazos. “Ahora se habla con mucha liviandad del movimiento Hippie en la Argentina -dice El indio en una de las pocas entrevistas radiales que ha dado- Pero lo que se les olvida a esos detractores es que muchos de esos jóvenes fueron consecuentes y algunos llegaron a empuñar las armas tratando de sacar al país de la pesadilla que estábamos soñando”.

Sobrevivieron a todo, incluso a las paredes en las que ellos mismos se habían encerrado. Al principio fueron un colectivo creativo donde artistas plásticos como Rocambole se preocupaban por montar sus escenarios y crear el arte de sus discos y gente como Enrique Symms escribía unos monólogos delirantes, esquizoides que servían de introducción a sus conciertos: “Pero todo eso lo fuimos quitando porque la gente se impacientaba y entendimos que lo más importante era la música. La gente venía por eso”. Para Symms, el escritor maldito por excelencia, esto fue considerado como una traición por parte de Solari y de Skay. A los redondos, les han dado con todo, dicen de ellos que se aburguesaron, que el sueño underground naufragó por completo, que ahora viven en grandes mansiones en countries electrificados y rigurosamente vigilados. Pueden decir lo que sea, un poco de confort ayuda, pero nadie puede decir nunca de ellos que tranzaron con un sello discográfico o que se hayan presentado en un asqueroso programa de televisión.
Patricio Rey es un organismo etéreo compuesto de dos partes: por una parte, está Skay Bellinson, el hombre que cree en la vida ultraterrena, en el poder del espíritu. El tipo sencillo que todavía recorre lentamente las calles de Palermo viejo y que cuando le da la gana va a tomarse unos tintos en la centenaria tanguería de Roberto, ubicada en Bulnes y Perón. El otro lado es más aspero, más rocoso, el Indio Solari, una entidad demoniaca a la cual le está prohibido a nosotros, pobres mortales, mirarlo a los ojos, al que ose incumplir este precepto le lloverán sobre el maldiciones y agua mierda. El Indio da declaraciones cada lustre, vive metido en su casa y cuando se cansa de ver fútbol y de trabajar en su novela, la eternamente inconclusa Homicidio Americano se mete al estudio de grabación y compone canciones que huelen todavía a ciudad, a wisky y falopa.

Al lado de Los redondos, Soda Stereo es una banda de gomelos con inquietudes seudoexistencialistas. Los redondos son la banda de los que tienen que levantarse a las cinco de la mañana en una puta y escarchosa mañana de invierno, hacer una fila con cientos de personas para apeñuscarse en un cochambroso vagón de tren, atestado de gente maloliente y recorrer las catorce estaciones que separan Berazategui de Constitución. Por eso, me chupa un guevo si ella usó mi cabeza como un revólver, lo que me importa es salir corriendo a ver que escribe en mi pared la tribu de mi calle.

Suciedad, crueldad, ciudad, puticlubs, conurbano, arrabal, sudor, frío, cafishios, dealers, Los redondos son ¿Porque no? Esos ángeles solitarios que ahora escriben las canciones que los viejos tangueros dejaron de cantar.

El señor que me vende el choripan en la esquina, al enterarse que andaba azotando mi anatomía con Patricio Rey me regaló un mp3 con las canciones de Los redondos. Patricio Rey es un fantasma, no es que vayas a una disquería y pidas sus éxitos, nada de eso, hace año no les da la puta gana de reeditar nada. Entre menos se escuchen, entre más se hagan esperar, el mito crece, la idolatría aumenta. A Patricio Rey le importa una mierda todo eso, el solo quiere que lo dejen en paz.

En Colombia, tierra alegre como pocas, no tenemos una banda de culto, una banda que genere la incendiaria pasión de destruir un pueblo con la furia de sus canciones. Lo más cerca que tenemos serían las Farc, pero definitivamente bombardear con pipetas de gas a una población no es Rock.

Allá lo que importa es que un artista tenga proyección internacional, si pega en Miami no importa que pegue en Bogotá. De tanto cacarear con nuestro folclor se nos olvidó esa música de cloaca que puede generarse en una ciudad de ocho millones de habitantes. Música pulida, correctita, eficaz, hecha para gustar a la gente. País de caretas.

Los argentinos pueden ser un manojo de hijos de puta, como lo somos nosotros, pero al menos a ellos les tiene sin cuidado la proyección internacional, por eso mañana se podrá morir Cerati y lo llorarán cuatro chetos borrachos de Belgrano y por cierto los miles de niñas colombianas bien que asisten puntual y enguayabadamente a sus clases de cine en la Universidad de Palermo.

Cuando muera Patricio Rey ninguna fanfarria sonará. No habrá tiempos de ataúdes, las cenizas del monstruo flotarán en el riachuelo infecto que amenaza Avellaneda. Como un rumor, los fieles que reparen su ausencia dejarán de llorar al escuchar pausadamente que Patricio está bien, no hay nada de qué preocuparse porque con su presencia, el infierno estará encantador esa noche.

Noticias al Minuto

* Las opiniones, análisis, interpretaciones y posturas expresadas en los informes, artículos y contenidos publicados en este espacio son responsabilidad exclusiva de sus autores e investigadores.

La Fundación Paz y Reconciliación (PARES) no necesariamente comparte, adopta ni se compromete institucionalmente con dichas posiciones.

Estos contenidos se presentan en el marco del ejercicio de investigación, reflexión académica y debate público, con el propósito de aportar a la comprensión de las realidades sociales y políticas del país.

Picture of Redacción Pares

Redacción Pares