Los militares, paramilitares y agentes del Estado que estuvieron detrás del asesinato de Manuel Cepeda Vargas

La mañana en que lo mataron, Manuel Cepeda Vargas regresó tres veces a su casa porque era olvidadizo y siempre se le quedaban cosas que necesitaba. Ese 9 de agosto de 1994, cada una de esas veces quería despedirse de su hijo Iván, como siempre lo hacía, de abrazo y beso, pero, al entrar a su apartamento en Kennedy, se concentraba tanto en buscar lo que necesitaba que también lo olvidaba. Y al final nunca le dio un beso. Esa mañana, Iván lo vio después mientras iba en un bus a dar clase a la Javeriana, pero ya estaba muerto. Ya lo habían asesinado.

Iván Cepeda es un hombre tranquilo. Cuando habla de su padre y de lo que le pasó, de esa búsqueda de la verdad, lo hace como si intentara extrapolar, como si analizara desde fuera, como si tratara de olvidar que a su padre lo mataron. Él que era una persona maravillosa. Que era el mejor con él.

Se dicen muchas cosas de Manuel Cepeda Vargas y pocas veces son ciertas. Hay mucho desconocimiento y mucha desconfianza. Era un comunista de la vieja usanza, ortodoxo, que incluso tuvo muchos problemas con su hijo, Iván, por ese pensamiento suyo conservador, casi cuadriculado. Pero no he visto en las reseñas que se publican sobre su vida un aspecto que lo marcó siempre: el gusto por el arte. Manuel Cepeda Vargas, quien tuvo que ver cómo todo el grupo político al que él pertenecía, la UP, era exterminado, se refugiaba en la pintura y la escultura. Sus cuadros son maravillosos y su hijo los conserva. Iván tiene guardadas varias de las antigüedades que su padre coleccionaba: “No podía ver nada en la calle porque de una vez lo recogía”. Hay una anécdota maravillosa sobre el padre del hoy candidato presidencial. Iván tendría 15 años cuando su papá vio, al lado de un parqueadero, un hueso. Se entusiasmó, le salió el arqueólogo que llevaba dentro. Pidió unas palas y puso a toda su familia a excavar. Llegó la policía para preguntar qué estaban haciendo y Manuel, que era tan persuasivo, los convenció de ayudar. Al cabo de dos días de excavaciones encontraron un antiguo cementerio indígena.

También olvidan decir que el papá de Iván Cepeda era un poeta. Uno de sus versos más sentidos resume lo que para él era Colombia:

¿Cómo una tierra tan divinamente hermosa

puede ser tan desdichada?

¿Cómo el éxtasis de los ríos costeños

o de las lagunas del páramo de las Delicias

en lugar de formar dioses forman esclavos?

En su apartamento en Galerías, Cepeda conserva buena parte de ese tesoro que su papá alcanzó a recoger en vida. Recuerdos de su vida en Rusia, Hungría y la República Checa. En todo el Telón de Acero. ¿Por qué se fueron Manuel Cepeda, su esposa Yira Castro y sus dos hijos? Sencillo, porque les habían soltado la muerte.

Colombia supo por primera vez de Manuel Cepeda en 1959. Ese año fue elegido presidente de las Juventudes Comunistas y escribió de manera premonitoria un poema: ¿Dónde encuentro yo una muchacha comunista? Y a los meses conoció a Yira Castro. A veces viene bien escribir poesía. Se casaron y en 1962, justo cuando se volvía al parecer inevitable la crisis de los misiles, nació el primer hijo, Iván. Manuel ya estaba al frente del semanario Voz y en 1965 fue a la Modelo a hablar con sobrevivientes de la Operación Marquetalia. Esa investigación, en donde incluso se revelaba que se habían usado armas químicas norteamericanas en esa operación, le costó la persecución del Estado y su exilio.

Regresaron en 1969 y se fueron a vivir a su apartamento en Kennedy. Iván estudió en el Politécnico de esa localidad y empezó a leer sus primeras novelas. Lejos de intimidarse, Manuel siguió luchando. En Colombia luchar significa resistir. Iván iba y volvía y, después de cursar filosofía en Sofía, Bulgaria, llegó hastiado del modelo soviético, lo que le generó fuertes discusiones con su papá, se da cuenta, en 1985, que al monstruo de la violencia en Colombia le había salido otra cabeza. Los paramilitares se expandían por todo el país. Las FARC y el gobierno Betancur intentaban llegar a lo que parecía imposible: buscarle una salida democrática al conflicto. Por esto surgió la UP, un partido que le daría visibilidad a líderes regionales. La respuesta de la extrema derecha y del sector más radical de las Fuerzas Armadas fue el exterminio.

Manuel Cepeda elevaba su voz y denunciaba. En 1991 había salido elegido representante a la Cámara y allí habló del Baile Rojo, el plan con el que el ejército estaba masacrando a miembros de la UP. En julio del 93, Manuel Cepeda se va a hablar con el entonces presidente, César Gaviria, y con su ministro de Defensa, Rafael Pardo. Al dirigente de izquierda lo acompañan otros militantes de la UP, Hernán Motta, Ovidio Marulanda y Carlos Lozano. Los de la UP les muestran las cifras de los compañeros asesinados, la respuesta de Pardo es una cachetada de hielo: “No les creo”. A los pocos días, Cepeda Vargas dijo lo siguiente en el Congreso: “Hay una serie de altos mandos poderosos, el general Emilio Gilberto Bermúdez, el comandante de las Fuerzas Militares y el general Harold Bedoya, el comandante de la Segunda División, el comandante de la IX Brigada, coronel Rodolfo Herrera Luna, al mando de potentes destacamentos militares que se oponen al curso de las negociaciones, y que se destacan por su anticomunismo profesional y por sus vínculos con grupos paramilitares”.

Mientras tanto, el ejército iba cumpliendo sus objetivos. El 25 de noviembre de 1993 es asesinado Miller Chacón. El 16 de noviembre de 1993 la Corporación Reiniciar presentó 1.87 casos documentados de asesinatos de la UP.

Paralelo a su labor como congresista, Manuel Cepeda seguía imbatible con su columna llamada Flecha en blanco en donde le daba duro al presidente César Gaviria: “El presidente le ha entregado la soberanía a la tropa gringa y ha recibido en pago la chanfaina de la OEA. Gaviria ha entregado los bienes públicos a empresas privadas extranjeras. Gaviria está incurso en la corrupción de INURBE, Colfuturo, etc. Gaviria vetó la ley que definía la desaparición forzada como delito, y nombró a Carlos Arturo Marulanda, sindicado de actuar en conjunción con grupos paramilitares en Cesar, como embajador de Colombia ante el Parlamento Europeo. Hay que vaciar las cárceles pobladas de presos políticos; el generalato significa los soldaditos, mientras obedece al Pentágono, engorda sus bolsillos, y los paramilitares hacen su agosto. Hay que depurar las Fuerzas Armadas de los equipos de torturadores y asesinos que las han plagado bajo las prácticas de la guerra sucia”.

Y entonces ocurre el atentado el 9 de agosto de 1994. Iván Cepeda iba para su clase en la Javeriana. Le dio el beso que nunca le pudo dar ese día. Y vio que tenía en el bolsillo de su camisa un poema dedicado a un hombre del partido que había sido asesinado en Ecuador: “Leo, risa leonina, que bajo tierra parece decirnos: no dejen compañeros de alistar un acto de teatro, una canción, una pintura, que digan que Colombia vive y sueña”.

Empezó para Iván una investigación y la lucha por fortalecer su movimiento de víctimas. Lo acompañaba su novia de ese momento, Claudia Girón. En junio de 1995 descubre algo en la cárcel de Neiva. Un exmilitar llamado Elcías Muñoz le da el nombre de dos suboficiales que participaron en el crimen de su padre: Hernando Medina Camacho y Justo Gil Zúñiga Labrador. Según esta versión, los contrató Rodolfo Herrera Luna. Elcías supo de este crimen porque Zúñiga Labrador, completamente ebrio en una tienda en Neiva, empezó a ufanarse de haber matado a un revolucionario.

A pesar de que esa conversación se grabó, la justicia no estuvo con los oídos abiertos. Entonces pasó algo horrendo: la hija de Zúñiga encontró el arma homicida, la Walther 9 mm- número de serie 329362- y con ella se voló la cabeza de manera accidental. Era la misma arma con la que habían asesinado a Manuel Cepeda. La justicia condenó a Zúñiga y a Medina, y exoneró a Carlos Castaño, quien, en el año 2000, cuando publica su libro, Mi confesión, afirma que él estuvo detrás de este asesinato porque lo instigó quien fuera el director de inteligencia del DAS, José Miguel Narváez. Solo hasta el 2010 el Estado declaró que Manuel Cepeda Vargas era víctima. Lamentablemente aún no se ha hecho justicia.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.