¿Señor Valencia por qué no se pronuncia sobre la masacre de la población por el régimen Iraní? Me gritaban a menudo en las redes sociales en los últimos meses. Ah! Porque es de los suyos, porque le gusta esa dictadura. Este, desde luego, la imprecación más decente. Había otras, con insultos de grueso calibre.
Me había pronunciado en algunas oportunidades, pero no era mi tema habitual, ni en las columnas, ni en las redes sociales, tampoco lo ha sido el genocidio del pueblo palestino a manos de Israel. Aunque me duele un montón lo que ocurre en esos lugares. Pero tengo bastante con hablar de Colombia y de América Latina y de sus angustias y del cambio drástico de la política de los Estados Unidos frente a la región.
Pero ahora, aún con el gran jaleo electoral que vive Colombia, son obligatorias algunas líneas sobre el ataque a Irán y el asesinato de Alí Jameneí por parte de Israel y Estados Unidos. Nada que ver con alguna afinidad con la dura afrenta que significa para la humanidad la dictadura ominosa de los ayatolá en ese vasto país persa. Ese mundo me es muy ajeno. Sé muy poco, o nada, de esa mixtura entre religión y poder, no sé de las claves del Islam, de la dolorosa subordinación de la mujer, de la irritante obsecuencia ante la autoridad religiosa en las relaciones políticas, sociales y familiares.
Pero las acciones de Donald Trump y de su secretario de estado, Marco Rubio, lo desbordan a uno, lo hunden en bárbaro estado de incertidumbre. Un señor imbuido de arrogancia, socorrido por un lenguaje tan agresivo como vulgar, ha hecho habitual salir a ruedas de prensa, o anunciar en sus redes sociales, que acaba de capturar o de matar a un jefe de Estado o que ha decidido apropiarse de un territorio o de una riqueza petrolera, o intervenir allende las fronteras, en el mar o en tierras ajenas, para atacar por mano propia a carteles de la droga.
No puede ser que la política internacional se convierta en un atroz juego de piratas que toman por asalto palacios de gobierno, embarcaciones, territorios, para someterlos a saqueos sin que nadie proteste, sin que ningún organismo internacional pueda detener la afrenta.
Con Donald Trump estamos más abajo del nivel de los corsarios. Estos actuaban acudiendo a la autorización oficial de su gobierno. Trump pasa, incluso, por encima del congreso de su país, del famoso parlamento gringo que otrora servía de cortapisa y control del poderoso presidente de los Estados Unidos. Es más pirata que corsario.
Hay algo brutal en esta piratería moderna. Ahora resulta que si eres poderoso, si tienes una arsenal de armas de guerra y un gran poder económico, puedes decidir quién gobierna en otro país. Puedes matar o encarcelar presidentes. Menudo tiempo el que nos ha tocado vivir.
Por el momento le resultó fácil en Venezuela. ¿Pero le resultará igual de fácil en Irán? No parece. Irán es heredero de una cultura milenaria que no fue capaz de borrar el Islam; un enorme país, con noventa y tres millones de habitantes, con la tercera reserva petrolera y con una ubicación estratégica para el comercio y el trámite de las graves tensiones entre Rusia, China y Estados Unidos.
En sólo cuatro días de la acción de Israel y Estados Unidos sobre Irán, el conflicto ya tiene cara de un confrontación regional. Irán ha respondido con ataques a embajadas e instalaciones militares de Estados Unidos o de otros países en Arabía Saudita, Catar y Chipre. Israel está atacando a fuerzas de Ezbolá en el Líbano. Y en toda la región están activándose las fuerzas chiitas con estrechos lazos con la guardia revolucionaria Iraní.
El ambiente de intensas protestas civiles que amenazaban con empujar cambios en el régimen Iraní han pasado a segundo plano. Ahora el máximo líder religioso ha sido asesinado y convertido en mártir, ahora hay una guerra con un poderoso ingrediente religioso de por medio. Es la tragedia de estas alevosas intervenciones militares. No cambian para bien la política y la economía de los países intervenidos, no mejoran la vida de la gente, por el contrario dejan una estela de muerte, de huérfanos, de desplazados, de refugiados.
Ahora los ojos de la economía mundial están puestos en el estrecho de Ormuz, bloqueado por Irán. Lugar por el cual transita el 20% del petróleo del mundo y, en este lapso de tiempo tan corto, ya el crudo ha aumentado en 10 dólares el precio del barril; también el precio del dólar se ha movido hacia arriba y los mercados financieros han empezado a sacudirse.



