Rodrigo Lara tenía 37 años cuando lo mató Pablo Escobar. Estaba en plenitud de condiciones físicas e intelectuales. Era vital. En ese momento ser liberal significaba ser progresista. Esto fue algunos años antes de que figuras como César Gaviria convirtieran en una trivialidad neoliberal defender estos colores. Íntimo de Luis Carlos Galán, intentó, desde todos los lugares donde trabajó, pero, sobre todo, desde el Ministerio de Justicia, ser lo más transparente posible.
A los veintidós años se fogueó duro siendo alcalde de Neiva. Era 1969 y no existía la elección popular de alcaldes. Estos funcionarios eran designados directamente por decreto presidencial. Tenía 23 años. Varias décadas después un hijo suyo, no reconocido, sería alcalde también de esta ciudad, pero este sí elegido por el voto popular.
Lara y Galán fueron un tándem de jóvenes dirigentes que estaban ya hartos de la hegemonía de los viejos gamonales liberales. Por eso, cansados de tanto turbayismo, deciden hacer toldas en otra parte y crean el Nuevo Liberalismo. Allí empieza a ocurrir eso que hoy se conoce como la fragmentación de los partidos. En 1982, después de que Galán perdiera con Belisario Betancur, pero resultara con una cantidad importante de votos, pudieron demostrar que el Nuevo Liberalismo estaba más vivo que nunca. Lara fue elegido senador y, poco después ministro de Justicia. Pero se le cruzó en el camino al enemigo más terrible.
Es que fue una investigación de Lara, en conjunto con un reportaje que hizo El Espectador, que terminan desenmascarando a Pablo Escobar. En el Congreso, Lara Bonilla expuso las pruebas para determinar que Escobar no era ningún político respetable, en ese momento era suplente del representante a la Cámara Jairo Ortega, liberal, del Antioquia, sino un narcotraficante. El capo respondió vinculando a Lara Bonilla con un tipo perverso: Evaristo Porras. Apenas se vio señalado de esta manera Lara Bonilla movió cielo, mar y tierra para probar su inocencia. Su amigo, Luis Carlos Galán, le recomendaba que se moderara porque era una actitud casi que de mártir. Logró que le quitaran la visa gringa a Pablo Escobar, todo un hito y además consiguió la expulsión de su partido.
Escobar cometería el error que terminaría derrotándolo ocho años después: desafiar al Estado. Así que, el 30 de abril de 1984, Pablo Escobar le soltó la muerte al ministro. Sobre las siete de la noche, en plena hora pico, el ministro iba en el Mercedes Benz blanco que le habían asignado cuando fue sorprendido por un sicario. Le metieron siete tiros. Uno de sus hijos, Rodrigo Lara Restrepo, quien hoy ha cantado el voto en las presidenciales para Abelardo de la Espriella, siempre ha recordado estos momentos como los más aterradores de su vida: “Lo que recuerdo es que llegó el carro, golpearon muy duro. Él ya había sido asesinado. Lo llevaron a la casa, lo sacamos. Yo me monté en el carro de escoltas y los orienté para que lo lleváramos a la Clínica Shaio. Ahí lo llevamos a la sala de urgencias”.
Rodrigo ha afirmado que la muerte de su padre es lo que le ha dado las fuerzas para seguir luchando en la política. La muerte de Lara Bonilla es algo que debe permanecer en nuestra conciencia siempre. Es el símbolo de la integridad política. Lamentablemente su figura, difuminada en el tiempo, es cada vez más rara de ver en estos escenarios actuales en donde la palabra honorable se está borrando.



