En este momento hay 11 estados de México incendiados. Ciudades como Puerto Vallarta y Guadalajara han recibido más de veinte ataques. Las vías están cerradas. Esto no es más que la reacción del Cartel Jalisco Nueva Generación después de la muerte de su líder Rubén Nemesio Oseguera Cervantes, mejor conocido como “El Mencho”. La operación que terminó con su caída contó con la colaboración de los Estados Unidos, quien proporcionó datos que permitieron ubicar a un capo tan poderoso como lo fue en su momento el Chapo Guzmán. Lo que dicen desde México es que podría haber sido un error de cálculo de la presidenta Claudia Sheimbaum, quien buscaba era capturarlo con vida. La rección del CJNG revela la fragilidad que tiene el Estado mexicano, desde los últimos veinte años, cuando quiere pulsearse con los narcos.
En Colombia hay gente que piensa que estamos ahogados en un mar de violencia. Estas personas no saben lo que se vivió en este país en la década del ochenta. A la ferocidad de los carteles de la droga, se sumaban la expansión de las FARC en departamentos como Caquetá, Cauca o Tolima, el surgimiento de grupos paramilitares como el MAS, Muerte a Secuestradores, creado después que el M-19 secuestrara a Martha Nieves Ochoa, hermana de Jorge Luis, Juan David y Fabito, jefes económicos del Cartel de Medellín. La sociedad, entera, se permeó de esa maldad. Los ríos de plata fluían por el país con la intensidad que lo hacían los ríos de sangre. Se cambió para siempre nuestra moralidad, nuestro sentido de justicia. Y había miedo.
Cuando el Estado decidió perseguir a Pablo Escobar él asumió la actitud que asumió hoy el CJNG en México: incendió las principales ciudades del país. Cuenta la cronista Leila Guerreiro que, en Bogotá, uno de los negocios que iban al alza en esos años era el de los vidrieros. Eran tantos los carros bomba que explotaban en la capital que los pedidos de sustituciones de ventanas aumentaron considerablemente. Arreglar ventanas en Bogotá, Medellín y Cali daba plata.
1989 es considerado el peor año del terrorismo en Colombia. Nada más en Bogotá se registraron dos atentados con carro bomba -una prática que trajo Pablo Escobar desde España, miembros de ETA entrenaron a sus sicarios- que dejaron cicatrices que tardaron mucho en curarse. El 2 de septiembre un camión cargado con 100 kilos de dinamita explotó frente al edificio principal de El Espectador. No contento con asesinar a su director, Guillermo Cano, tres años atrás, Escobar quería arruinar uno de los pocos periódicos que se mantuvo digno ante la ofensiva de plomo y billete que desplegaba Escobar. Sus ataques le significarona este diario estar a punto de la desaparición a finales de los ochenta.
Y el otro acto demencial fue el atentado al edificio del DAS. Un bus que conducía un habitante de calle explotó con 500 kilos de dinamita frente a sus instalaciones. El saldo fue de 63 personas muertas. El ataque estaba dirigido a una sola persona, el jefe de este organismo, el general Miguel Maza Márquez quien sobrevivió.
En los ochenta y principios de los noventa se mataban procuradores, como sucedió con Carlos Mauro Hoyos, mataron al gobernador de Antioquia, Antonio Roldán Betancur, asesinaron a cuatro candidatos presidenciales, en esa década mataron a 230 funcionarios judiciales y exterminaron a todo un partido político, la UP. Un avión de Avianca estalló en el aire y los jóvenes eran corrompidos para convertirse en sicarios. En los noventa, la guerrilla de las FARC estaba a una hora de Bogotá y eran capaces de tomarse capitales como Mitú.
Hoy se ve, desde acá, con suma preocupación a México. El paso de las horas será determinante para saber qué actitud asumirá la presidenta, quien ha estado sofocada por las exigencias estratosféricas de Trump. México lleva todo este siglo sumido en una guerra que no parece tener fin y que no se acabará con la eliminación de un puñado de capos, el incendio está siendo apagado con gasolina por el indolente gobierno norteamericano.
Vemos Guadalajara sumida en el caos y recordamos nuestro propio miedo, cuando uno podía perder la vida en una explosión mientras bailaba salsa en Teusaquillo. Es una ligereza decir que nunca habíamos estado tan mal.



