Cuando los Rodríguez Orejuela quisieron ser los tipos más amados de Cali usando al América

La historia la contó muchos años después el arquero Julio César Falcioni. Estaba en su carro y llegó a una de las zonas donde la hinchada del Deportivo Cali, sus archirrivales, eran más populares. Lo reconocieron, empezaron a insultarlo. El argentino, sangri-caliente, se bajó del carro, los enfrentó. Pero eran muchos, así que se arrepintió. Regresó a su casa, buscó una nueve milímetros, regresó al lugar en donde estaban los hinchas azucareros y quiso imponer autoridad mostrando el arma. Al otro día recibió un llamado de su jefe, don Miguel Rodríguez Orejuela. Falcioni pensó “mínimo me echan”. Pasó a la oficina y lo que le dijo el presidente y dueño del América lo dejó helado:

-La próxima vez, si sacas un arma la usas; si no, te las tendrás que ver conmigo.

Eran los años ochenta y el país estaba lo suficientemente preocupado al ver la guerra interna entre el Cartel de Medellín y el Cartel de Cali. Esto se traducía inevitablemente a la pasión colombiana del fútbol. En Bogotá, el jefe de finanzas y militar del Cartel de Medellín, Gonzalo Rodríguez Gacha, lucía su juguete, Millonarios, hecho expresamente para ganar una copa Libertadores con contrataciones extranjeras tan relucientes como el arquero Goycochea, quien sería determinante un par de años después, para que la selección Argentina disputara la final del mundial contra Brasil, los volantes Vanemerak y Pimentel y adelante Oscar Juárez e Iguarán. Acompañados de todo el picante que solo podía dar la Gambeta Estrada. Aunque se sabe que Pablo Escobar era hincha del Medellín, siempre circularon rumores de que apoyó financieramente al Nacional y que, por eso, la base de su nómina era la selección Colombia, que clasificó al mundial de Italia.

Pero ninguna banda fue tan poderosa como la del América entre los años 1982 y 1993. A Cali vinieron a jugar ídolos de la selección paraguaya que jugaron el mundial de México 86, como Roberto Cabañas y Juan Manuel Bataglia. Desempolvaron al delantero Ricardo Gareca, quien fue el que marcó el milagroso gol contra Perú en el Monumental, que les permitió clasificar al mundial de México. Por el medio local estaban los mejores, Willington, Pipa de Ávila, Pedro Sarmiento. El técnico era Gabriel Ochoa Uribe. En los ochenta, el América, que una década atrás era un equipo del montón, al que se le conocía con el inofensivo apodo de “La Mechita”, dominó el torneo local, pero necesitaban ganar la Copa Libertadores, ese era el único interés que tenían los Rodríguez Orejuela.

Los hermanos, que arrancaron muy jóvenes trabajando como domiciliarios en una farmacéutica, eran los dueños de Cali y odiaban con fervor a Escobar. Siempre se estaban comparando. Si Escobar convertía un basurero en un barrio, los Rodríguez hacían lo mismo en Cali. Si había que darles pan y circo a los pobres, ellos daban la misma respuesta en la Sultana. En ese pulso, el Atlético Nacional ganó en 1989 la Copa Libertadores de América, algo que fue traumático para el Cartel de Cali.

Los Rodríguez Orejuela pasaban por ser respetables hombres de negocio e intentaron en todo momento distanciarse de los métodos sanguinarios de Escobar. Sin embargo, cuando la guerra entre carteles se convirtió en uno de nuestros infiernos que vivimos como país, se mostraron igual o peor de crueles que los de Medellín. La tortura, el carro bomba y el descuartizamiento estaban en su paquete de servicios. En esa guerra entre carteles, Pablo Escobar incluso llegó a pensar en secuestrar y después matar al goleador consentido de los Rodríguez, Ricardo Gareca. Al final no se dio.

El América, a pesar de tener la mejor nómina del continente, nunca pudo alzar la Libertadores. Era tal la obsesión de los capos del Cartel de Cali que, en 1983, entraron en conversaciones con el mismísimo Diego Armando Maradona, quien al final terminaría yéndose al Barcelona.

El América llegó a las finales de 1985, 1986 y 1987 de manera consecutiva. La primera la perdió con Argentinos Juniors por penales, la segunda fue derrotado de manera clara por el River Plate de Francescoli, Alzamendi y Fillol, pero la tercera era de no creerse. Es más, en un formato normal el América hubiera sido campeón. El rival fue Peñarol. El primer partido, en Cali, ganó 2 a 0. En la vuelta en el Centenario de Montevideo América empezó ganando, pero le revertieron el partido 2 a 1. En un formato normal América, por goles, sería campeón. Pero en este formato cambiaron las cosas y se iba a un tercer partido en campo neutral, en Santiago de Chile. Allí el América, si terminaba empatado en tiempo suplementario, en alargue, no iría a penales, sería campeón. Pero, en el último minuto, un uruguayo llamado Diego Aguirre le metió el puñal a los Diablos Rojos y quedó claro que ni siquiera el capital financiero de los Rodríguez Orejuela podría revertir lo que parecía irreversible: la maldición del Garabato.

Los Rodríguez siguieron en Cali. Vencieron a Pablo Escobar con el grupo paramilitar que ayudaron a formar, los PEPES, le metieron plata a una campaña presidencial y buscaron ser personas respetadas. No lo lograron. En Cali despertaron fervor, llegaron a tener una cuarta final de América. Tenían un equipazo, Oscar Córdoba, Sergio Berti, Polilla Da Silva, Jorge Bermúdez, otra ves River se les cruzó y, en 1996, sucumbieron una vez más en el Monumental.

Luego vendrían las cuentas con las justicias, la cárcel, la extradición, perderlo todo y el América entró en crisis insospechadas bajando incluso a la B. Regresaron, fueron campeones, pero los actuales dueños están lejos de tener el descomunal músculo económico del que hicieron gala los Rodríguez Orejuela. Fueron tiempos muy oscuros para nuestro fútbol. Delincuentes eran dueños de nuestros equipos. Lamentablemente no aprendemos nada y algunos de estos fantasmas ya se están despertando.

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