La verdad, no era un buen sábado. Aún teníamos el mal sabor de boca que dejó el concierto de Silvio Rodríguez. El cubano está entero y bello como un unicornio, los que fallaron fueron los de Páramo, la productora que lo trajo a Colombia. Sobre eso habrán leído harto. Sobre lo que vengo a contarles, no. Del Poblado tomamos un metro que, en cuatro estaciones, yendo a Niquía, nos dejó en el Parque Berrío. Las personas que iban conmigo hablaban pestes del metro aéreo, me desconecté. Cuando una ciudad es bonita nada la afea, cuando es fea, como Bogotá, nada la puede embellecer. Así que un cable más o un cable menos. Entre las esculturas de Botero, los abetos y frente a Bellas Artes está el edificio del Museo de Antioquia. Fue terminado en 1937. Al principio, sin saber nada de arquitectura, pensé que era Artdecó. Pero no, es un estilo Racionalista (Lo sé porque lo tuve que investigar) Desde ese año fue el lugar donde funcionó la alcaldía y el consejo de Medellín hasta 1988. Por eso, en medio de la caminata que das por el tercer piso, te encuentras de frente con el auditorio del consejo adornado con los murales de Pedro Nel Gómez. Es toda una alucinación. Ese año, el edificio pasó a ser la sede del museo.
En 1997, el museo entró en franca decadencia. Además, el sector de la Veracruz, por donde queda aún, tenía un serio problema de delincuencia. El museo no importaba. La gente ni siquiera sabía que existía en Medellín un lugar para ver cuadros. Lo salvó Fernando Botero con su donación. Por eso tenemos en el tercer piso una colección que incluye Frank Stella, Picasso, Rodin, Lam, Caballero, Julian Schnabel, entre otros. También hay un salón de arte colombiano realmente notable que incluye a Debora Arango, Beatriz González, Luis Caballero y unos cuadros de Botero tan significativos como los de Pedro, la colección de cuadros que hizo el pintor sobre su hijo fallecido cuando era un niño, el Familia colombiana y uno de los más visitados: el Pablo Escobar abaleado sobre un tejado de Medellín.
. Pero entre esa cantidad de nombres, no está el cuadro más importante del museo. Esta es su historia, la de la señora Teresa Santamaría.
La misma Frida Kahlo le abrió la puerta, la invitó a seguir por el pasillo largo de la Casa Azul, la sentó en un sillón, le sirvió un trago de tequila y entreabrió la puerta por donde se veía a Diego Rivera trabajar. Doña Teresa Santamaría de González había viajado desde Medellín con los mil dólares americanos que la Sociedad de Mejoras Públicas había recolectado para que ella aprovechara los contactos que tenía en México y se trajera para el museo Zea los mejores cuadros que viera.
Ella, que en Colombia había ayudado a crear el teatro Pablo Tobón Uribe, que era la rectora del Colegio Mayor de Antioquia, primera universidad para mujeres del país, que dirigía letras y encajes, pionera de las revistas femeninas en Colombia, estableció una amistad epistolar con Frida y, después de tres años de correspondencia, por fin se conocían.
Era 1943, y el grito sordo de Trotsky, después de recibir el golpe mortal de Mercader, aún resonaba en la casa. Rivera, obsesionado por el zapatismo y la reivindicación indígena, terminaba su tríptico sobre El despertar del indio a la civilización cuando doña Teresa, con paso trémulo, entró al taller. Las paredes atestadas de cuadros, el suelo entapetado de bocetos, Rivera hipnotizado por el alegre colorido de un lienzo.
Como si de un embrujo se tratara, doña Teresa vio al indio envuelto en su ayate blanco y rojo, el azadón saliendo de su mano. Era un gesto decidido; por más arropado que pudiera estar el indio se sabía que no tenía miedo, que si se encontraba con una caña o con la cabeza del patrón, igual iba a cercenar lo que tuviera enfrente. Teresa preguntó el precio y Frida respondió por el pintor: esas cosas no las negociaba Diego, esas cosas se hacían con Alberto Misrachi, galerista de Rivera.
Al otro día, doña Teresa se encontró a solas con Misrachi. De donde venía era una práctica inusual que una mujer compartiera un café en la mesa de un restaurante con un hombre. Hasta ella, que era una mujer de vanguardia en su ciudad, profesaba la fe laureanista. Sin embargo, la política y la religión no interferían su pasión por el arte. Decidida a llegar un acuerdo, no le importó invertir los mil dólares que traía desde Colombia en un solo cuadro. Igual, la Sociedad de Mejoras Públicas confiaba en su criterio. Había sido ella la que había esculcado en las bodegas, sótanos y áticos de las viejas casas de Medellín en busca de cuadros olvidados, carcomidos por el tiempo, amarillentos por el sol. Uno a uno los fue restaurando hasta que volvieron a cobrar el brillo del pasado. Su curaduría fue tan fina, tan certera, que encabezó la junta directiva del museo de Zea; sin saberlo había nacido el embrión del Museo de Antioquia.
Después de una pugna amistosa, el precio quedó estipulado en mil dólares. Por medio de la Embajada de Colombia, el cuadro llegó a Medellín. La Sociedad de Mejoras Públicas entendió que era mejor tener una sola joya a llenar las paredes del museo con arte de segunda. Durante años Rumbo a la zafra, la última parte de la célebre trilogía, era la primera imagen que se encontraba el visitante que entraba al Museo de Antioquia.
Ochenta años después, el gobierno mexicano piensa recuperarlo. No ha podido, ya es orgullo de Antioquia. El museo es cada vez más visitado y su edificio idolatrado. Es uno de los sectores más bellos de esta ciudad, de cualquier otra ciudad. Por eso estaba lleno de turistas jóvenes cuando lo visité. Medellín es mucho más que la calle Provenza.



