El empujón hacia adelante que la izquierda le pegó a la sociedad colombiana en solo cuatro años es de verdad impresionante. Una negra llegó a la vicepresidencia; ahora, una mujer indígena, es fórmula de Iván Cepeda y un hombre gay, de Paloma; los empresarios aceptaron por fin un alza noble del salario; En estos años no se atacó a muerte la protesta social y la derecha acudió a la movilización para defender sus propuestas. Una idea llega a su mayor éxito cuando sus detractores la adoptan. En esas estamos y yo no puedo esconder mi felicidad.
Este primer párrafo es un trino de estos días que rápidamente alcanzó las ciento cincuenta mil vistas. Me llamó la atención su acogida y me pregunté cuál era su atractivo. Quizás esa manera de reflejar en unas cuantas líneas y con muy pocos ejemplos la profundidad del cambio que está viviendo el país.
Algunos respondieron a mi trino con la anotación de que tales cosas son apenas símbolos sin mayor trascendencia en la vida real. Otros hicieron una enumeración sobre los grandes fracasos del gobierno. Otros simplemente se burlaron de mis alusiones. Vale la pena intentar algunos argumentos para ahondar en la importancia de estos cambios.
En Colombia no existían en el lenguaje los costeños del pacífico, cuando se hablaba de costeños se miraba hacia el caribe. Era la más dura negación de una región y de un pueblo y esa es ¡Vaya paradoja! la costa más extensa de nuestro país. La presencia de Francia Márquez en la vicepresidencia es una señal de reconocimiento del mundo negro que arde en nuestro ser con la fuerza de su alegría y el llamado de su tristeza, una mezcla tan extraña como hermosa.
Ahora se le reclama a Francia por las limitaciones de su mandato ¡Descarados que somos! Una mujer que no había sido, siquiera, concejal o alcalde de un pequeño pueblo, que se había forjado como luchadora social en las lejanías del país, en esa periferia angustiosa y vacía de los servicios del estado; no podía, de la noche a la mañana, convertirse en una gran gestora pública. Su liderazgo, su inteligencia y su carisma, le alcanzaron para convencer al primer presidente de la izquierda de que era la indicada para enviarle un mensaje de cambio al país. Eso fue bastante. Eso bastaba.
Fue tal la ruptura que produjo que, en esta campaña presidencial de 2026, el candidato de la izquierda, no lo pensó dos veces a la hora de escoger su fórmula y dirigió su mirada al movimiento indígena donde encontró otra mujer, Aida Quilcue, con más recorrido político, pero anclada también en un liderazgo social.
Pero la sorpresa mayor vino de los lados de la derecha. Paloma Valencia escogió a un gay para que la acompañara en su batalla para hacerse a La Casa de Nariño. Me pareció bonito oír a Paloma diciendo que Colombia tenía que empezar a respetar la diversidad, que en el país teníamos que aprender a convivir entre diferentes. Ella, precisamente ella, hija de un departamento y de una familia con una larga tradición de discriminación y de verdadera segregación. La derecha, precisamente la derecha, que cuando sus homosexuales son propios los esconden y cuando son ajenos los atacan.
Acudí al alza del salario mínimo -ese porcentaje fabuloso, de 23.7%, nunca visto- para ilustrar el cambio en que está nuestra sociedad; porque vi, con verdadero asombro, que la derecha del país y los empresarios y los analistas diversos y parciales, que habían puesto el grito en el cielo, en el momento en que Petro hizo saltar la remuneración de dos millones trescientas mil familias, recularon, no más vieron el apoyo que la medida suscitaba entre los más pobres y se percataron de que por ningún lado aparecía el derrumbe de la economía que pronosticaron.
Con la protesta social ocurrió algo fantástico. Se acabó la agresión de las fuerzas policiales y militares a la gente que se tomaba las calles y las carreteras y, al mismo tiempo, la oposición acudió a esta forma de protesta para hacer valer su animadversión al gobierno de Gustavo. Fue un verdadero espectáculo ver a los del norte de Bogotá, señores distinguidos, señoras encopetadas, en marchas hacia la plaza de Bolívar.
Muchos de mis amigos de la izquierda tachan esta nueva actitud de la derecha colombiana como simple oportunismo, como puro afán electoral; pero yo le veo un lado muy bueno; creo que el mayor triunfo de un proyecto político, de un pensamiento o de un plan, llega cuando el adversario se ve obligado, por la razón o por la conveniencia, a tomar como propias las ideas con que lo han combatido.



