Trump, el ELN y el cuento del acuerdo nacional

En medio de la escalada de Donald Trump contra Colombia y América Latina, el ELN,  trasnochado, trae a cuento el “Acuerdo Nacional”.

Si el ELN quisiera de verdad un acuerdo nacional para defender la soberanía del país y buscar la paz y los cambios sociales que necesita Colombia, tendría que decretar un cese unilateral al fuego y a las hostilidades, contribuir a la erradicación de los cultivos de uso ilícito y a la superación del narcotráfico, respetar a cabalidad el proceso electoral en curso y disponerse para iniciar la reincorporación a la vida civil en lo queda de este gobierno para culminarla en el gobierno venidero. 

No hay un camino distinto a la democracia para hacer respetar la soberanía nacional, promover las reformas sociales y poner freno a los ánimos belicistas del gobierno de Donald Trump en América Latina.

Fue la apelación de Lula a la institucionalidad democrática lo que impidió el golpe de estado y llevó a juicio a Jair Bolsonaro en Brasil. Lula vivió el calvario de pasar por los tribunales de justicia de su país, someterse a prisión y demostrar su inocencia, para volver al juego democrático, ganar las elecciones y enfrentar el intento de Bolsonaro de burlar su triunfo. Luego los tribunales brasileños, a contravía de las presiones de Donald Trump, condenaron a Bolsonaro en un juicio histórico.    

Fue la decisión tranquila de Manuel López Obrador de confiar en su partido y promover la sucesión presidencial, respetando las reglas democráticas, lo que tiene a Claudia Sheinbaum por encima del 70% de popularidad en las encuestas, lo cual le permite, a esta serena mandataria, mantener a raya la intervención en su territorio y desarrollar un dialogo permanente con Washington. Por algo López Obrador le puso como nombre a su hacienda La Chingada, quizá para decir, sin nostalgia, al final de su mandato,“Me voy para la Chingada”.

Fue la masiva participación del electorado en la consulta del Pacto Histórico, el apoyo al gobierno en sucesivas manifestaciones populares a lo largo y ancho del país, el significativo respaldo en las encuestas y la fina diplomacia del embajador Daniel García Peña en Estados Unidos, lo que llevó a la conversación entre Donald Trump y Gustavo Petro, pasando por encima de la intemperancia verbal de los dos mandatarios.

Caso contrario y muy aleccionador el de Venezuela. El régimen de Nicolás Maduro, poniéndole conejo de manera reiterada a la democracia, se atornilló en el poder y llevó al vecino país a una pavorosa crisis social y política. Gobiernos de Europa y de América Latina abrieron espacios para el dialogo entre la oposición y el gobierno de Venezuela y promovieron infructuosamente una salida negociada a la crisis. Nunca hubo voluntad de las partes.

La obcecación ha llevado al más triste y perturbador de los escenarios: el gobierno de Donald Trump ha dado un golpe de mano y, mediante una sangrienta acción militar, se ha llevado a Nicolás Maduro. Al tiempo, y acudiendo a la presión armada, abrió una negociación con Delcy Rodríguez y la instaló en la presidencia dejando por puertas a la oposición. 

La soberanía de Venezuela está hecha trizas. La ambición de Trump es la de establecer un protectorado, apoderarse de las reservas petroleras y avanzar, por lo pronto, hacia Cuba, para desgracia de toda la región.  Un régimen que se negó a respetar las reglas democráticas y pactar con la oposición de su país, ahora tiene que arrodillarse ante Estados Unidos para mantenerse en el poder.

Y quiero traer a este momento de Colombia y de América Latina una historia de hace 25 años. A principios del año 2000, en el gobierno de Andrés Pastrana, se gestó una reunión entre el gobierno nacional y el ELN en la Habana a la cual asistimos, además, organizaciones empresariales, gobiernos locales y organizaciones sociales.  

Fidel Castro, aún vigoroso y carismático, acudió a reuniones con cada una de las partes y con los grupos empresariales y con las Organizaciones no Gubernamentales, estuve en esos encuentros y me sorprendió la vehemencia con la que Castro insistía en que el tiempo de las revoluciones armadas en América Latina había pasado, que la región necesitaba estabilidad, que no se debían provocar intervenciones de los Estados Unidos. Era una lúcida visión que apuntaba a proteger a su propio país, pero también a la primera oleada de gobiernos de izquierda surgidos del voto popular. Ese llamado es aún más apremiante en esta hora de nuestra américa.  

La propuesta de un acuerdo nacional no es ninguna novedad, el gobierno de Gustavo Petro y en especial su candidato a la presidencia de la república, Iván Cepeda, lo han propuesto desde el inicio de este primer mandato de la izquierda; pero no han logrado avanzar en este camino; porque un pacto de esta naturaleza sólo ocurre cuando las principales fuerzas políticas, empresariales y sociales del país lo necesitan y lo desean.

Esto aún no ocurre. Porque las derechas han creído que el gobierno de Petro y la izquierda es una simple anomalía, una pesadilla transitoria, y para qué darle la mano, para qué darle legitimidad, para qué darle la bienvenida a la alternación política, fundamento de la democracia. Pero, también, porque la izquierda prefirió ir poco a poco radicalizando sus propuestas de reformas sociales y atrincherarse en la movilización popular. Como en el dicho caribeño: ni la burra arrima ni la soga alcanza.

El ELN habría podido aportar desde el principio del gobierno a un pacto nacional, metiéndose en serio en un acuerdo de paz, saltando los graves obstáculos que siempre aparecen en la negociación de un largo conflicto, pero se dejó ganar por las dificultades y, acudiendo a los más diversos pretextos, prefirió seguir en una guerra tan inútil como trágica para el país.

Ahora vuelve con el cuento del acuerdo nacional y, dado el momento especial que vive el país algo novedoso podría resultar, algo podría darle un vuelco a la situación del país; pero para eso se necesita mucho pelo en el moño, se necesitaría una gran audacia de la guerrilla, se necesitaría algo de generosidad con el país y con América Latina. La misma que necesitarían las derechas colombianas y el gobierno de Petro para ponerse de acuerdo ante las pretensiones de Trump.

Me aventuro desde la humilde condición de columnista, que no pinta nada en política, a imaginar un qué hacer y se me ocurren algunas cosas muy elementales:

Que el ELN le entregue una carta al presidente para llevar a la reunión con Donald Trump con una manifestación clara de paz y con un compromiso de contribuir a superar el narcotráfico.

Que las fuerzas políticas del país se reúnan con el presidente, sin declinar su labor de oposición, sin menoscabar sus aspiraciones a sustituir a la izquierda en las próximas elecciones; solo para manifestar el acuerdo de que no consentirán una intervención militar en nuestro territorio, sólo para decirle al presidente de los Estados Unidos que en Colombia hay el acuerdo de afianzar las relaciones comerciales y diplomáticas con su país en los marcos del respeto al derecho internacional.

Que la Comisión Asesora de Relaciones exteriores de la cual hacen parte los expresidentes del país, convocada a buena hora por el presidente Petro, en representación de la unidad nacional, le haga saber al presidente Donald Trump que hay una clara oposición a la intervención militar en nuestro territorio.

Y Algo más. Quizás ayudaría bastante una conversación del presidente Petro con Lula y Claudia Sheinbaum para oír sus recomendaciones y llevar su voz a Washington.

Noticias al Minuto

Picture of León Valencia Director

León Valencia Director

Director de la Fundación Pares, un centro de pensamiento especializado en investigaciones sobre los conflictos sociales y políticos colombianos. Ha sido columnista de la revista Semana y los diarios El Tiempo y El Colombiano. Dirigió la investigación académica sobre la parapolítica que condujo a uno de los mayores escándalos judiciales del país. Ha escrito diversos libros sobre la realidad nacional, entre los cuales están: «La parapolítica, la ruta de la expansión paramilitar y los acuerdos políticos; «Adiós a la política, bienvenida la guerra»; «Mis años de guerra»; «Con el pucho de la vida»; El regreso del uribismo; «Los clanes políticos que mandan en Colombia» y su más reciente novela «La sombra del presidente». Recibió el Premio Simón Bolívar de periodismo en 2008 en la modalidad “Mejor columna de opinión”.